jueves, 25 de junio de 2009

Las herramientas de la Fed para quitar el pie del acelerador una vez que repunte la economía

Por Jon Hilsenrath (The Wall Street Journal)

Cuando la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) se reúna esta semana, dedicará mucho tiempo a debatir dos grandes preguntas: ¿cuándo debería comenzar a retirar el gigantesco estímulo que ha inyectado en la economía? y ¿cuál es la mejor manera de hacerlo?

La primera respuesta es fácil: no tan pronto.

La economía y los mercados financieros se han estabilizado en las últimas semanas, pero el banco central quiere ver más pruebas de que la recuperación no es un espejismo. La economía va camino a contraerse a una tasa anualizada de aproximadamente 1% en el segundo trimestre, según los pronósticos de la consultora Macroeconomic Advisers. Se trata de la cuarta contracción trimestral consecutiva, una racha negativa que EE.UU. no había experimentado desde la Gran Depresión.

La mayoría de las autoridades de la Fed cree que la economía aún tiene un largo camino por recorrer antes de que se acumulen presiones inflacionarias preocupantes. La inflación subyacente, que excluye los precios de los alimentos y la energía, aún está en baja y tiende a disminuir después del fin de una recesión. "La inflación probablemente bajará un poco durante el próximo año en relación a su ritmo de 2008", advirtió recientemente el presidente de la Fed, Ben Bernanke, en su testimonio ante el Comité Presupuestario de la Cámara de Representantes del Congreso.

Contestar la segunda pregunta es más complicado. Hasta hace poco, las recesiones de EE.UU. habían sido bastante más benignas que la actual y la Fed se limitaba a seguir un libreto relativamente sencillo: primero comunicaba su disposición a subir la tasa interbancaria, su tasa de referencia, y luego lo hacía.

Esta vez será distinto. Bernanke insiste en que la Fed cuenta con las herramientas para apretar la política monetaria cuando sea el momento adecuado. Pero recién ahora empieza a verse cómo lograría ponerlo en práctica.

El banco central actualmente usa tres palancas. Una es la tasa interbancaria, que oscila entre cero y 0,25%. La segunda son los programas de liquidez de emergencia, como la intervención en los mercados de deuda corporativa de corto plazo, los dólares enviados al exterior a través de bancos centrales de otros países y los créditos a corto plazo para los bancos. La tercera palanca es la compra de valores respaldados por hipotecas y bonos del Tesoro, cuyo fin es rebajar las tasas de interés a largo plazo al absorber el suministro de valores en el mercado. La Fed aún trata de determinar el orden en que utilizará estas palancas cuando llegue el momento.

Los créditos de emergencia están disminuyendo a medida que la demanda del mercado se reduce. Por ejemplo, el programa de compra de deuda a corto plazo de empresas se ha contraído de más de $300.000 millones en enero a US$132.000 mil millones hasta el jueves. "Nuestras líneas de crédito para expandir la liquidez fueron explícitamente diseñadas para reducirse a medida que las condiciones de los mercados financieros se normalicen", dijo en mayo el vicepresidente de la Fed, Donald Kohn.

El banco central podría cerrar aún más el grifo al restringir los términos de estos programas, volviéndolos menos atractivos y, por ende, reduciendo su uso. Sin embargo, algunos analistas creen que la Fed seguirá recurriendo a estos programas en el futuro cercano. "No quieren dar por concluidos los programas y después tener que relanzarlos", dice Peter Hooper, economista de Deutsche Bank.

Y también está el tema de la adquisición de activos. Las autoridades no quieren detener estas compras de un día para otro, especialmente las de valores respaldados por hipotecas. La Fed se ha convertido en un jugador tan clave en el mercado, que el mero hecho de poner fin abruptamente a sus adquisiciones podría disparar las tasas. Algunos funcionarios quieren disminuir las adquisiciones paulatinamente, probablemente para fines de este año o principios del próximo.

Si la Fed quiere acelerar el ajuste, entonces podría vender algunos de los valores que ha acumulado. Ello reduciría su precio y aumentaría las tasas de interés. Pero lo más probable es que se quede con ellos por un tiempo.

La última herramienta es también la más tradicional: la tasa interbancaria, que influye sobre las tasas a corto plazo que pagan las personas y las empresas.

En un momento, los mercados creyeron que la Fed incrementaría las tasas a corto plazo antes de fin de año. Eso ya no parece ser el caso. Las autoridades probablemente reafirmarán esta semana su compromiso de mantener la tasa interbancaria a un nivel bajo por "un período prolongado".

La peor hora del Teatro Colón

Por Mempo Giardinelli, escritor (Página 12, Buenos Aires)

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Tiemblo de rabia y de impotencia al escribir estas líneas, después de leer las reiteradas denuncias que se hacen acerca de la suerte –desdicha, en realidad– del Teatro Colón.

Ya su Centenario, el 25 de mayo del año pasado, encontró al enorme, bello y emblemático edificio no sólo cerrado sino desfigurado y sumido, de hecho, en una lenta, imperdonable agonía.

Yo he ido al Colón sólo cuatro veces en mi vida, y esas experiencias son imborrables. Pero por sobre esa circunstancia personal, y más allá del hecho de que la inmensa mayoría de los argentinos no tuvo ni siquiera esa posibilidad (y bastante más de la mitad de nuestros compatriotas sólo conoce el Colón en fotos o ni eso), siempre tuve para mí que esa magnífica sala era un orgullo nacional. No sólo porteño, sino de la nación toda.

Ese orgullo tiene que ver con la historia del edificio, la historia del arte universal, y por supuesto la historia argentina en lo político-cultural.

Con decenas de maravillosas temporadas de conciertos y de ópera en su haber, el Colón se ganó la fama que todavía tiene: ser una de las mejores cinco salas líricas del mundo, en opinión de los más importantes directores, coreógrafos, solistas y compañías de todo el planeta. Todo lo cual es bien sabido y debiera ser motivo de orgullo y responsabilidad en su preservación.

Pero no. El maravilloso y ahora triste Teatro Colón está siendo sometido al desguace vil por parte de la patota neomenemista disfrazada de gente de pro que gobierna la capital de la República.

Están liquidando los tesoros artísticos del gran coliseo. Algunas personas íntegras, que además saben del Colón, aseguran que las ratas se están comiendo trajes y pelucas históricas; que hay filtraciones de agua en los sótanos más bajos; que la sala “parece un campo minado” y que se está modificando el carácter y la estética del centenario edificio.

Entre las “novedades” figuran la habilitación de tiendas comerciales, una especie de shopping center en los camarines, salas de ensayo eliminadas para crear espacios “vip” y medio millar de técnicos y profesionales en la calle.

Con lo que cuesta formar gente capacitada en materia operística, hay que ser muy bruto, realmente, para semejante barbaridad.

El Colón es en sí mismo un acontecimiento cultural mundial y su trayectoria y su incalculable valor –edilicio, mobiliario, histórico– exigirían por lo menos un debate que hasta aquí no se dio. Al contrario, y en el típico estilo autoritario argentino del que viene y cambia todo, uno de nuestros máximos iconos culturales está siendo destruido por evidentes intereses, ignorancia e ineptitudes.

Pero lo que a mí más me fastidia, y duele, es que hace por lo menos dos años que mucha gente sensata, y culta, viene llamando la atención sobre los peligros que corre el Colón, mientras la gran mayoría de la ciudadanía porteña –y esto hay que decirlo– se hace la distraída, como si no le importara.

Ha de ser, probablemente, la misma mayoría que votó y parece que seguirá votando a sus verdugos, sus destructores de patrimonio, sus “empresarios” dizque modernos. Los mismos que seguramente ya se están aprovechando de la protección inmoral y cínica de sus amigos del poder.

Ese persistente exitismo porteño –que los llevó a votar a Menem y sus intendentes (Grosso, Erman, Bouer, Domínguez) y después a De la Rúa-Olivera, Ibarra-Felgueras e Ibarra-Telerman, y últimamente a la runfla macrista– visto desde una provincia marginal pero tan argentina como las demás, créanme que resulta un fastidio adicional.

Claro que son muchos los que resisten y luchan. Son muchos los ciudadanos porteños conscientes del daño inferido al Teatro Colón; muchos los que no admiten el robo estético que nos están haciendo desde el gobierno del señor Mauricio Macri. Muchos los que protestan y denuncian las acciones ominosas del hato de ignorantes, favorecedores de amigos y empresarios de la destrucción que adoran a Macri, Michetti, Rodríguez Larreta o cualesquiera otros apellidos, y quienes nada más que por este crimen cultural no merecerían otra cosa que el desprecio absoluto de lo que queda de una sociedad que fue culta y esperaba de sí mejores destinos y más respeto por su propia historia. Pero esto es la Argentina de este tiempo.

Por eso, además, la muerte del Teatro Colón casi no está en los medios y es un ominoso ausente en la televisión argentina.

La destrucción del magnífico coliseo que identificó culturalmente a Buenos Aires y al país todo durante un largo y riquísimo siglo, parece sellada y poco importante.

Pero perder el Colón, y sobre todo perder su esencia, su historia y su edificio, es ni más ni menos que una tragedia cultural. De la que tampoco habla casi ningún candidato, y así nos va.

Nostalgias de los noventa

Por Federico Basualdo y Pablo Manzanelli, sociólogos de la Universidad de Buenos Aires (Página 12, Buenos Aires)

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Podría resultar paradójico que la predicación de reprivatizar el sistema de jubilaciones por parte de Mauricio Macri resurja en el actual clima mundial, más aún cuando las tres cuartas partes del dinero de las jubilaciones privadas estaban invertidas en los cada vez más derrumbados bonos y acciones. También podría resultar sorprendente que se aspire a reprivatizar la doblemente vaciada (por capitales privados) línea de bandera Aerolíneas Argentinas. Lo propio cabría plantearse frente a las graves consecuencias, sociales y medioambientales que conllevaron la mercantilización del agua potable y el saneamiento. Sin embargo, indudablemente, lo más llamativo fue la “omisión” de otra posible privatización, estrechamente relacionada con los vínculos familiares del jefe de gobierno de la ciudad, sin eufemismos: el correo oficial. En este sentido, cabe preguntarse si este olvido fue producto de la casualidad o “causalidad”.

En 1997 se adjudicó la concesión del correo oficial al grupo Socma (Sociedades Macri), luego de que la desmonopolización del mercado postal, que se inicia durante la última dictadura militar, y la desregulación total de la actividad, consolidada en el gobierno de Carlos Menem, estructuraran un mercado afín al negocio privado.

Consistente con otros ejemplos privatizadores, el deterioro “deliberado” de la empresa pública se vio reflejado en múltiples indicadores (participación en el mercado, calidad de las prestaciones, etc.). El consorcio empresario encabezado por Socma no hizo más que profundizarlos al punto tal de que, por ejemplo, contando con la complacencia del menemismo, el despido o “retiro voluntario” de 4000 trabajadores postales fue considerado como una inversión de la empresa y, como tal, parte constitutiva de los compromisos contractuales asumidos por la misma en cuanto a “inversión de bienes tangibles”. Igualmente, no por ello, y aun sin pagar el canon comprometido, la gestión del grupo Macri alcanzó pérdidas contables que, en el 2000, representaron más de la mitad del patrimonio neto.

Sin embargo, el análisis de este proceso no debe dirimirse en términos de ineficiencias empresariales, puesto que la conformación de un particular entramado de intereses en el sector aparece como uno de los más destacados resultados del proceso de privatización. En este sentido, cabe preguntarse si la casualidad o “causalidad” del olvido pueda deberse al acelerado proceso de terciarización, incluso de las actividades más rentables del operador histórico. Si bien la subcontratación de servicios se inició tiempo atrás, durante la gestión del grupo Macri (1997-2003) comenzó una nueva etapa de desvinculación de actividades que dieron lugar a la conformación de “empresas satélite” encargadas de distintas funciones, como el mantenimiento del sistema informático y la contratación de personal eventual. Y, a su vez, a propósito del fracaso de la fusión entre el correo oficial de Macri y OCA (Exxel Group), en el 2000, el estratégico servicio de transporte terrestre de correspondencia pasó a manos de la empresa Logística de Avanzada (LDA).

Estas políticas afectaron drásticamente la organización de la empresa que por esos años incrementó la incorporación de cuadros gerenciales y asesores, llegando a representar el 10 por ciento de una planta cada vez más achicada de empleados (en seis años expulsaron a más de 7000 trabajadores), y fueron acompañadas por un drástico desplazamiento del correo oficial en el mercado postal.

Es recién durante el gobierno de Néstor Kirchner, frente a los reiterados incumplimientos del concesionario, que se dispuso la temporaria reestatización (vía decretos cada 180 días se ha venido renovando el compromiso de convocar a una nueva licitación pública para su transferencia) del correo oficial. Esta iniciativa interrumpe la caída de la participación del operador histórico en el mercado e inicia una nueva etapa de reincorporación de personal y de mejoras en las condiciones de trabajo.

La nueva experiencia de gestión estatal, que contrasta con la deficitaria administración privada, requiere para consolidarse como proyecto estratégico y desactivar el entramado de intereses vigentes la decisión oficial de reestatizar definitivamente el operador histórico y reconstruir un marco normativo que regule la actividad privada. Si ello ocurre, quizás el jefe de Gobierno de la ciudad no “omita” incorporar al servicio postal dentro de sus demandas neoliberales.

El testículo izquierdo

Por Osvaldo Bayer (Página 12, Buenos Aires)

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Hace poco hablábamos en la Universidad de Quilmes sobre las manifestaciones del pueblo en la calle. El arma del pueblo para protestar contra las injusticias de la sociedad. Esas manifestaciones, ese salir a la calle, muestran el coraje de los seres humanos ante las injusticias. Puse como ejemplo la manifestación de mujeres proletarias en aquel Río Gallegos de 1919. Allí, en enero de ese año, los trabajadores habían sido detenidos y encarcelados por exigir mejores condiciones de trabajo. Ante este hecho, sus mujeres salieron en manifestación para pedir la libertad de esos hombres. La forma en que actuó la policía fue increíble. Sólo eran siete mujeres, bien proletarias. Cuando se las conminó a disolverse, una de ellas dijo que no, que iban a ver al juez letrado a reclamar la libertad de sus hombres. Señala el parte policial que las mujeres se desacataron y que una de ellas (Pilar Martínez, española, viuda, de 31 años, cocinera) le pegó (textual) “un puntapié en el testículo izquierdo al sargento Jesús Sánchez, produciéndole una contusión dolorosa que lo dejó inutilizado para el servicio durante dos días”. (¡Qué fanática la gallega, justo se eligió el izquierdo!) La cuestión es que, con esa acusación, la mujer fue a parar a la cárcel. Pero el testigo Amador Víctor González dejó luego un testimonio escrito que trae una versión muy distinta. Dice que esas obreras fueron obligadas a detener su marcha por un pelotón de agentes que las amenazaron apuntándolas con sus carabinas. Las mujeres, a pesar de la amenaza, intentaron seguir su marcha de protesta y entonces “los uniformados hicieron caracolear sus corceles sobre el grupo de las indefensas mujeres. A dos o tres de ellas les cruzaron el rostro a latigazos y otras –una de ellas embarazada– fueron tomadas de los cabellos golpeándolas sin clemencia. Esas mujeres fueron juzgadas luego por agresión a la autoridad y escándalo en la vía pública”.

La historia demostró que todas esas represiones sólo sirven para crear violencia en la sociedad. Sí, la historia les dio la razón a esas mujeres porque finalmente el progreso dio a los trabajadores mucho de eso que pedían. En cambio, de los represores no hay ninguna placa en las comisarías de donde partieron para reprimir. Ni siquiera un monumento al testículo izquierdo del sargento Jesús Sánchez.

La manifestación debe ser un derecho público. Un termómetro para los políticos. Si la gente sale a la calle a protestar es porque algo pasa. Analizar la protesta, sacar conclusiones de ellas, es la misión de todo estadista. Obrar en consecuencia para eliminar eso que puede ser origen de una nueva violencia. En Buenos Aires acaba de ocurrir algo muy triste. En el aniversario de la creación del Estado de Israel se hizo un acto público conjunto del gobierno de la ciudad de Buenos Aires y de la embajada israelí.

A ese acto concurrió una manifestación de protesta con carteles y cánticos de miembros de las organizaciones Teresa Rodríguez y FAR que censuraban la política israelí en Palestina, con la agresión militar última que dejó miles de víctimas. Bien, y aquí vienen las versiones diferentes. Como aquella vez de 1919 en Río Gallegos. La versión policial indica que los manifestantes atacaron con palos y a puñetazos a los presentes en el acto con expresiones racistas contra los judíos. Los manifestantes, en cambio, señalan que cuando estaban gritando sus consignas de críticas a la política de Israel contra Palestina fueron atacados por un núcleo de hombres que hablaban hebreo. Y que inmediatamente después de esa agresión, la policía argentina detuvo a varios integrantes de la manifestación de protesta acusándolos de desorden público y agresión y de discriminación racial contra el pueblo judío.

Una cantidad importante de intelectuales argentinos, encabezados por el Premio Nobel de la Paz Pérez Esquivel, ha repudiado la detención de esos manifestantes señalando que no hay que confundir una manifestación contra la política exterior que lleva a cabo el gobierno israelí con respecto a Palestina con una conducta racista. Además, ratifican el derecho del pueblo a manifestar sus protestas en marchas públicas. Pero el juez Bonadío, interviniente en la causa, ha tomado como cierta la versión policial y del embajador israelí y ha iniciado juicio a doce intervinientes en la manifestación en una causa que puede llevar a la pena de dos a ocho años de prisión a los acusados.

Esto es muy doloroso. Es crear violencia en la sociedad. Para mayor mal, el embajador israelí, doctor Gazit, ha felicitado públicamente al juez Bonadío por su resolución. Para colmo la policía allanó un lugar de reunión de la organización Teresa Rodríguez y señala que encontró bombas molotov y algunas armas de fuego. Esto fue rechazado por esa organización diciendo que en el lugar allanado funcionan un comedor comunitario y una cooperativa textil. Señala que la policía permaneció allí desde las 20 hasta las 5 de la mañana y que destruyó la vivienda de los que duermen en ese lugar.

Luego la policía levantó un acta que dice que encontraron bombas molotov y armas en un baño. Pero allí entraron solos y sin testigos. Además, cuentan que la policía se llevó las cámaras fotográficas, una fotocopiadora y varias computadoras destinadas a la juventud del barrio (al parecer sólo les restaba levantar un acta sobre el testículo izquierdo del sargento Lagos). Aparte, el juez Bonadío ordenó la prisión de nueve de los doce acusados, los que fueron llevados a la cárcel de máxima seguridad de Marcos Paz, a la cárcel de mujeres de Ezeiza y a la de menores también de Ezeiza.

A uno, como argentino y ciudadano del mundo, le da pena todo esto, mucha pena. Creo que todos los ciudadanos tienen derecho a criticar o no a la política de Israel con respecto a Palestina, más después de los últimos bombardeos y del muro que se ha levantado entre los dos pueblos. Sin por eso ser culpables de cometer racismo. Este hecho nos da también pena por Israel y por la Argentina. Creemos que el pueblo judío, con la sabiduría ganada en las persecuciones que ha sufrido a lo largo de su historia, buscaría otros caminos antes que la violencia. La historia nos ha demostrado que sólo se adelanta con la paz. Veamos esos dos pueblos: Francia y Alemania, con tres guerras continuas: 1870, 1914 y 1939, con la muerte de millones de sus hijos y la destrucción de sus ciudades. Y ahora: hace ya 64 años que viven en paz y hasta han eliminado fronteras y llevado a cabo mercados comunes, sin jamás durante esos años de paz haberse producido un incidente fronterizo. Y en la Argentina, que luego de la experiencia de las dictaduras militares metamos presos a jóvenes que salieron a gritar su opinión acerca de un problema que nos interesa a todos: la paz definitiva en el Cercano Oriente, es muy penoso. Además, saber escuchar los testimonios de los presentes en ese acto y no dejarse llevar sólo por la versión policial, ya que los acusados señalan que cuando ellos comenzaron a gritar sus pensamientos fueron agredidos por un grupo especializado israelí, ante la falta total de acción de la policía. Que en esa agresión se arrojó al suelo a manifestantes pateándoles las costillas, como en el caso de Leonardo Del Grosso, que fue brutalmente pateado y más, como las fotos que se mostraron luego, como si los que estaban en el suelo fueran miembros de la delegación israelí, cuando en realidad eran miembros de los grupos que protestaban. Ellos lo pueden demostrar identificando a los fotografiados.

Creemos que aquí debe ser el propio embajador israelí quien tome a su cargo llevar la paz en este hecho, que de seguir así creará más violencia. Debe ser él quien retire la denuncia y sostenga que fue un confuso episodio que debe superarse solo con el gran gesto de la no violencia y la búsqueda del método democrático del debate público y no el de las mutuas agresiones. Por ejemplo: realizar seminarios con representantes palestinos, israelíes y de los diversos grupos argentinos interesados acerca de cómo buscar un acuerdo de solución para el Cercano Oriente. Y luego llegar a un documento para enviar a Israel, a Palestina y a todos los países árabes. Aunque se consiga muy poco, por lo menos se demuestra buena voluntad, y esto puede ser una senda definitiva para la paz de los pueblos.

Parece utópico, pero es lo único posible. Grandes pensadores de origen judío como Noam Chomsky y León Rozitchner han criticado la actual política exterior de Israel. La luchadora de siempre Laura Ginzberg, miembro de la Agrupación por el Esclarecimiento de la Masacre Impune de la AMIA, ha escrito hace poco: “Los ojos de la humanidad miran y acompañan a las víctimas masacradas en Gaza y repudian las políticas terroristas del Estado de Israel en esa región”.

Así demuestran ellos que tienen coraje civil, como el joven intelectual Néstor Kohan, parte de cuya familia fue torturada y masacrada por los genocidas nazis, señala en un valiente artículo en el que les pide a los gobernantes israelíes: “¡Basta ya! ¡No lo hagan en nuestro nombre! No usen la memoria de nuestros abuelos y bisabuelos, torturados perseguidos y masacrados por el nazismo para fines mezquinos, egoístas e indefendibles”.

Hay dolor en estas palabras. Lo comprendemos. La culpa de todo esto no la tiene el grupito de argentinos que fue a gritar su verdad y ahora sufre una cárcel absurda. Luchemos por su libertad.

Guía de juguetes para pequeños fachos

Por Leonardo M. D’Espósito (Crítica de la Argentina)

En Transformers 2 la política se reduce a los políticos, las mujeres a la reproducción o el placer y los universitarios a conspiradores contra el gobierno.

Supongamos lo siguiente: dadas ciertas condiciones ambientales –tiene chicos, quiere ir a divertirse con cualquier cosa, sale con muchos amigos a reírse de lo que sea, quiere ver los planos onanistas de Megan Fox– va a ver Transformers: la venganza de los caídos. Como verá, no hablamos de cine, sino de por qué es usted capaz de pasar tres horas tres dentro de un cine escuchando con volumen a lo Hiroshima lo que no es mas que un par de soldados forzudos haciendo puré latas de cerveza. Cosas del libre albedrío, nadie condena las elecciones personales. A partir del próximo párrafo, hablaremos de cine.

Transformers bis es una película fascista. No lo es (no lo es sólo) porque glorifique a las Fuerzas Armadas estadounidenses y asuma que los políticos “civiles” son gente imbécil digna de la caricatura y la burla. Primera prueba de fascismo: reducir la política a los políticos, algo que ha causado estragos en la vida civil global, que se preocupa menos por cómo la dirección del Estado influye en sus vidas que por si el “político” tal o cual aparece en los medios. El fascismo comienza en el manifiesto de que el ciudadano abandone la política.

Dijimos que hablaremos de cine y parece que no, pero sí: este fascismo sostiene el film y continúa. El trato de las mujeres es impiadoso. Hay tres: una de ellas es la madre del protagonista, tan torpe que hasta se droga inadvertidamente con marihuana. La otra es la novia del joven, que además es mecánica: dado que se trata de una película de robots, no es incoherente que Megan Fox sea un póster de gomería en todas y cada una de sus intervenciones. La tercera es la rubia mala que termina siendo un robot y casi viola al protagonista, quizás el único personaje coherente con el desprecio por lo humano que destila toda la trama. Las mujeres son, pues, o bien reposo del guerrero o bien su reproductora. Hay por ahí un pequeño indicio de que las cosas hay que tomarlas con ironía (el leitmotiv romántico que acompaña a la chica-robot), pero el tono general del film lo disuelve. Algo coherente con la impericia genética del director Michael Bay.

Pero también los soldados son cosas: en los planos de ciertas batallas, vemos volar, quebrar, aplastar, destazar y ahogar sus cuerpos con una facilidad que un sepelio en cámara lenta (que subraya la identidad más que la metáfora con la invasión a Irak; después de todo, la última hora del film transcurre en países árabes) no hace más que legitimar. Por lo demás, el protagonista pasa de ser un proyecto de universitario (los universitarios son nerds, buscan conspiraciones contra el Gobierno, uno de ellos se llama “Fassbinder” y sólo quieren alcohol y mujeres; aclaramos: universidad, no college) a transformarse en un guerrero porque “es su destino”, y en una secuencia onírico-religiosa es “resucitado” por almas de robots. El film, además, destruye París y las Pirámides; algo les pasa a los estadounidenses de derechas como Michael Bay con esos lugares: ¿complejo de incultos o de que hubo otros imperios antes? Sólo Dios, o mejor, Michael Bay, lo sabe.

A estas alturas, pensará que todos estos elementos nos molestan per se. No: un film con estos mismos elementos podría ser bueno, o apreciable, si estuviera bien hecho. Si tuviera una coherencia de tono que aquí falta: secuencias de comicidad a lo Sofovich se combinan con carnicerías de violencia extrema y planos de Megan Fox vendiendo motos. Si las batallas no estuvieran filmadas de modo tal que aturden al espectador sin darle un mínimo de empatía a cambio. En ese sentido, su forma es fascista: es la película de un ingeniero que cree que puede convencer al público e involucrarlo en el espectáculo porque el espectáculo es demasiado grande. Lo es: demasiado, fuera de norma. Un film que ejerce la violencia contra el espectador noqueándolo con sonido e imágenes impactantes a repetición. Y nada de esto es humano, ni nos importa, ni se comunica con nosotros. Cuando un artefacto como éste nos deja indefensos e indiferentes, está bien lejos del arte. Y el cine –sea Sokurov, Spielberg o Solanas– es arte cuando nos involucra. Como la política al ciudadano.