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sábado, 26 de junio de 2010

Un baño de sangre que enluta a México y enriquece a los narcos



Por Eduardo Kragelund (Tiempo Argentino, 6/6/2010)

La foto es la misma desde hace años: jóvenes, viejos y niños acribillados en las calles, madres llorando junto a los cuerpos de sus hijos y funcionarios dando sus condolencias a familiares de las de víctimas del narcotráfico y de su propia ineptitud, cuando no complicidad. El “México lindo y querido”, donde tantos argentinos encontraron refugio en los años de plomo y donde hoy viven muchos de sus hijos y nietos, se ha convertido en eso: en un país que llora de impotencia ante una guerra regida por la corrupción, en la que los “malos” aportan las drogas, los “buenos” un mercado que rinde jugosos dividendos y la población miles muertos.

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"No es usted bienvenido", le dijo una madre en la cara al presidente Felipe Calderón durante su última visita a la norteña Ciudad Juárez. "Si hubieran matado a alguno de sus hijos, ya hubieran buscado debajo de las piedras para encontrar a sus asesinos".
Dos días antes, la mujer había enterrado a uno de sus hijos, asesinado a tiros, junto a otros 12 adolescentes, en su mayoría jugadores de un equipo estudiantil de fútbol americano. Nadie sabe por qué los mataron. Se dice que el grupo de sicarios que abrió fuego los confundió con narcotraficantes rivales. Pero lo que si saben los mexicanos es que esta matanza, ocurrida en febrero, no es un hecho aislado y demuestra, una vez más, que las autoridades están lejos de ir ganando la guerra contra los carteles de la droga, como a diario repite el gobierno.
La violencia se ha convertido en el pan de todos los días en buena parte de México, en particular en los estados que forman los 3.200 kilómetros de frontera con Estados Unidos, el país que más drogas consume en el mundo. Desde que Calderón llegó a la presidencia, hace cuatro años, y desató la mayor ofensiva militar contra el narcotráfico, suman 23.000 los muertos, muchos de ellos inocentes. Pero la sangre que corre casi a diario sólo parece pedir más sangre. Ciudad Juárez es un triste ejemplo. Los más de siete mil soldados que patrullan esta población de 1,3 millones de habitantes no han logrado que sus calles dejen de ser escenario de encarnizados combates, muchos de ellos entre las mismas bandas que se disputan el negocio de las drogas.
El gobierno mexicano ha hecho una fuerte inversión en esta guerra. También ha recurrido a la ayuda de Estados Unidos, cuya agencia antinarcóticos, la DEA, tiene operando en México un centenar de agentes y 11 oficinas regionales, la mayor cantidad de dependencias abiertas en el extranjero. Tampoco se le puede negar los duros golpes que ha asestado a los carteles de la droga, como lo reconoció la jefa de la DEA en México, María Furtado. Sin embargo, las bandas de Tijuana, del Golfo, del Pacífico, del Chapo Guzmán y de los hermanos Beltrán Leyva se han seguido desarrollando. De ser productores y exportadores de marihuana, han entrado con fuerza en el mercado de la cocaína aprovechando el vacío que dejó el descabezamiento de los carteles colombianos de Medellín y Cali en los años 90. Los investigadores calculan que entre el 70 y el 90 por ciento de toda la cocaína que llega a Estados Unidos pasa por México. Es más, incluso han internacionalizado su actividad. Como señaló el periodista y escritor Tomás Eloy Martínez, “los sicarios ya no tienen una patria, sino que las invaden todas: el cartel de Sinaloa tiene laboratorios en la provincia de Buenos Aires, las bandas que actúan en las sombras imponen guerras en las favelas de Río de Janeiro o en las villas de San Martín o Boulogne”.
En otras palabras, en la guerra se ha invertido mucho dinero, esfuerzo y sangre, pero no ha dado el resultado esperado. Por el contrario, ha aumentado el poder de las mafias del narcotráfico. El Chapo Guzmán, por ejemplo, de quien se dice que controla entre el 30 y 40% de las drogas que ingresan a Estados Unidos, tiene una riqueza de más de mil millones de dólares (ver recuadro). El Procurador General de México en el 2009, Eduardo Medina, precisó que el flujo de efectivo desde los consumidores estadounidenses a México sumaba unos diez mil millones de dólares anuales. Una cantidad de dinero que no sólo alcanza para incursionar en nuevos mercados, como sucede desde el 2000 con el de las metanfetaminas, sino también para adquirir todo tipo de armamentos -desde pistolas hasta granadas y fusiles AK-47- y sobornar -“aceitar”, le dicen- las estructuras encargadas de reprimirlos.
Con semejantes bolsas de premio, cada vez que cae un capo siempre hay varios aspirantes a mafiosos dispuestos a reemplazarlos. La muerte del colombiano Pablo Escobar Gaviria o la detención del mexicano Rafael Caro Quintero son prueba de ello. El resto, la “carne de cañón”, los “burros” que transportan la droga y los grupos de choque que protegen el negocio, es lo que sobra en los países proveedores, donde reina la pobreza y los policías desocupados o mal pagos.
Por eso es un error, como señalan muchos analistas, creer que el problema del narcotráfico en México, como en otros países latinoamericanos, puede tener una solución militar. No hay balas suficientes en el mundo que puedan acabar con los “cañonazos” que diseminan millones de dólares a diestra y siniestra y con un mercado que paga lo que se le pida con tal de meterse lo que sea por las venas o la nariz. Las balas, en suma, no deben apuntar a los narcotraficantes, sino al blanco principal, sin el cual no habría narcotraficantes: el corazón del negocio.
La marihuana o la cocaína no valen casi nada en sus lugares de origen. Pero cada vez que un cargamento pasa de mano en mano con destino a Estados Unidos, cada vez que hay un decomiso o se desbarata un laboratorio, el valor de la mercadería aumenta exponencialmente y se convierte en un incentivo para la larga cadena del narcotráfico, que se extiende, vía lavado de dinero, a instituciones financieras, constructoras y los más diversos negocios de compra y venta.
La faceta más visible del negocio es la misma guerra, alimentada por los millones de dólares que la “aceitan” a un lado y al otro de la frontera. Alguien se pregunta, por ejemplo, por qué la DEA, que hace gala de tanta efectividad al sur del Río Bravo, nunca logra desmantelar las grandes redes de distribución que reparten drogas a lo largo y ancho de los casi diez millones de kilómetros cuadrados que tiene Estados Unidos ni captura a ninguno de sus grandes capos. O alguien investiga, para seguir con los ejemplos, de dónde salió tanto billete verde, tanto “cash” fresco, para desatar el boom multimillonario que tuvo la construcción en Miami a fines del siglo pasado y principios del presente.
Sin embargo, la corrupción, como la guerra misma, es sólo la punta del iceberg. En este caso, al menos, matar al perro no termina con la rabia.
Lo que hace que la rabia se siga esparciendo son las condiciones que cimentan el suculento negocio del narcotráfico, tanto en México y en América Latina como en los países consumidores. Las mafias que producen y exportan drogas no tendrían razón de existir si no hubiera una fuerte demanda. Y esta demanda, que compra con avidez todo lo que le cae en sus manos, está indisolublemente ligada a la prohibición. La historia de Estados Unidos da un buen ejemplo. Los 13 años que mantuvieron a sangre y fuego la “ley seca” (1920-1933) sólo sirvieron para fomentar el alcoholismo, causar más de cien mil víctimas entre muertos a balazos y enfermos por ingestión de productos adulterados, promover todo tipo de crímenes y delitos y desatar una corrupción que abarcó a una tercera parte de las fuerzas que debían combatirlos.
Pero la sola idea de legalizar el consumo de drogas pone los pelos de punta a muchos sectores de la sociedad, en particular a los más conservadores y a los que lucran con los “derivados” de la guerra. Sin ninguna base científica, enarbolando tabúes religiosos o pretendidamente morales, rechazan lo obvio, el sentido común: que la drogadicción, al igual que el alcoholismo o el tabaquismo, debe ser tratada como una enfermedad y no como un delito. Les parece inconcebible propuestas como la de Martínez, quien explicó que “no se trata de alentar el consumo, sino de controlarlo mejor, invirtiendo esos mismos millones en salud pública y en campañas efectivas que no demonicen al consumidor ni lo atemoricen con un destino de represión y cárcel”. Por el contrario, aunque la historia y las estadísticas digan todo lo contrario, insisten en que la legalización aumentaría la demanda y siguen apostando a una guerra que cada día hace más atractivo el narcotráfico y tiñe más de sangre a países como México. En suma, por ignorancia o complicidad, terminan coincidiendo con los grandes capos de la droga. Ellos sí tienen claro que el levantamiento de la prohibición, el único “valor agregado” que eleva el precio de las drogas a las nubes, le asestaría un golpe mortal al negocio.

"El Chapo" Guzmán, en la lista de la revista Forbes (Recuadro)

“El Chapo” Guzmán, uno de los narcotraficantes más buscados de México y del mundo, se ha convertido en una leyenda que encabeza tanto las listas de la agencia antinarcóticos de Estados Unidos (DEA) como la de los multimillonarios de la revista Forbes. El “chaparro” (petiso) Joaquín Guzmán Loera, con una fortuna de 1.000 millones de dólares, fue ubicado entre los hombres con más billetes del mundo, junto a otros mexicanos como el financista Alfredo Harp Helú –primo del hombre más rico del planeta, Carlos Slim Helú- y Emilio Azcárraga Jean, presidente de la mayor cadena de televisión en castellano, Televisa.
"El (el “Chapo”) no está disponible para entrevistas", dijo a la prensa Luisa Kroll, editora de Forbes, cuando Guzmán ingresó en el 2009 a la lista de millonarios. "Pero su situación financiera está bastante bien", agregó.
Su fortuna la amasó traficando drogas. Forbes calcula que los traficantes mexicanos y colombianos lavaron entre 18,000 y 39,000 millones de dólares en el 2008 provenientes de la venta al por mayor de embarques de drogas a Estados Unidos. La revista estima que el jefe del cártel de Sinaloa, estado norteño donde nació hace 56 años, obtuvo al menos un 20% de esa suma, lo suficiente para ganarse un lugar en la lista de poseedores de más de 1000 millones de dólares.
Con apenas 1,55 metros de estatura, el “Chapo” es un ejemplo vivo de que la guerra contra el narcotráfico, basada en la prohibición de las drogas y en el castigo del adicto, sólo lleva agua al molino de las grandes mafias que manejan este negocio.
Al “Chapo” le pasó de todo en su ya larga carrera delictiva. En 1993, fue detenido y condenado a 20 años de prisión. Desde la cárcel siguió dirigiendo su cartel y vivió una de sus grandes épocas de prosperidad. Pero el dinero no era suficiente y organizó su fuga, con evidente complicidad de las autoridades carcelarias. El objetivo lo logró el 19 de enero del 2001, cuando huyó de un penal de máxima seguridad al mejor estilo de las películas de hollywood: escondido en el camión de la lavandería.
Desde esa fecha se dicen muchas cosas del “Chapo”. Los “narcocorridos” exhaltan su vida fuera de la ley y su capacidad de sobrevivencia pese a que el gobierno mexicano ha ofrecido cinco millones de dólares por su captura. Se dice, por ejemplo, que cada día cambia de número de celular para evitar ser detectado. También le han pegado fuertes golpes. Sin ir más lejos, el año pasado sufrió la mayor incautación de drogas del mundo: le decomisaron 23,5 toneladas de cocaína que transportaba en un buque por el Pacífico. Pero nada de esto parece quitarle el sueño al “Chapo”. Por el contrario, sus negocios siguen viendo en popa.


Ese “daño colateral” llamado niños (Recuadro)

Los niños, como siempre, son la cara más trágica de la guerra contra el narcotráfico. Además de soportar los problemas comunes a muchos otros chicos latinoamericanos –desnutrición, insalubridad, falta de un hogar, abanono-, los de México enfrentan la violencia desatada en muchas ciudades del país entre las mafias de la droga y las fuerzas de seguridad.
Se calcula que unos 7.000 chicos y adolescentes han sido víctimas del conflicto desde el 2006, de los cuales unos 4000 fueron asesinados, en su mayoría en fuegos cruzados entre las mismas bancas o con el ejército, y los otros 3000 se quedaron huérfanos por las mismas causas.
Pero los muertos, heridos y huérfanos son sólo parte del “daño colateral” que ocasiona esta guerra en la infancia mexicana. Mucho niños ven a los narcos con admiración: tienen dinero, autos soñados, mujeres bonitas y nadie los toca. Igual que en las películas. Y cuando crecen, la falta de trabajo o los empleos mal pagos los llevan a engrosar las filas de los “ídolos” de la infancia. Sólo un ejemplo: de los 10.000 detenidos en el 2009 por delitos violentos en la ciudad fronteriza de Mexicali, la mitad eran menores de 13 años.

viernes, 9 de abril de 2010

Lo que se esconde dentro del narco


Por Martín Granovsky
(Página 12, Buenos Aires)

Los periodistas acostumbran discutir si deben imponerse a sí mismos restricciones para entrevistar a una persona cuando se trata de un asesino o de alguien buscado por la Justicia. Julio Scherer García suele terciar en esa polémica con esta frase: “Si el diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos”.

A los 84 recién cumplidos, Scherer es una de las leyendas de México. Pero una leyenda viva: tal como publicó Página/12, acaba de aceptar una entrevista con el narco Ismael Zambada García, “El Mayo”, jefe del Cartel de Sinaloa, y escribió la nota. La tapa del semanario Proceso los muestra juntos para atestiguar que fue verdadero el encuentro en el que Scherer preguntó a Zambada cómo se inició en el narco y él contestó: “Nomás”. “¿Nomás?”, repreguntó Scherer. “Nomás”, repitió Zambada.

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Scherer fue director del Excelsior hasta 1976, cuando el entonces presidente Luis Echeverría decidió tumbar el proyecto editorial del diario. La historia está contada en dos novelas, La guerra de Galio, de Héctor Aguilar Camín, y Los periodistas, de Vicente Leñero.

En cuanto a Proceso, no es una revista pro-narco sino lo contrario. Critica la guerra militar ejecutada por el presidente Felipe Calderón porque ya produjo 18 mil muertos y demostró no ser eficaz para acabar con la criminalidad y la violencia.

Scherer muestra a un Zambada de 60 años, casado, padre de cinco mujeres, con 15 nietos y un bisnieto, y capaz de hablar con realismo cínico sobre la militarización de la lucha antinarco: “Es una guerra perdida porque el narco está en la sociedad, como la corrupción”.

Zambada dice que siempre tiene miedo, que lo atraparán “en cualquier momento o nunca”, y que por eso se encierra en el monte mientras dirige sus negocios en México o en los Estados Unidos, donde desde 2003 figura en la lista de buscados.

Al margen de la entrevista, el último número de Proceso acompaña un informe que detalla la capacidad de “penetración institucional” del narco, incluyendo “el ejército, sus cuantiosas actividades financieras y su aptitud logística para mover droga, dinero y armas”.

Da un ejemplo: Jesús Vizcarra Calderón, sospechado de vinculaciones con el narco y precandidato del Partido Revolucionario Institucional, hoy en la oposición, a gobernar Sinaloa.

Heredero del Partido Nacional Revolucionario y del Partido de la Revolución Mexicana, el PRI gobernó México con este nombre entre 1946 y 2000. Amplio, fundido por épocas con el Estado y los grandes sindicatos, capaz de nacionalizar el petróleo con Lázaro Cárdenas y emular a Carlos Menem con la presidencia de Carlos Salinas de Gortari, el PRI da pie para que exista un Vizcarra, pero también un antinarco como el jurista Alfonso Navarrete Prida.

Es interesante la perspectiva histórica de Navarrete. Sostiene que los Estados Unidos, incapaces de disminuir la demanda de droga en su propio mercado, optaron por impedir que la oferta fluyera desde México. Para eso habrían diseñado el plan militar que aplicó Calderón.

Su conclusión es digna de ser tomada en cuenta en todo el continente. “Esto generó que el transportista tuviera que coaligarse con organizaciones locales, de las comunidades, de los municipios, quienes al tener un nuevo elemento que vender evolucionaron rápidamente y entonces empezó la lucha por el territorio, por la plaza, y no por la ruta”, opina. Y remata: “La consecuencia inmediata fue el aumento de la violencia”.

El centroizquierda, en tanto, recomienda centrarse en los problemas sociales y de seguridad interna. Lo dice, por ejemplo, Marcos Carlos Cruz Martínez, del Partido de la Revolución Democrática.

En México, el pico de violencia coincidió con la nueva táctica anti-narco de los Estados Unidos y con la debilidad económica producto de que el país importó la crisis sin barreras, porque el 80 por ciento de su comercio exterior tiene como destino u origen el mercado norteamericano.

Un comentario soltado al pasar en el semanario conservador inglés The Economist añade otro elemento al análisis de la cuestión narco. Un artículo duro contra Ecuador, “La lavandería andina”, critica al presidente Rafael Correa y al mismo tiempo cita que el uso del dólar como moneda local hizo que el país resultara “particularmente atractivo para los lavadores de dinero”.

Correa ya anunció que se propone salir de la dolarización, pero que sólo puede hacerlo a mediano plazo. El reemplazo del sucre por el dólar, decidido en enero de 2000 por el presidente Jamil Mahuad, fue una trampa emparentada con la convertibilidad de Domingo Cavallo y concretada en medio de la misma desregulación financiera internacional que afectó a la Argentina.

¿Saben cómo es el nombre del jefe del equipo que asesoró en 1996 al presidente ecuatoriano Abdalá Bucaram y en 1999 a Mahuad? Empieza con “cav” y termina con “allo”.

Finanzas, crisis social y captación del Estado parecen explicar el poderoso “nomás” que el viejo Scherer le arrancó a Zambada.

lunes, 22 de marzo de 2010

El Presidente no tiene quien le crea


Por María de las Heras (El País, Madrid)

"Si de todas maneras nos van a matar, pues que siquiera nos maten por hablar", decía en una entrevista radiofónica la madre de dos de los muchachos masacrados en Ciudad Juárez (México) hace unas semanas, y en su voz había más un tono de rebeldía que de desesperación, exigiendo disculpas a las autoridades no ya por haber sido incapaces de proteger la vida de sus hijos, sino por haber insinuado que formaban parte de una pandilla de delincuentes, como si eso además justificara la masacre.

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"No es usted bienvenido", le espetaba en la cara al Presidente Felipe Calderón durante su primera visita al municipio, apenas unos días después de la matanza. "Si hubieran matado a alguno de sus hijos -le decía al Presidente y a su esposa- ya hubieran buscado debajo de las piedras para encontrar a sus asesinos".
Calderón reconoce que su estrategia para acabar con el narcotráfico no ha funcionado y anuncia un giro hacia el gasto social para tratar de minar desde las raíces la penetración del narcotráfico y la violencia que se viven en esa ciudad fronteriza. El jefe del Poder Ejecutivo federal regresa a Ciudad Juárez acompañado por siete secretarios de Estado y por el titular de la PGR (fiscalía) para presentar el plan "Todos somos Juárez, reconstruyamos la ciudad".
La semana pasada, Calderón viaja a Ciudad Juárez por tercera vez en este año y su secretario de seguridad pública presenta ante la opinión pública las estadísticas de los asesinatos del último año, asegurando que su número ha decrecido consistentemente en los últimos meses. Fuera del recinto donde se hacía la presentación, elementos del Estado Mayor Presidencial trataban de contener a un grupo de jóvenes que se resistían al grito de "Con nosotros muy cabrones, con los narcos maricones".
Previo a la más reciente visita presidencial, el sábado 20 de marzo asesinaron en Ciudad Juárez a tres personas vinculadas con el consulado de Estados Unidos en esa ciudad. Se escucha la indignación y condena del presidente Barack Obama y en pocas horas, contrario a lo que indican las leyes mexicanas, los cuerpos de las víctimas estadounidenses ya están cruzando la frontera rumbo a El Paso, Texas.
El gobierno mexicano se compromete públicamente a esclarecer los hechos y llevar ante la justicia a los culpables, y la secretaria de Estado de Estados Unidos anuncia que el 23 de marzo (mañana) visitará México junto con el secretario de Defensa Robert Gates, la jefa de la Seguridad Interna, Janet Napolitano, el director de Inteligencia Nacional, Dennis Blair y otros altos funcionarios involucrados en la ley y los narcóticos.
Hoy, en la encuesta que levantamos para elpais.com, quisimos hacer un recuento de las opiniones que acompañan los asuntos antes narrados, y los resultados no pueden ser más desalentadores.
Para empezar, el 62% de los mexicanos opina que tanta visita de Calderón a Juárez obedece a una estrategia para mejorar su imagen pública y no porque el mandatario tenga un interés real en mejorar las condiciones de vida en esa ciudad fronteriza.
Verdad o no, la opinión pública no cree lo que dijo el secretario de seguridad pública federal respecto a que el número de asesinato ha ido disminuyendo en los últimos meses, y en ese tenor, cinco de cada diez dicen que gastar más en programas sociales no va remediar tampoco la angustiosa situación de los juarenses.
El 68% opina que el Presidente Calderón le ha puesto un interés inusitado al caso de los norteamericanos asesinados, empeño que ha estado lejos de mostrar frente a los otros miles y miles de ejecutados que se acumulan en nuestro país día con día.
En cuanto a la visita de mañana de Hillary Clinton y los otros funcionarios del gabinete de Obama, parece que no hay muchas expectativas, y mientras 4 de cada diez piensan que puede salir algo positivo para México, cinco dicen que es poco probable que se llegue a acuerdos realmente trascendentes para el tema de la lucha contra el narcotráfico.
Además, esta semana la noticia ya no es Juárez, sino la ciudad de Monterrey, Nuevo León, estado también fronterizo. Presuntos grupos de sicarios recorrieron por dos días consecutivos los accesos carreteros y "decomisaron" al menos 60 vehículos de particulares con los que bloquearon durante horas al menos 30 puntos de las vías que comunican a esa capital con las poblaciones de Reynosa y Miguel Alemán, del vecino estado de Tamaulipas. Además, se registran otros asesinatos dos jóvenes estudiantes de excelencia (como los de Juárez de hace unas semanas, pero estos de posgrado), y como primera reacción las autoridades los acusan de ser sicarios para retractarse después ante la evidencia de lo contrario.
La Secretaría de Gobernación federal aseguró que los bloqueos son una reacción desesperada ante el avance logrado en el combate a la delincuencia. Suponiendo, sin conceder, que lo que estamos viviendo en México es resultado de la agonía del narcotráfico, habría que preguntarse entonces: ¿hasta dónde estamos todos dispuestos a pagar por los estertores?
NOTA METODOLÓGICA. Encuesta telefónica realizada el 20 de marzo, considerando 500 entrevistas a personas mayores de 18 años seleccionadas mediante un muestreo aleatorio simple sobre el listado de teléfonos del país. Con el 95% de confianza, el error estadístico máximo que podría esperarse es del +/- 4.5

domingo, 7 de febrero de 2010

México: Lugar común, la muerte en manos de los narcos


Por Gerardo Albarrán de Alba (Págna 12, Buenos Aires)

México, D.F.- “Está cabrón, muy cabrón”, dice un diputado del PRI, mientras saca sus cuentas sobre el saldo de la guerra contra el narco en el primer mes de este año: 904 muertos, y contando. Luego multiplica por 12 los asesinados de enero y la cifra es escalofriante: a ese paso, el año terminaría con 10.848 ejecutados. Ahí la llevamos: súmense los 18 adolescentes ejecutados durante una fiesta en Ciudad Juárez, Chihuahua, en los primeros minutos del 1º de febrero, la mayoría jugadores de un equipo estudiantil de fútbol americano. Y otros 10 en un bar en Torreón, Coahuila, un par de horas después.

Lo peor tal vez no sean los asesinados, que ya es decir mucho. Nadie debería morir así, en la barbarie. Lo verdaderamente grave es que esas vidas perdidas se convierten en números que ya no alarman. La violencia se ha convertido en un lugar común; una muerte más o una vida menos es un mero ejercicio de estadística.

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La administración de Felipe Calderón parece no inmutarse ante las masacres cotidianas. Como si fueran buenas noticias que justifican su guerra, los asesinatos se integran a un discurso que ha repetido hasta la náusea: mueren los narcos, vamos ganando.

Y como Calderón, ningún funcionario de ningún nivel de gobierno, ya sea federal, estatal o municipal se hace responsable de la descomposición que vive el país. Nadie da la cara, nadie rinde cuentas, nadie tiene la dignidad de renunciar, por más que la gente lo exija.

Al día siguiente de la masacre, entre los féretros de los jóvenes chihuahuenses asesinados, una madre llora más de rabia que de tristeza. “A ver, que Calderón traiga a vivir para acá a sus hijos, pero sin escolta. Si a él le hubieran matado a un hijo, ya estaría moviendo cielo y tierra para castigar a los culpables. Pero nuestros hijos no le importan.”

La mujer tiene razón. Ni el presidente ni el resto de la clase política mexicana lo encuentran relevante, es apenas materia de discursos que, de tan manidos, sólo escuchan entre ellos.

Lo que más indigna no es la indiferencia, sino la burla. El secretario de Seguridad Pública del estado de Chihuahua, Víctor Valencia de los Santos, renunció a su cargo la mañana del mismo 1º de febrero, pero no por vergüenza, sino para buscar la candidatura del PRI precisamente a la alcaldía de Ciudad Juárez. De todos modos no había mucho que hacer, la investigación del crimen en Ciudad Juárez tuvo que esperar 24 horas: ese día fue feriado y el Ayuntamiento cerró. Calderón estaba en Japón cuando ocurrió el crimen múltiple y apenas atinó a decir que todavía no sabía bien qué había ocurrido.

Los mexicanos ni siquiera cuentan de su lado a los grandes medios electrónicos, caracterizados por la espectacularización y la banalidad: los noticieros de televisión llevaban una semana dedicando horas de transmisión a la cobertura del ataque al jugador paraguayo de fútbol Salvador Cabañas, quien sobrevivió a un disparo en la cabeza cuando estaba en el baño de un bar, la madrugada del 25 de enero. Pero a la masacre de Juárez apenas le dieron unos segundos. Una nota más de unos muertos más de una jornada sangrienta más. Eso ya no es noticia, y menos si los muertos no son famosos o trabajan para una empresa de las propias televisoras, como Cabañas, delantero del América, propiedad de Televisa, que lo cobija como a un mártir, mientras su rival, TV Azteca, especula sobre los malos pasos del seleccionado uruguayo.

La violencia en México es de náusea, pero sólo parecen padecerla quienes se ven envueltas directamente en ella. El resto intenta por todos los medios reforzar el autoengaño: eso les pasa a otros, como si los otros no fuéramos todos.

Durante el sepelio de los jóvenes deportistas asesinados en Ciudad Juárez, la madrugada del lunes pasado, uno de los jugadores de Jaguares de Cotis, un chavo de apenas 15 años, dice que está harto de Ciudad Juárez, harto de México.

sábado, 9 de enero de 2010

Desafíos de la cultura narco


Por Tomás Eloy Martínez (La Nación, Buenos Aires)

Asi como Roberto Arlt vislumbró en sus dos grandes novelas la madeja fascista que se cernía sobre las naciones jóvenes del Sur, la guerra contra las drogas y el narcotráfico impregna hoy buena parte de la literatura, sobre todo en Colombia y México, donde la cultura narco se ha infiltrado en todos los aspectos de la vida. Expandida como un virus, pone y derriba gobiernos, compra y vende conciencias, se toma la vida de las familias y ahora la vida de las naciones. La cultura narco es la cultura del nuevo milenio.
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Cada vez que la imaginación parece aproximarse a una radiografía de los hechos, la realidad le saca ventaja con nuevas palabras que los diccionarios no alcanzan a definir. Todos los días las noticias arrojan cadáveres que se ordenan entre "decapitados" y "severamente mutilados"; los sicarios ya no tienen una patria, sino que las invaden todas: el cartel de Sinaloa tiene laboratorios en la provincia de Buenos Aires, las bandas que actúan en las sombras imponen guerras en las favelas de Río de Janeiro o en las villas de San Martín o Boulogne, donde a fin de año, y con diferencia de horas, hubo dos acribillados por el control de la venta de cocaína y marihuana. La traición, si se sospecha, se castiga con acciones mafiosas; si se prueba, con crímenes que traen más muertes, en una escalada de venganzas infinitas.
En su novela póstuma, 2666 , Roberto Bolaño relató en toda su crudeza y horror los asesinatos de mujeres en Santa Teresa, transmutación literaria de Ciudad Juárez, enclave fronterizo con El Paso, Texas, donde desde hace décadas gobiernan la violencia y la impunidad. Esas muertes narran un crimen continuo, una historia de nunca acabar. Un empresario poderoso que observa cómo su país está siendo minado por los narcotraficantes en complicidad con la corrupción del poder, decide ganarles "Siendo más criminal que ellos" en la última novela de Carlos Fuentes, Adán en Edén . La manera en que el dinero sucio del narcotráfico penetra en la sociedad provocó picos de rating en la versión para televisión de Sin tetas no hay paraíso , la historia en la que Gustavo Bolívar cuenta cómo una joven de 17 años se prostituye para comprarse pechos más grandes y así acceder al círculo de los traficantes. En La conspiración de la fortuna , Héctor Aguilar Camín dibuja el pueblo de Martiñón Agüeros, un capo del narcotráfico que condensa a cada uno de los pueblos y jefes narcos que con su beneficencia compran voluntades e hipotecan el alma de los más desfavorecidos. La lista viene amontonando títulos en sintonía con el ritmo en que avanzan la muerte y la corrupción por el continente: Rosario Tijeras, de Jorge Franco; La reina del S ur,de Arturo Pérez-Reverte; Balas de Plata , de Elmer Mendoza, o La virgen de los sicarios , de Fernando Vallejo son apenas unos pocos ejemplos con un denominador común: cada golpe al narcotráfico es devuelto con otro golpe aún mayor.
Es lo que le ha ocurrido al presidente Uribe en Colombia, y ahora a Felipe Calderón en México. Mientras tanto, se destruyen personas, familias, pueblos, culturas. Cada día se hace más evidente que la guerra no es la solución al problema y que la única vía posible es enfrentarlo desde la raíz, es decir, desde la despenalización del consumo.
Las inteligencias más lúcidas del continente insisten en que es imperioso llegar a un acuerdo de cooperación entre traficantes y consumidores. Cuando se rompan esos pactos siniestros de silencio y dinero, y los expendios de droga salgan a la luz del día, como el alcohol después de la ley seca, quizás hasta los propios traficantes descubran las ventajas de trabajar dentro de la ley y, al sentirse más seguros, irradien esa seguridad sobre las comunidades a las que comprometen.
La despenalización avanza. España, que trata la drogadicción como un problema de salud, fue el primer país europeo en despenalizar el consumo de marihuana. El uso y la posesión para uso personal no es delito, aunque el consumo público está castigado con multas administrativas y su legislación contra el tráfico está entre las más severas de Europa. En 2001, Portugal aprobó una ley que descriminaliza todas las drogas y los resultados no están siendo desalentadores. En Italia se acaba de expedir un listado de dosis personales que aparejan sanciones administrativas, pero no penales. Venezuela también dictó recientemente una norma en la ley orgánica contra el tráfico ilícito y consumo de estupefacientes y psicotrópicos que despenaliza el porte de dosis personal hasta por cinco días, y al mismo tiempo se incrementaron las penas para los traficantes. Hace pocas semanas, y a contracorriente de una costumbre avalada por el ex presidente Bush, la administración Obama estableció que los fiscales federales no gastaran sus recursos en arrestar a personas que usan o suministran marihuana con fines medicinales. Quizás el caso más conocido sea el de Holanda, donde en rigor es delito el consumo de cualquier sustancia prohibida. Sólo hay cierta consideración para el acceso a la marihuana en los llamados coffee shops , lugares reservados para la compra y el consumo de menos de cinco gramos diarios. Pero desde hace años, Holanda ha mantenido una política de tolerancia hacia las drogas blandas, aun haciendo frente a la presión de otros países, sobre todo desde que en los 90 Europa abrió sus fronteras.
En la Argentina, un fallo de la Corte Suprema de Justicia estableció que el consumo personal de marihuana no es un delito y también ha concentrado en un solo juzgado federal todo lo relacionado con el paco, un veneno que genera una adicción de carácter físico que arrasa en los círculos más pobres de la población.
¿Es la despenalización la cura de todos los males? El lenguaje de las armas demostró su fracaso y la historia ya escribió su ejemplo más contundente cuando en los Estados Unidos se prohibió el consumo de alcohol durante los trece años que duró la ley seca. La prohibición, que comenzó el 17 de enero de 1920, lejos de hacer desaparecer el vicio provocó el surgimiento de un mercado negro del que surgieron todos los Al Capone, los Baby Face Nelson, los falsos héroes como Bonnie & Clyde y una legión de padrinos que sembraron el terror a sangre y fuego. Como era casi previsible, muy pronto la corrupción se apoderó de las conciencias policiales. Treinta y cinco por ciento de los agentes encargados de velar por la prohibición terminaron con sumarios abiertos por contrabando o complicidad con la mafia y las consecuencias en la salud de la población tuvo estadísticas nefastas: treinta mil muertos por envenenamientos con el alcohol metílico y otros adulterantes, a los que recurrían los bebedores desesperados. Cien mil personas resultaron víctimas de ceguera, parálisis y otras complicaciones derivadas del consumo de alcohol irregular. En 1933, cuando Franklin D. Roosevelt derogó la ley seca, el crimen violento descendió dos tercios. En Estados Unidos no se acabaron los borrachos, pero desaparecieron los Al Capone.
Matar al perro enfermo no pone fin a la rabia. Ni el arresto del mexicano Rafael Caro Quintero o el operativo cinematográfico que acabó con la vida del colombiano Pablo Escobar Gaviria, por citar a dos de los capos del narcotráfico más temibles y conocidos de las últimas décadas, extirparon el problema. Donde se acabó con uno, pronto surgió otra media docena dispuesta a tomar las riendas del negocio. Hace pocos días, las fuerzas especiales de la Armada de México protagonizaron otra escena hollywoodense cuando bajaron desde sus helicópteros sobre el condominio Altitude, en Cuernavaca, Morelos, y tras varias horas de combate acribillaron a Arturo "la Muerte" Beltrán Leyva, el "jefe de jefes" del narcotráfico. Lo que se mostró como otro éxito certero sólo traerá una nueva escalada de violencia para ocupar el trono del rey depuesto con alguien cuyo apodo también lleve un mensaje letal.
El combate más efectivo contra el narcotráfico es arruinarles el negocio. Y la única vía posible para hundirlo es legalizando el consumo. Todas las estrategias de guerra aplicadas en la región durante los últimos treinta años resultaron un fiasco, con un balance de muertos y de groseros gastos de dinero sin que nada haya cambiado. No se trata de alentar el consumo, sino de controlarlo mejor, invirtiendo esos mismos millones en salud pública y en campañas efectivas que no demonicen al consumidor ni lo atemoricen con un destino de represión y cárcel. Muchos se rasgaron las vestiduras cuando el sida dejó de tratarse como una enfermedad vinculada a los homosexuales y se trató como un mal que afectaba a todos por igual, lo que terminó produciendo resultados enormes. Esta es la perspectiva de igualdad que se debería plantear ante el consumo de drogas.
Pero acaso no haya mayor semejanza para estos tiempos de cultura narco que con la era de la cultura alcohólica y sus carteles de asesinos que convertían las ciudades en feudos aptos para la rapiña. El mejor retrato de esa época ha sido trazado por el gran periodista norteamericano Lewis Allen, en su crónica Just Yesterday , "Tan sólo ayer" (1957). Allen enumera los difíciles pasos que debieron darse para la despenalización y para el regreso de los Estados Unidos a una vida normal. La ley seca tropezó primero con las normas de la Constitución federal, que exigía la aprobación de cada uno de los estados para imponerla. En todas las cámaras se oyeron debates estrepitosos que disgustaban al partido gobernante, pero la pluralidad de ideas enriqueció el futuro. El tránsito hacia un país nuevo fue más lento de lo que se había supuesto. Comenzó con un éxodo masivo de pequeños ahorristas a la Florida y con un aumento singular de los precios agrícolas, que enriqueció a miles de campesinos en el Medio Oeste. El obstáculo mayor en América latina para desterrar la cultura narco es la necesidad de que los países productores y exportadores de drogas compartan la responsabilidad de erradicarla con el principal país consumidor, cuyas intenciones no siempre han sido las de un buen vecino.
Lewis Allen advierte, en su extraordinaria crónica, que la derrota de la cultura narco no se sintió de un día para el otro en los países ni en las vidas privadas. "La libertad que tan desesperadamente buscaban los jóvenes en el alcohol -escribe Allen- no se había perdido, pero resultaba difícil descubrir un verdadero cambio real en el empleo que se daba a esa libertad. Lo que había desaparecido era la excitada sensación de hacer pedazos los tabúes. Los frutos del pecado se estabilizaban en un nivel inferior. También desaparecía, al menos en parte, la histérica preocupación sobre las hazañas sexuales que habían caracterizado la época de posguerra. Sólo de una cosa se podía tener certeza: a los viejos capos ya no les sería tan fácil tender las mismas trampas. Nada se repetiría. El final del tiempo vuelve a menudo sobre sus pasos, pero siempre es para trazar un nuevo canal."

jueves, 23 de julio de 2009

Se venden pistolas con esmeraldas incrustadas confiscadas a narcotraficantes mexicanos




Por John Lyons (Wall Street Journal)

CIUDAD DE MÉXICO—Cuando detienen a un jefe del narcotráfico, ¿qué pasa con sus pistolas con esmeraldas incrustadas?

La respuesta se encuentra en una dependencia poco conocida de la Secretaria de Hacienda y Crédito Público de México que maneja las lujosas mansiones, los todoterrenos blindados y otros activos confiscados en la guerra cada vez más feroz que libra el gobierno mexicano contra los carteles del narcotráfico. La agencia se conoce como el Servicio de Administración y Enajenación de Bienes (SAE).
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"Uno se da cuenta de que las mansiones en películas como Scarface no son exageraciones", afirma Omar Yaffar, de 36 años, un oficial de la agencia. "La realidad puede ser más asombrosa".

Un jueves, hace poco, Yaffar fue a ver una casa que está por pasar a manos de la agencia y que ahora controla la Policía Federal de México. Las autoridades sorprendieron el año pasado a un grupo de traficantes colombianos de drogas mientras festejaban en su chalet que hacía las veces de escondite. Si los acusados son condenados, su guarida probablemente será subastada.

Algunos de los traficantes fueron detenidos en un complejo subterráneo parecido a una cueva donde había un jacuzzi, con imitaciones de estalactitas y una chimenea. Una claraboya permitía que los bañistas vieran los leones y un par de tigres albinos que se paseaban en una jaula instalada en el techo.

Desde el exterior, el supuesto capo de las drogas, Zhenli Ye Gon, mantenía un perfil bajo. Ye, un empresario chino-mexicano que las autoridades estadounidenses y mexicanas han acusado de proveer químicos que se usan para la fabricación de la metanfetamina, vive en una tranquila calle del elegante vecindario de Lomas, en Ciudad de México. Su casa de tres pisos fue construida para que pareciera que tiene sólo dos.

Dentro de su casa, investigadores encontraron US$205 millones en efectivo escondidos en una habitación secreta detrás del espejo de su vestidor. Cuando fue arrestado, acababa de recibir un envío de una vajilla de Versace que hacía juego con su cristalería de Baccarat y sus copas de champagne Lalique. Todo seguía aún en sus cajas.

Ye niega los cargos y los fiscales de EE.UU. han tomado medidas para desechar los cargos en su contra, lo que despejaría el camino para extraditarlo a México, donde enfrentaría cargos similares. Los abogados de Ye afirman que planean oponerse a la extradición.

Sus abogados dicen que están satisfechos con el manejo que el SAE ha hecho de las propiedades de Ye. Sin embargo, están menos contentos con que el gobierno mexicano ya haya gastado los US$205 millones que le confiscaron, tal como permite la ley mexicana.

El comercio global de drogas puede poner a los agentes del SAE ante situaciones diplomáticas complicadas. Cuando una delegación de investigadores chinos interesados en el caso vino a México, Víctor Aznar, un alto funcionario de la dependencia afirmó que hizo todo lo que pudo para evitar que los chinos se quedaran con estatuillas de dragones y otros objetos durante un tour por la casa. "Insistían en que eran pruebas que necesitaban llevarse a China", explica Aznar. Funcionarios de la embajada china en México no devolvieron llamados ni mensajes de e-mail en busca de comentarios.

Agentes del SAE tratan con una asombrosa variedad de bienes, desde aviones Boeing DC-10 usados para transportar drogas, a manadas de ganado que pastaban en las estancias de los traficantes. En julio, cuando funcionarios de aduana descubrieron un cargamento de cocaína escondido en los estómagos de tiburones congelados, los funcionarios llamaron a la policía para que recogiera las drogas. El SAE acudió para ocuparse de los tiburones.

Una mirada dentro de una caja fuerte del SAE es un muestrario de la extravagancia de los narcos: un reloj de pulsera Rolex hecho por encargo con joyas para que parezca piel de leopardo; relojes De La Cour con motivos de calaveras; un par de pistolas con empuñadura de oro y bustos de águila sobre relieve adornados con diamantes y esmeraldas.

Tal vez la conciencia de la proximidad de la muerte hace que muchos traficantes de droga opten por motivos religiosos, como por ejemplo las cadenas con medallones del tamaño de la palma de una mano con la imagen de Judas Tadeo, el patrón de las causas perdidas.

En estas cámaras también se encuentran algunas obras de los artistas más importantes de México, como Diego Rivera y Rufino Tamayo. Tras ser subastadas, las ganancias son repartidas entre la fiscalía, el Ministerio de Salud y el sistema judicial del país. El SAE se considera un modelo de transparencia y eficiencia, según expertos. Las subastas de bienes confiscados se celebran en hoteles de lujo y en Internet.