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martes, 29 de septiembre de 2009

Las leyes y las voces


Por Pablo Alabarces
(Crítica de la Argentina)

Uno se debe a su público: hace dos semanas, los atentos colaboradores de la página web del diario no hicieron otra cosa que recriminarme no tomar posición sobre la Ley de Servicios Audiovisuales, esa que la derecha argentina insiste en llamar “ley de control de medios”. No la había leído aún –son 150 páginas, tampoco es un folletito– y no quería parecerme a la mayoría de los que opinan, incluidos algunos legisladores y buena parte de los medios de comunicación: a todos ellos/as parece haberles faltado un buen tiempo de lectura. O un poco de honestidad intelectual, digamos.

Por mi parte, me dediqué estas semanas a leerla y a seguir el debate. Acuerdo con la ley, un poco más con las modificaciones que le hicieron en Diputados, espero que aún más con alguna modificación en el Senado. No es la mejor ley posible, pero, ¿cuál es la mejor ley posible, en esta Argentina y con el peronismo como gobernante?
[Sigue +/-]

Por lo menos, rompe con los monopolios y con la hiperconcentración, federaliza un poco el espectro, amplía las posibilidades para que aparezcan otras voces, democratiza los órganos de aplicación. En este punto es donde pensaría las modificaciones más radicales: introducir la figura del concurso con supervisión académica, por ejemplo, esos concursos que un tipo como Mariotto jamás ganaría, pero la diputada Giúdici o Julio Bárbaro tampoco.

En este tipo de reformas, los organismos de aplicación, regulación y supervisión son claves: vean si no lo que ocurrió con la inutilidad de los que debían supervisar los servicios públicos. A pesar de muchas debilidades, las universidades públicas siguen siendo un lugar fantástico desde donde ejercer esas supervisiones: propongo pensar con más énfasis su rol como autoridad de aplicación. Quizá de esa manera se podría conseguir algo parecido a un Comfer que sirva para algo: lo que es éste, hay que disolverlo con premura. Para desdicha de los que anuncian el apocalipsis y la censura, el Comfer censor fue el de la presidencia De la Rúa, que en 2001 prohibió la difusión pública de ciertas canciones de cumbia villera. Pasamos del Comfer censor de los radicales al inútil de los peronistas: Tinelli aún espera su condigno castigo.

La clave de la ley es desmontar la hipótesis de que la comunicación y la cultura pueden ser espacios desregulados. Los que saben de esto, los especialistas en economía política de la comunicación, vienen señalando hace años que, en realidad, las políticas de medios de los noventa no desregularon, sino que re-regularon a favor de la concentración y los monopolios, además de incidir de manera desvergonzada a favor de esos mismos actores, por ejemplo, cuando Menem le cedió a Radio 10 la frecuencia de Radio Ciudad. No hay tal desregulación: la economía y la sociedad argentina se regularon a favor de los grupos de poder, con el aplauso entusiasta tanto de peronistas –que siguen aplaudiendo– como de radicales –que hoy se hacen las vírgenes suicidas–. Y lo que se jugaba y juega en estos ámbitos es crucial para el devenir de una comunidad: es nada más y nada menos que los espacios donde se construye y pone en circulación la mayor cantidad de bienes simbólicos. Identidades, memorias, expectativas, deseos –no pienso usar la palabra relato, devaluada por nuestra Presidenta–: y fíjense que los pongo en plural, porque además no se trata de una única versión del asunto, sino de su pluralidad –si el concepto de una identidad nacional me une con Macri, Aguinis, Moyano y Tinelli, prefiero volverme brasileño.

Por supuesto que todo esto no significa entregarse a los cantos de sirena kirchneristas. Como dijo Beatriz Sarlo en La Nación hace dos semanas, el Gobierno se mueve por impulsos y calenturas, fuera de todo plan y de todo programa. Entonces, una buena ley, más justa, no vuelve a este gobierno ni mejor ni más justo. Pero eso no puede llevarnos a criticar una ley porque anuncia una limitación a ciertas libertades: eso es una falacia insostenible, que sin embargo muchos sostienen y más creen. La libertad de expresión es una conquista democrática de quienes la ejercen, y de ninguna manera una concesión de las empresas periodísticas, que suelen trastabillar cuando las voces que reclaman no coinciden con sus intereses económicos desvergonzados. Hace pocos días, cuatro líderes piqueteros debieron recordarle a Tenembaum que si no hubieran cortado las calles, nadie los hubiera invitado a la tele –al cable, no a Telenoche.

Nadie puede afirmar seriamente que esta ley limite posibilidades de expresión. Los límites siguen estando en otro lado: en la economía y en la desigualdad, que tan poco hacemos por reducir. Esta ley se ocupa de ampliar algunas posibilidades para que las voces circulen: pero el problema seguirá siendo quién puede tomar la palabra –que no es lo mismo ni es igual.

lunes, 17 de agosto de 2009

Torneos, Grondona y la democratización del fóbal



Por P. Alabarces
(Crítica de la Argentina)


¿Se acabó el monopolio? ¿Era tan fácil? ¿Bastaba con la decisión política y corajuda de un grupo de dirigentes de la sociedad civil para acabar con dos décadas de concentración multimediática y sobrefacturación espectacular? ¿Era, es realmente tan fácil?
[+/-]
Esta contratapa merece dos visiones que no son contrapuestas, sino complementarias.

Todo lo malo de Torneos. Sencillamente, que TyC desaparezca o se funda sólo puede ser lamentado por las fuentes de trabajo: hay montones de técnicos y administrativos, hay buenos camarógrafos y buenos directores. Periodistas… muy, pero muy poquitos que merezcan una lágrima. Está, claro, el mejor periodista deportivo televisivo de la Argentina, Alejandro Fabbri. Y están todos los que no hacen fútbol, con Bonadeo a la cabeza. Escondidos detrás están los que han hecho de la televisación del fútbol una vergüenza estética y una calamidad ética. Convoquemos, si no, a una marcha de admiradores de Recondo, Palacios, Pagani o Farinella. TyC, además del dato innegable del monopolio, es la responsable del desastre: del adelgazamiento de los lenguajes, de la ignorancia ramplona que estructura las transmisiones, del racismo a veces desenfadado, de la exhibición del narcisismo desaforado de los hinchas vuelto horizonte del pensamiento. TyC cambió las gramáticas de la transmisión deportiva, pero eso no significó sólo belleza: significó grosería, machismo, homofobia, sexismo, convencionalismos; transformó a jugadores, técnicos y árbitros en estrellitas televisivas más preocupadas por el primer plano –porque todos sabían que la cámara los buscaba, les metía la lente en el primer molar izquierdo– que por el juego. TyC es la responsable directa del tribunerismo de los jugadores; es la culpable de tanto “a ganar o a morir” que desbordó los lenguajes, los exasperó hasta la violencia. TyC, junto con Olé (otra perla del monopolio), transformó a los periodistas en hinchas, achatando sus lenguajes, haciéndolos jactarse de sus pasiones –y los periodistas estaban siempre para otra cosa, según enseñaban las viejas y buenas tradiciones del oficio.

Y además, como buen monopolio, TyC censuró, reprimió, persiguió. Echó a periodistas por disentir, silenció voces. La mía, por ejemplo. Otra muestra: ese tal Bombau, ese genio de las finanzas que corrió a pedir auxilio a la embajada norteamericana, el miércoles a la noche citó “al periodista Gustavo Grabia”, que había publicado un año atrás un reportaje a Grondona en Olé; pero no dijo que antes de eso lo habían echado de TyC por, justamente, criticar a Grondona.

¿Todo lo bueno de la AFA? Pero resulta que enfrente están la AFA y el Gobierno, que siempre lúcido, atento, con una dirección ideológica claramente socialista, se arroja en los brazos de Julio Grondona para hacerle daño a Clarín… No, discúlpenme. Separemos pajas y trigos. La intervención del Estado –no del Gobierno– en la política comunicacional y cultural es un reclamo básico por el que muchos venimos peleando hace años. Que un sistema nacional de medios públicos capture el fútbol es coherente con una política extendida que se haga cargo de aquello que debe ser protegido, revalorizado, expandido, como un proceso de afirmaciones culturales coherentes y convincentes. Esa política no existe. Por un lado: eso permitiría la gratuidad real –por ahora, nadie habla de salirse del cable–, por ejemplo con la satelitización masiva y gratuita. Frente a esto, a la oposición, que radicaliza su conservadurismo, lo único que se le ocurre son dos argumentos: el primero, que es un contrato entre privados –lo que supone que no quieren ninguna regulación, que los patrones pueden explotar tranquilos a sus empleados porque son todos privados–. El segundo, el sambenito de la pobreza, como si un contrato televisivo –además, inevitablemente muy rentable– fuera más responsable de ella que las políticas neoliberales de los últimos treinta y cuatro años, ejecutadas por… esa misma oposición –y ese mismo oficialismo–.

No: una vez más, su ignorancia no les permite leer con claridad. Lo crítico de esta cuestión son otros dos problemas: uno, por la ausencia de dirección y coherencia en política comunicacional y cultural, lo primero que se les ocurre es convocar a Marcelo Araujo… es decir, uno de los principales responsables de las barrabasadas éticas y estéticas de las que hablaba antes. El segundo y principal: ¿con Grondona? ¿Con estos dirigentes? ¿Con los propios cómplices del estado de cosas que hemos denunciado? ¿Con Meiszner, el tipo que sostuvo que los muertos por la violencia futbolística lo eran por causas naturales? Perdón: si la vamos a hacer bien… ¿no es el momento exacto para intervenir la AFA? ¿Democratizar (como dice Kirchner) el fútbol? ¿Vamos a democratizar algo con Grondona? ¿Justo con Grondona?