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miércoles, 31 de marzo de 2010

Una casa dividida



Por M. Á. Bastenier (El País, Madrid)

¿Qué hace falta para que el presidente Barack Obama pase de afirmar que está muy molesto con Israel a estarlo de verdad? Y eso que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, no para de dar facilidades. Hace dos semanas acogía al vicepresidente norteamericano, Joseph Biden, en Jerusalén con el anuncio de la construcción de 1.600 nuevas viviendas en la parte árabe de la ciudad, y la pasada, un desplante parecido coincidía con la reunión de ambos líderes en Washington. Inflando Palestina de colonos, Netanyahu no sólo ridiculiza la exigencia de Obama de que cese la judaización de los territorios ocupados, sino que viola 21 resoluciones de Naciones Unidas que prohíben la alteración de la contextura política, física y demográfica de la Ciudad Santa y reclaman la retirada israelí de todo lo conquistado en 1967.

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El 4 de junio de 2009 el presidente estadounidense en un discurso-proclama en El Cairo demostró lo poco informado que estaba sobre la naturaleza profunda de las relaciones de su país con Israel, al prometer al mundo árabe y palestino un new deal, un volver a empezar; y, aunque reafirmaba toda suerte de garantías de seguridad al Estado sionista, lo que parecía que estaba anunciando era el fin de la bula de Jerusalén en Washington. Unos meses, varios desaires, y la publicación del Informe Goldstone que acusa a Israel de crímenes de guerra en Gaza más tarde, un Obama muy diferente le decía el 21 de enero a la revista Time que el conflicto era el "más intratable" que había conocido y con candor poco común que "había subestimado nuestra capacidad de convencer a Israel para que cambiara de política". Era la cola la que movía al perro. El gran especialista británico Patrick Seale escribe hoy que "las espadas están en alto" entre dos dirigentes que "se detestan".
Obama veía en enero muy cuesta arriba la aprobación del proyecto de ley de Seguridad Social y no conseguía atraerse a China y Rusia para la adopción de sanciones contra el programa nuclear iraní. El plan de cobertura sanitaria se convertía, sin embargo, hace unos días en ley y se firmaba con Rusia un nuevo tratado de limitación de armas atómicas, al tiempo que Moscú se mostraba más comprensivo en la cuestión iraní. El presidente recobraba cierta libertad para ocuparse de Netanyahu.
Después de que Eisenhower obligara a Israel a retirarse del Sinaí en marzo de 1957, no se ha producido ninguna presión insoportable de Washington sobre Jerusalén en relación con el conflicto de Oriente Próximo. Es cierto que Bush padre retuvo un préstamo de 10.000 millones de dólares hasta que el primer ministro israelí Isaac Shamir se avino rezongando a participar en lo que sería la conferencia de Madrid de octubre de 1990, pero el ultraderechista se habría ahorrado ese mal trago si hubiera anticipado las inmensas posibilidades de seguir ganando o perdiendo tiempo -que es exactamente lo mismo- en unas negociaciones directas con los palestinos, como viene ocurriendo desde 1993.
La idea de dos Estados, judío y árabe, codo con codo, está aceptada por las partes, pero con contenidos incompatibles. Para la Autoridad Palestina hay que aplicar las resoluciones de la ONU -retirada con ajustes territoriales menores- mientras que todos los Gobiernos de Israel sin excepción alguna exigen tales limitaciones de territorio y soberanía que vacían ese Estado de sentido. Y Hamás, aunque no ha aceptado formalmente el plan de la ONU, ha puesto fin a la guerra del terror y su jefe de Gobierno en Gaza, Ismail Haniya, ha dicho que aceptaría negociaciones directas con Jerusalén bajo los auspicios de Obama.
Sólo una intervención externa, que únicamente cabe a Estados Unidos, puede persuadir a las partes de que negocien en serio. Y eso parece hoy extraordinariamente difícil de conseguir con Netanyahu, que ha ido demasiado lejos en su desafío al presidente norteamericano, por lo que las mejores expectativas de Washington apuntarían a un cambio de Gobierno. A la espera de su oportunidad está el partido Kadima, que dirige Tzipi Livni, o la formación de un Gobierno de unión nacional. Pero, una vez iniciadas las negociaciones, no habría razón para creer que Israel fuera a acatar las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de la ONU, ni de que Hamás quisiera difuminarse en una delegación nacional con la Autoridad Palestina. Sólo una presión extrema de Washington, infinitamente más decisiva que la de Bush II en 1990, puede encarrilar las negociaciones. Y cuesta creer que eso vaya a ocurrir.

miércoles, 10 de febrero de 2010

La década que cambió el mundo



Por M. Á. Bastenier (El País, Madrid)

Estados Unidos y China están condenados a no entenderse. El problema es de simple y desnudo poder. Estados Unidos ha iniciado ya el regreso de su destino como mayor superpotencia del siglo XX, al tiempo que China inicia su ascensión.

La National Intelligence Unit de la CIA publicó en noviembre de 2008 el documento Tendencias globales para 2025, que prevé la disolución en cámara lenta de la hegemonía norteamericana. El informe no duda de que para esa fecha Washington siga siendo en términos de capacidad de destrucción la primera potencia del planeta, pero un grupo de países emergentes -India, Brasil- o resurgentes -Rusia- encabezados por China mitigará su poder de coerción. Y en 2010 ese horizonte parece mucho más cercano que en 2008. El PIB chino, de algo más de dos billones de euros, se habrá más que doblado en la próxima década, por debajo únicamente del estadounidense, pero superior al de África, Latinoamérica y Oriente Próximo agregados, según el Departamento de Energía de EE UU. El PIB de Estados Unidos, que en 2005, con 8,5 billones de euros, era mayor que el de toda Asia, África y Latinoamérica, será en 2020 un 40% menor que el de esos tres continentes.

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El comportamiento de China refleja ya semejantes augurios. Si en los Juegos de 2008 Pekín escenificó una première mundial tipo fantasía futurista, ha sido en la cumbre del clima en Copenhague, en diciembre pasado, donde se ha mostrado con el grado de displicencia que corresponde a un superpoder. No solamente resistió todas las presiones de Washington para que asfixiara sus emisiones de dióxido de carbono, sino que se permitió despachar a funcionarios de nivel medio para negociar con el equipo de Obama. Igualmente, unas semanas antes las autoridades chinas habían negado al presidente estadounidense acceso directo a los medios de comunicación nacionales, y el presidente Hu Jintao no cedió en su intolerancia contra cualquiera que osara recibir al Dalai Lama, el monje rapado que recorre el mundo para promover la independencia / autonomía del Tíbet. Obama sabe lo poco que le va a gustar a China que lo agasaje próximamente en Washington, como tampoco el arsenal que le va a vender a Taiwan, cuando Pekín lo que necesita es quietud absoluta para que funcione su plan de reintegración de la isla por la vía indolora de la unificación económica.

La gran plataforma de disentimiento la constituye, con todo, Irán y su pesquisa del poder nuclear. China cuenta con importar petróleo iraní a través de gasoductos que surquen Asia central, negándole a Washington el poder naval de interdicción que posee sobre las rutas marítimas. Y exporta gasolina a Teherán, que tiene mucho crudo pero poca capacidad de refino, en sustitución de la que le vendían India y Reino Unido, que han reducido sus envíos en previsión de sanciones de la ONU. Pekín ha invertido más de 80.000 millones de euros en la industria energética iraní, de los que 5.000 millones son para modernización de refinerías. Si China no aplicara las sanciones internacionales, éstas serían totalmente irrelevantes. El gasto chino en armamento, todavía muy lejos de los casi 450.000 millones de Estados Unidos en 2008, ya es, sin embargo, el segundo del mundo, con 60.000 millones de euros. Y aunque a medio plazo a Pekín le interesa sajar el absceso de Al Qaeda, que encuentra en la etnia uigur caldo de cultivo para el terrorismo, no va a llorar por las dificultades que experimente Washington en sus guerras de Oriente Próximo y Asia central.

China tiene tres grandes objetivos para el siglo. 1. Mantener el poder en manos del Partido Comunista, que ha recibido desde el año 2000 12 millones de nuevos miembros para aumentar su capilaridad entre la población. 2. Preservar un altísimo crecimiento, que legitima a la cúpula gobernante ante la opinión y le ha permitido sustituir a Estados Unidos como motor contra la crisis, inyectando miles de millones en su economía, así como convertido en inversor y donante favorito, en particular para América Latina y África. 3. Y como corolario de todo lo anterior, restablecer el imperio del centro en su histórica grandeza.

Notables son también las realidades que aconsejan a ambas potencias mantener el statu quo: desde 2000 su comercio bilateral casi se ha cuadruplicado. Por todo ello, éste no es el fin de Estados Unidos, ni un anuncio de guerra, sino el comienzo de una nueva geometría. Las grandes potencias nunca juegan en el mismo equipo.