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sábado, 29 de agosto de 2009

"Elflagelodeladroga"



Por Osvaldo Bazán
(Crítica de la Argentina)


Casi no conozco a ningún adulto de menos de 55 años en las clases medias urbanas argentinas que no haya visto/tocado/fumado un porro alguna vez o que no fume regularmente, o que no esté en contacto con gente que haya visto/ tocado/fumado un porro alguna vez o que no fume regularmente.
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Casi no conozco, dentro de toda esa gente, alguien que tenga un problema de adicción. Está claro que eso no quiere decir nada más que hay mucha gente en las clases medias urbanas argentinas que fuma un porro y no se vuelve adicta. Es probable que ocurra en otros grupos sociales, no los conozco y quiero hablar sólo de lo que veo porque quiero poder dar fe de todo lo que digo. Esa gente que conozco cuando tiene ganas fuma otro y cuando no puede, no fuma y listo. No los hace mejores ni peores, no los cambia, no salen a robar ancianas ni pasean desnudos por las calles. Ni siquiera hacen ring raje. Sólo que estamos en nuestras casas, a veces fumamos un porro y después nos vamos a dormir. Quizás no a todos les pase lo mismo. Quizás haya gente que no pueda resistirse y una vez que encendió el primero sigue con otra cosa. No sé. Lo que sé es que casi no conozco a ningún adulto de menos de 55 años en las clases medias urbanas argentinas que no haya visto/tocado/ fumado un porro alguna vez o que no fume regularmente, o que no esté en contacto con gente que haya visto/tocado/ fumado un porro alguna vez o que no fume regularmente. Casi no conozco, dentro de toda esa gente, alguien que tenga un problema de adicción.

Eso es lo que conozco.

No conozco nadie que hiciera esa seguidilla marihuana, cocaína, heroína, asesino serial que tanto les gusta contar a los noticieros de América TV (eso debe ser droga dura, hacerse adicto al racismo berreta y la denuncia prejuiciosa y menor de los noticieros de América, necesitar como del aire ver cómo se le va la vida a Facundo Pastor corriendo detrás de un peruano borracho o de un vendedor ambulante de CD truchos, inyectarse la verba inflamada de Rolando Graña denostando a dos adolescentes perdidos en la previa). Me llama la atención que siendo como somos mayoría en los medios de comunicación, nosotros, los biempensantes de clase media de las ciudades argentinas, siempre hablásemos del tema “marihuana” como si nos fuera ajeno. Como si no fuera cierto que fumamos porros o conocemos gente que fuma porros, que tiene plantas, que sabe qué hacer cuando quiere fumar, que ni se mosquea ni nada cuando en una fiesta alguien pasa un faso y unos dicen sí y otros dicen no y eso no marca ninguna diferencia.

Todos nosotros somos así. Pero cuando estamos en función periodística esta verdad que vivimos todos los días no aparece, queda tapada bajo el concepto “elflagelodeladroga”. Es como si unos entes llegados de Marte largasen humo por las orejas y nosotros nunca hubiéramos tenido un encuentro del tercer tipo.

Bueno, es mentira.

Es hipocresía.

Los periodistas fumamos porros o conocemos gente que fuma porros. Está bien, quizás Pablo Duggan no, ¿pero quién quiere ser Pablo Duggan?

Elflagelodeladroga fue el corset. No escribi- mos “droga” sin anteponer “fla- gelo”. Es un concepto monogá- mico. Droga = Flagelo. Y nada más. Y no explicamos de qué hablamos cuando hablamos de flagelo, de qué hablamos cuando hablamos de droga. Así elflagelodeladroga permitió narcotraficantes florecientes, madres con dolor, hijos perdidos, porreros presos, coima institucionalizada, ignorancia que como toda ignorancia es prejuiciosa, crecimiento exponencial del peor consumo, consumo de desechos, desconocimiento científico, y plata, plata, plata, mucha plata. No hablar fue la solución que una sociedad, que no quiere ocuparse de sus problemas, encontró. Castigar al usuario y al adicto –que, al menos para mí y por la experiencia cotidiana, no son lo mismo– resultó un gran negocio para los narcotraficantes y los poderes asociados. Las instituciones, las fuerzas vivas detectaron un problema y se largaron a hacer lo que mejor saben hacer cuando hay un problema: un negocio. Las fuerzas vivas son vivas.

Cada vez me entero de más adultos de clase media urbana instruidos que cultivan sus propias plantas de marihuana para no depender de vendedores ni entrar en negocios repugnantes. Simplemente, tienen una planta, la cuidan y, sin ningún agregado químico, se la fuman. Pueden vivir sin marihuana. Se la fuman cuando tienen y cuando no, no. Las cosechas son para consumo mínimo. A ninguno de ellos jamás se les ocurriría vender su producto porque no podrían cultivar lo suficiente y, fundamentalmente, no es ésa la relación que tienen con su plantita chiquitita: “Mi I love you”, como cantan alegres los Karamelo Santo.

Han realizado demasiado bien su trabajo los poderes terrenales –la religión, la ciencia, el Estado– para que los principales placeres nos den las mayores vergüenzas. Co- mo bien cantaba el gran Roberto Carlos, las cosas que nos gustan son ilegales, inmo- rales o engordan. Siempre me llamó la atención el empeño que pusieron en hacernos avergonzar de aquello que nos da placer. A los chicos no les dejamos ver escenas sexuales porque no están preparados para recibir esa información. Se puede estar de acuerdo. A los chicos les dejamos ver cientos, miles de escenas violentas porque parece que para eso sí están preparados. Chicos: sangre sí, sexo no, les decimos y todos tan contentos.

Seguramente fumar un porro no es lo más sano que podemos hacer. Pero, ¿por qué estaríamos obligados todo el tiempo a hacer con nosotros lo más sano que se pueda hacer? ¿Cuánto de sano es esa porción chorreante de muzarela? ¿Y la costumbre de no dormir la siesta? ¿Y las cuatro cucharadas de azúcar en el café? ¿Y el café? De acuerdo, tenemos una costumbre que no es de las más sanas ¿Y? ¿Quién tiene derecho a meterse con eso? ¿Hay algo más sano espiritualmente que hacer del cuerpo y la vida propia el mapa de experiencias deseadas, mientras no se ofenda ni moleste a terceros?

¿Por qué el Estado se ocupa de lo que yo hago con mi salud y no se ocupa de las condiciones generales de salud que debe ofrecer a los ciudadanos?

En todo caso, ¿es sano que el Estado –y las empresas– ofrezca trabajo en negro y sueldos de miseria? ¿Y cuánto tiene de sana la cloaca al aire libre del Riachuelo? ¿Y qué celo pone el Estado en esos hospitales que son cartón pintado para el día de la inauguración? ¿Y los desmontes, la sojización tan denostada pero tan poco combatida, los agroquímicos que nadie controla y están envenenando tierra, aire y agua? ¿Y el país cada vez más desierto? ¿Y las mineras al aire libre? ¿Y el veto a la Ley de Glaciares? En esos temas, ¿no importa mi salud? ¿Y las chicas que mueren desangradas por los abortos clandestinos? La lista de descuido del Estado a través del tiempo sobre la salud de sus ciudadanos es enorme. Sin embargo, que ni podamos hablar sobre las sustancias arbitrariamente ilegalizadas es un eje estatal que lleva más de cien años. ¿Cómo todavía intentan que crea que se ocupan de mi salud?

Nosotros, los biempensantes clase media de las ciudades argentinas, estamos contentos con el fallo de la Corte. Se regula para el lado que nos interesa, para el lado de las libertades públicas, para el lado de la intimidad y de que no venga el Estado a meterse en mi cómoda sobremesa.

Pero nuestra confortable burbuja urbana se derrite cuando enfrenta el callejón de la desesperación sin salida del paco; a la adicción que cambia neuronas por agujeros de gruyère; al dolor sin límites del que se desmorona porque arriba no ve nada. ¿Nos matan las adicciones, no las drogas? ¿Qué es más enfermante: el consumo de porros o diez horas diarias de fútbol por tevé o veinte años de ShowMatch?

El silencio obligatorio nunca fue salud. El fallo de la Corte propone soluciones para los consumidores no adictos y empuja a los otros dos poderes del Estado a hacer algo con los que más sufren. Se comienza, por fin, a despegar el pegote elflagelodeladroga. Hablemos. Es la única manera de que las palabras tengan valor.

sábado, 25 de julio de 2009

Un gurú de 15 años

Por Osvaldo Bazán (Crítica de la Argentina)

Para festejar sus 75 años, mi mamá se compró un teléfono celular. El primer mensaje de texto que recibí al mediodía fue: “Osvaldo, me compré un telefonito. No lo sé usar”. El segundo, horas más tarde: “No me sale”. A la madrugada recibí el tercero: “Nunca lo voy a poder usar”. Ya de mañana el mensaje fue: “Me quieren enseñar pero nunca voy a poder usarlo”. Desde ese momento empecé a recibir demasiado regularmente sus mensajes. Siempre repetidos. Por las dudas. Envía cada mensaje dos veces, desde hace tres meses. Ya le expliqué que va a pagar el doble. Está empezando a mandar una sola vez cada mensaje. Incluso cuando no tiene crédito.

Lo que mamá no sabe es que comparte sus inseguridades con los analistas financieros de la Morgan Stanley. Que el mapa de angustias de la época iguala a un yuppie high tech neoyorquino con una señora de un pueblito de la pampa santafesina. Que a mí me pasa lo mismo que a usted.
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Uno ya sabe que las grandes corporaciones tienen no sólo los pies de barro. Hoy un Lehman Brothers, mañana una traición. Pero lo que no sabía era que el nivel de desorientación haya llegado a tal punto que uno de los principales asesores de los financistas más influyentes del mundo es un chico de quince años que consiguió su trabajo hace tres meses, mientras paseaba su perro junto a su mamá, en el parque de Greenwich, en las afueras de Londres. Por ahí se encontraron Matthew Robson, un adolescente con una cara de nerd que se cae, y su mamá, doña Sheila, con Patrick Wellington, un analista financiero de Morgan Stanley, que también estaba paseando su perro. Los pichichos empezaron peleando y terminaron haciéndose amigos, y ahí los dueños comenzaron a charlar. Doña Sheila sacó lo que parecía ser su tema recurrente: “¿Qué hace el Matthew en el verano? ¿No tendría una changa, don Morgan Stanley?”. Y sí, había una changa. La changa más importante de los últimos años.

Matthew se convirtió en el tema de conversación obligado en Wall Street, Tokio, Londres y en cualquier otro lugar de esos en los que se decide sobre el dinero del mundo. Le pidieron al pibe de anteojos de estereotipo que hiciera un informe sobre consumo de adolescentes. Querían saber lo que no querían saber: “Cómo consumen medios los adolescentes”, era el título de lo que Matthew tenía que contarles a los genios de las finanzas. No hace falta poner comillas en genios, ya se entiende, ¿no?. Tardó un día el chico, según le contó la semana pasada al Times de Londres, para escribir sus conclusiones que terminaron apareciendo en el vaya uno a saber por qué prestigioso Financial Times. Lo verdaderamente revelador es por qué los genios de las finanzas mundiales no podían ver lo que un pibe en su habitación juvenil de una ciudad cualquiera sí podía. En primer lugar, Matthew y sus amigos –adolescentes del primer mundo y, a través de la industria cultural occidental, dueños de un estilo de vida que se ven compelidos a aspirar centenares de millones de chicos en todo el mundo, Argentina incluida– viven en una promiscuidad mediática que a los mayores se nos escapa.

Mayor de 50, ¿qué son medios de comunicación?: “Caminos, ríos navegables, rutas aéreas”.

Mayor de 40, ¿qué son medios de comunicación?: “Radio, diarios, tevé”.

Mayor de 30, ¿qué son medios de comunicación?: “internet, blogs”.

Mayor de 20, ¿qué son medios de comunicación?: “Fotolog, Twitter”.

Mayor de 10, ¿qué son medios de comunicación?: una estimulante confusión de lugares en donde la PC es la radio; la consola de juegos, un teléfono; el celular, un equipo de música y centro de mensajes de texto, con agenda incluida y las películas son siempre piratas.

Sentado en su casa de Greenwich, el inglesito chatea –como millones de personas en el planeta– con unos doscientos chicos por día, de la ciudad, del país, o del mundo. Esas charlas, lo que dicen, lo que les interesa, es lo que la banca Morgan Stanley ha comprado para entenderlos y entender el consumo del mundo que se viene. Lo que el quinceañero hizo fue, simplemente, traducir la jerga adolescente a un idioma comprensible para los financistas.

Nada de lo que escribió es tan magistral como para que haya revolucionado el mundo de las finanzas tal como lo hizo.

Según Matthew Robson, el nuevo gurú de 15 años, la gran mayoría de adolescentes occidentales hoy:

No escuchan radio FM y ni saben lo que es la radio AM. Simplemente, programan por internet sus propias emisoras con las listas de discos que ofrecen algunos DJ elegidos, a los que siguen devotamente. Si alguien no se los recomienda, no lo escuchan. La emisora digital Last.fm parece ser el reservorio mundial de música y no hay más. Ni se les ocurre que haya que pagar por música. Así, sencillamente, no pagan por música. La mayoría no ha comprado jamás un CD. Los más pudientes tienen iPod; los menos, celular. No leen diarios. Se preguntan para qué tanta información sobre cosas que la web da en dos líneas. Tampoco les interesan esas dos líneas. Usan Facebook pero no Twitter, porque lo ven como algo para viejos. Disfrutan de publicidades pero no en internet; les molestan hasta los colores de los banners. No las clickean. Dejan de ir al cine cuando tienen edad para pagar entrada completa pero consumen películas: compran DVD truchos al mismo tiempo que se estrenan, o se los bajan de la red. La adolescencia sigue siendo el tiempo en el que no hay una moneda y hay que rebuscárselas como sea; la diferencia es que hoy internet facilita la llegada a ciertos bienes culturales. En países como el nuestro el tema es cómo llegar a internet.

Ahora bien, cualquiera de estos comportamientos podía ser advertido por cualquier yuppie de Morgan con sólo volver un rato antes a casa y ver en qué andaban sus hijos y los amigos de sus hijos. ¿Por qué no lo vieron? Porque el yuppie de Morgan y mi mamá comparten el mismo miedo: que la tecnología les pase por arriba. Que el mundo se vuelva un lugar tan extraño que todo se les vaya de las manos.

Algo está armándose en lugares virtuales. Algo se quebró. Se está quebrando.

Pero como usuarios de maneras de estar en el mundo fechadas en la segunda mitad del siglo XX, negamos lo evidente; como si fuésemos un paciente al que le avisan que tiene una enfermedad grave y se niega a verlo, y así empeora el diagnóstico. No pensamos que las tecnologías ganan. Pensamos que nos ganan. Tenemos miedo de que nos destruyan nuestra cómoda quintita, lo que fueron nuestras maneras de relacionarnos en estos últimos cincuenta años. Quizá sea por eso que los cambios nos provocan angustia. Porque los pensamos enemigos. Quizá por eso Matthew y sus amigos online puedan nombrar lo que para nosotros es innombrable: el cambio ya cambió.

Un mundo donde la televisión ya no está en el centro del comedor diario, donde cada uno lleva un dispositivo para ser localizado a cada instante y donde los creadores deberán buscar nuevas formas para poder vivir, porque nadie quiere pagar por creaciones artísticas; no es el futuro, es ahora. Suena Perogrullo, pero lo dijo un chico de 15 años y los cerebros financieros del planeta abrieron sus bocazas para decir “¡oh!” y se tragaron la mosca del orgullo.

La buena noticia es que, aunque mi mamá no lo sabía, estaba capacitada para enviar mensajes de texto. Era sólo cuestión de esquivarle a la angustia.

PD: Es cierto que es molesto pensar y escribir esto cuando ahí nomás en la vereda la gente se muere de frío y de hambre. Quizá lo interesante sea ver qué relación hay entre una cosa y la otra. ¿O habrá que contratar a un chico de la calle para que, como Matthew, nos abra lo ojos sobre lo que no queremos ver?

viernes, 26 de junio de 2009

Chau, Cascioli

Por O. Bazán (Crítica de la Argentina)

Uno se siente un sonso en momentos así, cuando debería haber agradecido tanto antes. Dos veces nada más vi personalmente a Andrés Cascioli y no se me ocurrió decirle “gracias”. Soy de aquellos que entendió la vida como Humor Registrado la mostró. Me quedaron de aquellas años de lecturas asombradas en el colegio secundario, cierta noción de ética periodística, cierto “de eso se habla”, cierta intención del cuidado del lenguaje, de la apertura de cabeza, de rebeldía, aunque suene ingenuo. Desde Soriano a Cortázar, los conocí por Humor. Supe que era cierto, que quería ser periodista, leyendo a Paredero, a Wargon, a Santiago Varela, a Gloria Guerrero. No sé si está suficientemente escrita aquella época de los peores años de la dictadura. Un grupo tan maravilloso de gente inteligente, divertida, arriesgada. Y la terrible envidia de lo que debe haber sido trabajar en Editorial La Urraca. Nunca pude explicar a quienes no lo vivieron lo que significaba la llegada quincenal de Humor a mi pueblo. Y la emoción de aquella mañana que me llegó en sobre sin identificación, el número prohibido, el de Nicolaides en patineta (cuando lo prohibieron mandé una carta como lector triste y, en un gesto increíble, me la mandaron desde Buenos Aires por correo). Y después, con la multiplicación de las revistas de la editorial supe que había alguien que estaba ayudándome en el descubrimiento del mundo, alcanzándome un mapa de los sitios que era bueno visitar. Pasá por acá, la historieta te espera en Fierro. Vení, ¿querés saber algo de ciencia ficción? Está Péndulo (desde Ballard a Capanna, las notas de Elvio Gandolfo descubriéndome a Stephen King, un cuento inédito de Tolkien). Ey, el rock tiene cosas para decir, hablemos de culturas juveniles, ¡Hurra! (¿cómo podrán los jóvenes de hoy ser jóvenes si no tienen una revista como Hurra?). Fijate, el país y el mundo se pueden ver así, decía El Periodista. Y la picardía de Superhumor y la ternura de Humi. Esos senderos luminosos de nuestra educación sentimental no hubieran existido, o serían claramente diferentes, de no haber existido Editorial La Urraca.

¿Cómo habrá sido toda esa gente junta, cuando afuera pasaba lo que pasaba? ¿Cómo fue que Cascioli los juntó y les dijo “vamos para allá”? Y que fueran. Alan Pauls, Grondona White, Ceo, Viuti. ¿Cuánto daríamos, periodistas de siempre, por vivir una experiencia así? Desparpajo y compromiso, gracia y seriedad, todo junto. Y por sobre todo, el nombre de Andrés Cascioli, que los juntó y les dijo “vamos para allá”. Es tarde, pero quiero decirte gracias.