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miércoles, 5 de mayo de 2010

¡Al diablo los inmigrantes!


Por Raymundo Riva Palacio (El País, Madrid)

Arizona nos llena hoy la boca de horror y galvaniza nuestros peores presentimientos sobre un país que no ha logrado superar sus traumas desde la Guerra Civil. Pero Arizona no es un síntoma de lo que está sucediendo en Estados Unidos, ni de las contradicciones en su sociedad o de su polarización. Subraya sí, una tendencia de años en contra del multiculturalismo, al cual han atacado desde liberales como Arthur Schlesinger Jr. -quien fuera muy cercano al presidente John F. Kennedy-, hasta un halcón de la política como Samuel Huntington, y muestra también una derechización ideológica que a muchos está preocupando.

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Si Sarah Palin, la ex gobernadora de Alaska y ex candidata a la vicepresidencia es ahora una de las figuras emergentes más populares entre los republicanos, si hay un movimiento tan beligerante como conservador denominado el Tea Party, con el cual se reconocen dos de cada 10 estadounidenses, que está organizando protestas contra el gobierno en todo el país, y si al propio Barack Obama, que nació y creció en el universo multicultural de Hawai lo señalan de haber nacido en Kenia, sugiriendo que su Presidencia es inconstitucional, ¿qué pueden esperar las personas de piel cobriza y ojos oscuros, sin gran estatura ni fortachones, católicos y no protestantes que se sienten agredidos por la ley antiinmigrantes en Arizona?
El alegato contra el multiculturalismo es que la inmigración a Estados Unidos afecta al tejido social y la vida del estadounidense común y corriente. Los inmigrantes, continúa la argumentación, no comparten los valores tradicionales estadounidenses y prefieren seguir fieles a sus viejas culturas, sin querer asimilarse a aquella en donde ahora viven. Esta nación, fundada por inmigrantes, repele hoy a los inmigrantes cuando estos no encuadran en el estereotipo de los peregrinos que edificaron el primer asentamiento de la colonia en Plymouth ni llevan en los genes el significado del Día de Gracias.
La nueva ley antiinmigrante en Arizona ha sido descrita como la más regresiva en Estados Unidos, y se combatirá en las cortes, que tendrán mucho trabajo. Arizona fue el primero de una decena de estados que quieren leyes similares en contra de inmigrantes, y que están respaldados por una creciente ola de opinión pública que sí quieren la mano dura contra quienes se encuentren sin documentos en Estados Unidos. Cierto, tiene más apoyo en Estados Unidos de los que muchos les gusta admitir.
Según el reconocido Rasmussen Report, el 60% de los estadounidenses aprueban la ley que recién firmó la gobernadora Jan Brewer, contra el 31 por ciento de oposición. El 44%, en reflejo de uno de los argumentos más fuertemente esgrimidos contra la inmigración, asegura que será bueno para la economía, y que los inmigrantes dejarán de robar empleos para los estadounidenses o los inmigrantes con documentos. Esta justificación es tramposa y esconde el fondo del fenómeno.
Hace algunos años, el ex presidente mexicano Vicente Fox, en una simplificación del debate, dijo que los mexicanos hacían trabajos en Estados Unidos que ni los negros querían hacer. En casos reales, no hay mejores trabajadores que los oaxaqueños en la pizca de la fresa en el sur de California, por su baja estatura que les permite ser muy rápidos. Tampoco hay más eficientes y veloces en limpieza de edificios que los mexicanos, a quienes llueven contratos a lo largo de la costa este de Estados Unidos.
Los mexicanos han ido ocupando gradualmente en las dos últimas décadas cada plaza de trabajo en industrias que antes estaban copadas por los negros. Producen tabaco en Carolina del Norte y empacan pollos en Alabama y Tennessee. Han abierto restaurantes en el corredor industrial y agrícola en los estados que colindan en la parte central del país con Canadá, y prácticamente monopolizan el trabajo en servicios en ciudades como Las Vegas. Muchos de ellos son indocumentados.
Cuando el huracán Katrina devastó Nueva Orleans, fueron los mexicanos quienes llegaron a hacer los trabajos de limpieza y las primeras obras de reparación, como sucedió en 1996, cuando al no verse cómo se concluirían las instalaciones deportivas en tiempo para la inauguración de los Juegos Olímpicos en Atlanta, las autoridades migratorias cerraron los ojos para que entraran mexicanos, sin documentos, a salvarles la fiesta.
El equipo de futbol más popular en Estados Unidos es México, según reportó esta semana The Wall Street Journal. Por eso se ha vuelto un éxito de taquilla: 90,000 espectadores en el Tazón de las Rosas en Pasadena, California, contra Nueva Zelanda, 63,000 en Carolina del Norte contra Islandia, y próximamente se esperan otros 80,000 en el juego contra Ecuador en Meadowlands, Nueva Jersey, cerca de la ciudad de Nueva York, donde nadie podría pensar, por los gritos y la algarabía, que se juega en un país que no es México. El seleccionado local, en comparación, no logra meter más del 50% de esa taquilla.
El tema de fondo en la discusión que atañe a México no es el económico o el proceso de integración que están siguiendo los mexicanos en Estados Unidos, sino el de la discriminación y el racismo. Pero este fenómeno, que galopa libremente por esa nación ante la preocupación e impotencia de muchos, no es sino uno más de los componentes ideológicos que se están sucediendo aceleradamente en esa nación, y que muestran una radicalización ideológica hacia la derecha en campo abierto y con más adeptos cada vez.
Su voz más beligerante es la cadena Fox, cuyos noticieros en los sistemas de cable tienen más audiencia que los noticieros combinados de CNN, MSNBC y CNBC. Sus conductores, en los programas hablados, caracterizados por la virulencia y tonos inflamatorios de sus palabras, arrasan a sus competidores. Glenn Beck, antiinmigrante de cepa, tiene casi 600 mil más televidentes que Larry King y Anderson Cooper juntos. Ambos, combinados, apenas si empatan el rating de Bill O'Reilly, otro extremista del micrófono.
No es gratuito que la televisión más ideológica, la que rebasa los parámetros del conservadurismo y está totalmente despreocupada por los equilibrios y la ponderación, sea la más vista en Estados Unidos. Para allá está caminando esa nación, que se ha quitado el pudor y la vergüenza de que se le tilde de derechosa. "No culpen a Arizona", escribió este domingo en The New York Times el columnista Frank Rich. "El estado del Gran Cañón solamente estuvo en el lugar correcto en el momento preciso para inclinarse hacia el lado oscuro. Su histeria es otro síntoma de un virus político que no puede ponerse en cuarentena y cuya cura es aún desconocida".
Lo que dice es que las cosas se pondrán peor. Hoy mandan al diablo a los inmigrantes, pero esa enfermedad avanzará por encima de ellos y sobre cosas aún inimaginables.

miércoles, 10 de marzo de 2010

A matar al mensajero


Por Raymundo Riva Palacio, director de Eje Central (El País, Madrid)

Trabajar como periodista en México puede ser una cosa de vida o muerte. Sobretodo si se vive y labora en las zonas más calientes en el país, donde los cárteles de la droga han sentado sus imperios. En esas regiones la autoridad no importa, pues mandan los criminales. Como los gobiernos no son capaces de proveer seguridad para el trabajo, los medios optan por callar. La censura en México cambió de dueño aceleradamente: de ser la bota dura de gobiernos autócratas hasta hace unos tres lustros, pasó a ser la mano dura de los monopolios que exigían impunidad a cambio de publicidad a principio de esta década. Hoy, las cosas son más violentas.

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El viejo adagio de plata o plomo de las mafias se transformó en silencio o plomo. Muy simple. Antes compraban su silencio con dinero; ahora con su benevolencia para permitir mantener la vida. Casi nadie traga fuego en México. El último, y prácticamente el único que sí lo hizo fue Jesús Blancornelas, un periodista controvertido y heroico que vivía en Tijuana, Baja California, la frontera más transitada hacia Estados Unidos, donde cuando los políticos dejaron de ser relevantes se enfrentó a los narcotraficantes. Los jefes del Cártel de Tijuana ordenaron su asesinato, pero sobrevivió gracias a que 120 balazos de un fusil de asalto que estaban dirigidos a él, pegaron sobre su chofer que se lanzó sobre de él para protegerlo.

Blancornelas acabó su vida de muerte natural, pero sus últimos años vivió muerto. Tras el atentado, una escolta de militares se encargó de cuidar de él; perdió toda la libertad de movimiento. Pese a vivir recluido y amenazado, nunca perdió la libertad de pensamiento y continuó, hasta el final, horadando todo lo que podía a los narcotraficantes. Su pluma se convirtió en fierro caliente, y hace casi una década empezó a notar cómo cada vez más, los periódicos de la frontera norte mexicana y algunos más hacia el sur, dejaban de publicar sus artículos. En las condiciones de inseguridad que vivían, eran imposibles de publicar.

Con él se dio el punto de inflexión real en la vida diaria de los medios y los periodistas que trataban de registrar lo que estaba sucediendo en sus plazas con el deterioro en la seguridad. Fue un cambio notable en la batalla por la libertad de prensa en México, que siempre tuvo sus bemoles y remó a contracorriente. Durante los 25 últimos años del Siglo XX fue una lucha de algunos contra el autoritarismo, donde se pagaba con represión y despidos realizados por dueños subordinados al poder. Siguen existiendo vestigios de aquellas épocas hoy en día, pero lo que antes era norma, hoy es excepción.

Con la delincuencia organizada, los términos son distintos. En un periódico de Tamaulipas llegaron un día hace no mucho los abogados del Cártel del Golfo para pagar un desplegado de su ex líder, Osiel Cárdenas. Cuando los dueños dijeron que no lo publicarían, la respuesta de los abogados fue muy clara: o publicaban la inserción, o al día siguiente publicaban el obituario del propietario. La espectacularidad de recientes acontecimientos en varias ciudades de la frontera norte regresó a un primer plano de preocupación la seguridad de los periodistas.

Este es un tema que divide a muchos, e inclusive polariza. Hay a quienes no les importa en absoluto lo que suceda o deje de suceder con ese gremio, y otros, periodistas algunos de ellos, consideran que la protección para ellos debe ser la misma que tiene un ciudadano ordinario. No es lo mismo, por las características del trabajo que realizan los periodistas y los medios. En los tiempos que se viven, acallar a la prensa ha permitido a la delincuencia organizada en varias regiones del país proveer un blindaje a los funcionarios y policías que tienen en sus nóminas, y a dejar inermes a las sociedades que los padecen. El que las cosas nunca lleguen a la opinión pública no significa que no sucedan. A lo que sí contribuye el silencio de la prensa es a la impunidad.

En Michoacán, una provincia en la costa del Pacífico, los periodistas viven permanentes bajo amenaza. Cada vez que escriben un texto o salen a hablar en la radio o televisión, deben de cuidar muy bien sus palabras para evitar que alguien, entendiéndose por alguien un capo de las drogas, se vaya a sentir afectado y ordene matarlo. En Zacatecas, hace poco más de un año, los criminales convocaron a una rueda de prensa para exigir a los periodistas -que llevaron el mensaje a sus jefes- que dejaran de informar sobre hechos en donde estuvieran involucrados, o se atuvieran a las consecuencias.

La semana pasada, dos enviados de la estación de televisión del Grupo Milenio en Reynosa, una ciudad en la provincia de Tamaulipas que hace frontera con Texas, fueron "levantados" (secuestrados) por sicarios y los expulsaron de la ciudad. Les salió barato. Periodistas en esa zona ni siquiera hablan en privado de lo que sucede, ni envían correos electrónicos aportando alguna información sobre lo que sucede, por temor de que los criminales monitoreen sus comunicaciones y les cueste la vida. Alejandro Junco, dueño del influyente diario Reforma, se fue con sus hijos y nietos a vivir a Estados Unidos luego que recibió un video que mostraba los movimientos de sus familiares al salir de su casa, en las escuelas de los niños y en los trabajos. Como en Colombia, cuando en vísperas de asesinar a un periodista le llegaban flores sin destinatario, el video que le llegó a Junco parecía seguir el mismo patrón.

A diferencia de la gran mayoría de los periodistas, Junco pudo acudir a una pronta cita con el presidente Felipe Calderón para exponerle el caso. La respuesta de Calderón fue descorazonadora: está mal, pero se va a poner peor. De hecho, se ha puesto peor para los periodistas. El Centro de Periodismo y Ética Política documentó el año pasado 183 actos de violencia contra periodistas en el país, que significó un incremento de 10,23% con respecto a 2008. De ellos, presume en 12 la autoría de la delincuencia organizada. Un creciente número de medios en todo el país está dejando de publicar las firmas de sus reporteros en informaciones relacionadas con el narcotráfico; varios de ellos como resultado de amenazas directa contra sus periodistas.

La semana pasada el presidente Calderón reconoció que la delincuencia organizada se ha convertido en la principal amenaza para la libertad de prensa, pero sus palabras parecen estar más cerca de la demagogia que del reconocimiento pleno de lo que significa una sociedad sin información. El gobierno federal está pensando en crear una comisión intersecretarial que incluya a representantes de periodistas y de defensores de derechos humanos para enfrentar los riesgos en los que viven. Organizaciones de periodistas dicen que no está mal, pero que es insuficiente.

Lo que no ataca el gobierno, pese a reconocerlo, es que la debilidad de las instituciones y la falta de gobernabilidad en varias regiones del país han permitido que sean los cárteles de la droga quienes decidan qué se informa y qué no, quién vive y quién no. Se supone que uno de los objetivos de la guerra contra el narcotráfico era precisamente fortalecer instituciones y generar gobernabilidad, lo que no ha sucedido. Se pueden haber reducido las bolsas territoriales controladas por los criminales, es cierto, pero como lo pueden corroborar en diversas regiones del país consideradas como zonas calientes, el gobierno no ha podido proveer seguridad a los informadores para que informen, y tampoco ha tenido la capacidad para frenar la temporada de caza de periodistas en la que estamos entrando.

viernes, 26 de febrero de 2010

Espías en conflicto



Por Raymundo Riva Palacio (Eje Central)

Un escándalo fue desatado por el diario The Washington Post al informar este miércoles que ambos gobiernos alcanzaron un acuerdo para que agentes estadounidenses realicen labores de inteligencia en el centro de comando de la Policía Federal en Ciudad Juárez. Sin demora, México y Estados Unidos negaron la información, que en realidad es un debate ocioso. Desde hace tiempo agentes estadounidenses operan en México, tienen en nómina a jefes policiales mexicanos y han infiltrado el corazón de los cárteles de la droga.

Sin existir un acuerdo formal que implique modificaciones legales que permitan a los agentes estadounidenses a realizar acciones operativas extraterritoriales, ambos gobiernos han intercambiado información de inteligencia sensible por largo tiempo. Pero también, agentes estadounidenses han realizado operaciones tácticas en México, con y sin autorización del gobierno mexicano, desde hace más de 30 años.

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Agentes estadounidense realizaron vuelos de apoyo junto a militares mexicanos durante la campaña de erradicación del opio en Guerrero, donde incluso murieron dos agentes de la DEA, cuando chocó su avioneta cerca de Acapulco en 1976. Agentes de la oficina de Inmigración y Aduanas encubrieron en 2005 a uno de los responsables de los feminicidios en Ciudad Juárez, porque era un informante del Cártel de Juárez. Y cuatro años antes, tras el atentado terrorista en Estados Unidos, Washington envió a decenas de agentes encubiertos a México para detectar más agresores y eventuales futuros ataques a su territorio. El gobierno mexicano no fue enterado porque no confiaban en él.

La relación de ambos gobiernos es vasta y en ocasiones rebasa la imaginación. Por ejemplo, la CIA capturó a Ye Gon –en México o Estados Unidos- y lo llevó a Vancouver, donde pudo interrogarlo sin los límites que establece la ley estadounidense, dos meses antes de que “apareciera” en un suburbio en Washington y lo detuviera la DEA. En ese tiempo, la CIA le permitió hablar con él a José Luis Santiago Vasconcelos, quien era subprocurador de Asuntos Jurídicos y Relaciones Internacionales de la PGR, y se trasladó a Vancouver. Poco después dijo que los interrogatorios de la CIA habían “secado” a Ye Gon.

La CIA y el FBI han entrenado a policías mexicanos responsables de la lucha contra el narcotráfico. Inclusive, el comando de élite de la Marina que cazó y mató a Arturo Beltrán Leyva en diciembre pasado, tenía dos semanas de haber regresado de Estados Unidos, y según fuentes políticas, la información de dónde se encontraba el entonces jefe máximo del Cártel de los hermanos Beltrán Leva la proporcionó Washington con la presión no sólo para que fueran por él, sino que fuera esa unidad de élite la que realizara el ataque.

Las agencias de inteligencia estadounidense han tenido como uno de sus principales objetivos en México la infiltración de los cárteles de la droga. Uno de los casos desconocidos por la opinión pública es la penetración de las organizaciones del recientemente fallecido Beltrán Leyva y Heriberto Lazcano “Z-1”, jefe de Los Zetas. En el mismo momento en el cual estaban construyendo la alianza que modificó el mapa de los cárteles de la droga en México en la primavera de 2008, un agente de la DEA estaba mandando la información en tiempo real a través de mensajes de texto de su celular.

Los agentes estadounidenses suelen contratar a personal mexicano, como servicio de apoyo, o como informantes. El caso más notorio de doble empleo es el de Alfredo Zavala Avelar, piloto de la Secretaría de Agricultura que trabajaba con el agente de la DEA, Enrique Camarena Salazar, asesinados en 1985 luego de revelar la existencia del rancho “El Búfalo”, en Chihuahua, una maquinaria de producción de marihuana del Cártel de Guadalajara. Son muy reacios a contratar jefes policiales, porque su experiencia no ha sido positiva. Una experiencia muy dramática fue en la “Operación Limpieza”, cuando descubrieron que un informante del Cártel de Sinaloa trabajaba en el área de narcotráfico en la Embajada de Estados Unidos en México. Los testigos protegidos que aportaron detalles de esa operación fueron interrogados en Estados Unidos, porque no confiaban en la PGR.

Pero al mismo tiempo, la PGR, cuando menos en tiempos del procurador Eduardo Medina Mora, se excedió en sus servicios y rompió leyes mexicanas sin castigo alguno, al autorizar que agentes de la DEA presenciaran interrogatorios a jefes policiales presuntamente vinculados al narcotráfico, y en cuando menos una ocasión les permitió que formularan preguntas. Medina Mora protegió también a Édgar Bayardo, asesinado en diciembre pasado, quien tenía tres patrones: la Policía Federal, a la Agencia de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos, y el Cártel de Sinaloa.

El trabajo que realizan las agencias de inteligencia estadounidenses en México ha culminado en varias de las operaciones más exitosas que ha tenido el gobierno mexicano en los últimos años en contra de los cárteles de la droga. Fue la DEA la que alertó a la Marina mexicana en 2007 del cargamento de seudoefedrina que condujo a Zhenli Ye Gon, el importador de precursores químicos para Joaquín “El Chapo” Guzmán, y también lo que logró la detención de Javier Arellano Félix, “El Tigrillo”, en 2006, en una operación conjunta con la Guardia Costera de Estados Unidos, supuestamente en aguas internacionales, a 25 kilómetros de la costera de La Paz, en Baja California Sur.

En muchas ocasiones pareciera que los estadounidenses tienen mejor información sobre los cárteles mexicanos, que las propias autoridades mexicanas. En diciembre se colgaron el éxito de la operación contra Arturo Beltrán Leyva, y en enero, el jefe de operaciones de la DEA, Michael Braun, anticipó a The Washington Times que el arresto de Joaquín “El Chapo” Guzmán podría darse en un plazo de 90 días. Mejor vocero del gobierno mexicano, no podrían haber encontrado. Entonces,¿por qué la reacción tan fuerte e inmediata a lo revelado por el Post? Quizás porque en el momento actual el gobierno mexicano quedó desnudado y exhibido de que solo, no puede contra los cárteles.

lunes, 28 de septiembre de 2009

El regreso de un tlatoani


Por Raymundo Riva Palacio
(Eje Central, México)

Carlos Salinas fue un presidente tan eficiente y con una inteligencia tan magnificada por la leyenda urbana, que está convertido en el mito que divide a México: lo odian o lo admiran. Sus adversarios lo ridiculizaron por un largo tiempo, estimulando incluso la proliferación de máscaras de hule que vendían en las esquinas de las principales avenidas de la capital mexicana, y socializando la parodia de que cada vez que llegaba a México -porque vive en Europa-, temblaba, lo que efectivamente sucedía, pero no por causas metafísicas, sino por juguetona coincidencia. Pero el tiempo y la lejanía de su administración, que terminó hace tres lustros, los derrotó. Salinas ha recompuesto su imagen pública y proyección política. Tanto, que popularmente lo consideran como el verdadero jefe del PRI.
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Su comportamiento político alimenta el imaginario mexicano. Quién, una publicación de creciente influencia en la clase gobernante, que ha combinado los contenidos de las revistas del corazón con la política, publicó en su último número una portada dedicada a Salinas, dedicándole seis páginas a una colección de fotografías de Mr. Socialité, como lo llaman, donde lo muestra en bodas y fiestas durante los últimos meses. La revista no informa más allá de la epidermis social que refleja, ni analiza, por lo que queda sin explicación el porqué de la percepción de las élites sobre su poder. Pero en esos eventos, como en otros no registrados por Quién, Salinas ha sido el centro de la atención.
Invitado de lujo, no deja de aceptar pláticas en instituciones académicas de alcurnia, como Harvard y Oxford, o convocar a tertulias a estudiantes de las más prestigiadas universidades, a la majestuosa biblioteca de su casa de dos pisos donde se apilan miles de libros. El año pasado, por ejemplo, en la boda de una de las hijas de la aristocracia de Monterrey, donde se encuentra buena parte del poder económico mexicano, coincidieron Salinas y el ex presidente Vicente Fox. Cuando se retiraron de la fiesta, Salinas tardó casi 30 minutos en alcanzar la puerta porque se paraban políticos y empresarios a saludarlo; Fox no tuvo mayor dilación en salir. Sus principales adversarios ayudan, paradójicamente, a alimentar la percepción de fuerza suprema. Andrés Manuel López Obrador, a quien Salinas trató inútilmente de golpear políticamente en 2004 y descarrilar su candidatura presidencial, no deja de señalarlo como el jefe de la mafia política que gobierna a México. Salinas debe disfrutarlo.
Cuando está en México, que es al menos una vez al mes por cuando menos una semana, satura su agenda con asuntos políticos. Suele reunir a varios de sus viejos colaboradores en torno a una mesa de trabajo en su casa en el sur de la capital federal, y como si fuera una de sus antiguas reuniones de gabinete, les pregunta cómo ven la situación del país y les expresa su punto de vista. Les pide trabajos específicos, como si aún fueran sus colaboradores, y recurre sin pudor a los más brillantes de aquél grupo que gobernó el país con él, sobre temas coyunturales. Algunos le siguen fieles; otros, ya se cansaron y sutilmente se han ido alejando de él.
Pero Salinas, quien durante toda su vida universitaria y profesional fue entrenado para ser presidente, no puede dejar de sentir, o de proyectar a sus interlocutores cuando menos, que tiene una misión para México. Esta es que los aspirantes a la candidatura presidencial no se peleen entre sí y pueda recuperar su partido el poder de la Presidencia en 2012, y no causen los cismas internos que le impidieron al PRI mantener el poder en 2000 y recuperarlo en 2006. Hoy, Salinas ha permitido que crezca la percepción de que es el padrino político del gobernador del estado de México, Enrique Peña Nieto, quien es el político mejor colocado en la popularidad nacional, y cuyas preferencias de voto entre los priistas duplican la suma combinada del segundo y tercer lugar en la lista.
Peña Nieto ya ha dado señales que esa relación, aunque cercana, no es ni tan fuerte ni tan estrecha, pero el ex presidente no ha contribuido para matizarla. A Salinas le gusta hacer sentir que está detrás de las nuevas figuras del partido, como el gobernador del estado de México, o como Rodrigo Medina, quien es un clon de Peña Nieto -joven, atractivo, fresco-, quien asumirá en octubre la gubernatura del próspero Nuevo León, en el norte del país, y que es uno de los caballos negros para la candidatura presidencial en caso de que los principales contendientes terminaran aniquilándose unos a otros.
Tras las elecciones federales donde el PRI se alzó como la primera fuerza política del país -sin alcanzar, empero, la mayoría absoluta-, Salinas habló con varios gobernadores priistas para persuadirlos a que apoyaran a un incondicional de él, Francisco Rojas, como coordinador de los diputados priistas en el Congreso, que es una posición que, bien manejada, es muy poderosa. A cambio, le pidieron favores políticos. Uno de ellos, el de Oaxaca, Ulises Ruiz, quiere que le ayude a ser presidente del partido en 2011. Salinas no es de los que rápidamente da piezas de cambio, pero está buscando ampliar su poder. A través de los diputados más cercanos a él, ha enviado mensajes a otras figuras ascendentes en el Congreso para ofrecerles apoyo para que puedan quedar al frente de comisiones parlamentarias y que, de esa manera, le deban su emergencia política en esa Cámara.
El poder de Salinas, que se siente abrumador, no es tan infalible. Dentro del PRI lo conocen bien, y aunque sienten genuino respeto por su inteligencia y capacidad política, no hay subordinación ante él. Hay diputados que rechazaron el ofrecimiento de apoyo, porque no quieren tejer compromisos de esa naturaleza con él, y entre los gobernadores, los más veteranos lo mantienen a distancia. Varios líderes del partido lo ven como un actor que, aunque relevante, no deja de ser uno más de las personas cuya voz influye, pero no como el jefe político que muchos fuera del partido creen. El poder hacia dentro está más repartido, y las alianzas para 2012 apenas se están probando y conformando.
Pero el tiempo de Salinas ya pasó. Algunas de las figuras actuales le han perdido confianza porque sienten que los traicionó en el pasado, o que jugó con ellos. Ya no es el gran Tlatoani, con la T mayúscula de los dioses aztecas, sino un tlatoani con T minúscula, como hay varios dentro del PRI, que tendrán que arreglarse en los dos próximos años y negociar sus alianzas y comprometerse entre ellos, si no quieren que 2012 sea una reedición de las dos últimas elecciones presidenciales, donde se quedaron en la antesala del poder por no ponerse de acuerdo. En la firma de ese pacto, seguramente estará Salinas, pero no presidiendo el cónclave, sino ocupando uno de los lugares alrededor de la mesa. El poder que tuvo, aunque no quiera verlo, se ha venido diluyendo con el tiempo. Todo, como él mismo atestiguó en su metamorfosis de "villano" a "Mr. Socialité", como lo llamó Quién, se desgasta.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Los problemas del éxito


Por Raymundo Riva Palacio, director de EjeCentral
(El País, Madrid)

El PRI tiene dos grandes problemas. Uno es de éxito y el otro es de fe. Tras las elecciones intermedias del 5 de julio, los mexicanos se quedaron con la percepción de que el PRI es una máquina de poder a la que será muy difícil de frenar en su cruzada por la reconquista de la Presidencia en 2012. Si esto generaba de sí el potencial para que todo lo malo que suceda en el país les pueda ser transferido mecánicamente con un costo político magnificado, el segundo problema es que la gran mayoría de los priistas se lo creyó. El PRI fue el partido que más posiciones logró en la elección, pero no avanzó más que en anteriores elecciones intermedias. Sin embargo, los grupos políticos del partido están entrando en una dinámica de confrontación interna, como si la campaña presidencial dentro de tres años fuera a ser de trámite.
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Tendrán que ubicarse o perecer nuevamente. En las elecciones de julio ganaron 237 curules en la Cámara de Diputados, que fueron apenas 13 más de las 224 que lograron en 2003, cuando en la prensa cantaron, como hoy en día, el "regreso del PRI". Esta afirmación es imprecisa. En el comportamiento histórico en elecciones intermedias, el PRI no rompió su estándar. Su 39.94% de la votación se mantuvo en los márgenes de 2003, cuando logró el 36.77% -seis centésimas menos que en julio pasado-, y tuvo un ligero retroceso del 38% alcanzado en las intermedias de 1997, cuando comenzó a perder la hegemonía política.

Pero como la realidad no importa en México sino la percepción, en la Cámara de Diputados, la gran caja galvanizadora de ambiciones, los grupos políticos del PRI están comenzando a pelear entre ellos, desde sus ínsulas de poder en espera de alianzas estratégicas para 2012. Pero están cayendo en el mismo error de 1997, cuando pese a su mayoría perdieron la Presidencia en las elecciones de 2000, y en el de 2003, cuando tras martillar a sus adversarios se desplomaron en los comicios presidenciales de 2006 a su peor nivel histórico, y fueron desplazados a un tercer lugar vergonzoso, para su historia, como fuerza política nacional.

El PRI está recreando su monstruo de mil cabezas que extravió el rumbo desde que perdió la Presidencia. Educados en la disciplina, los priistas no pudieron aprender a caminar sin la guía que su Presidente, como jefe político máximo, proporcionaba. El PRI, para efectos prácticos, era una secretaría del Ejecutivo para asuntos electorales, que se regía bajo una cultura autoritaria centenaria. Hoy, la diferencia fundamental entre el viejo régimen y el nuevo régimen en construcción, es que no hay un rey que rija sus destinos, sino muchos señores feudales que pelean por sus pequeños reinos.

Las pasadas elecciones demostraron la fuerza de estos señores feudales. En aquellas entidades donde había gobernadores priistas, fueron ellos y no el partido quienes controlaron absolutamente todo en la victoria -candidatos, campañas, estrategia y recursos-. En aquellos estados donde había gobernadores de otros partidos, fue la dirigencia nacional del PRI la que impuso sus deseos. El tablero de operación política que antes manejaba el Presidente, está repartida entre los grandes jefes dispersos en el país. Por un lado, el más fuerte de todos, el gobernador del estado de México -la entidad con mayor peso electoral-, Enrique Peña Nieto, quien también encabeza las preferencias electorales para 2012, que apoyó campañas en varios estados del país para gobernador y diputados. Su abierto respaldo contribuyó a victorias de gobernantes en el rico y norteño Nuevo León, y en Querétaro, en el corredor industrial del centro del territorio, donde nadie pensó jamás que el PRI pudiera arrebatar el poder al PAN. Peña Nieto puede reclamar que en el Congreso tiene alrededor de 120 diputaciones -dos terceras partes más de las propias de su estado- que responden a sus intereses estratégicos, como pago de los apoyos en campaña.

Sin embargo, pese a contar con casi la mitad del total de priistas en el Congreso, no le alcanza el poder para imponer su agenda y construir desde ahí la buscada candidatura presidencial. Los gobernadores priistas del sur se han puesto en pie de guerra, de manera sibilina, pero firme. Son los gobernadores de Oaxaca, Ulises Ruiz, y de Veracruz, Fidel Herrera, de generación más vieja que la de Peña Nieto, pero que a diferencia de él, han sido curtidos por el trabajo electoral de campo y la experiencia legislativa federal. En ese sentido, son políticamente más completos y, por las medallas colgadas en sus pechos, más experimentados.

Las luchas intestinas no son a futuro. Ya se dieron hace unos días, cuando dentro del PRI se discutió la agenda legislativa para este año. Los representantes de la dirigencia, aliados tácticos de Peña Nieto, no pudieron imponer una votación sobre el documento en los términos que deseaban, y tuvieron que aplazar la decisión y permitir que los estados incorporaran sus necesidades para que pudiera ser aprobada. La revuelta de los diputados la encabezaron los diputados de Ruiz y de Herrera, quienes al respaldar también a candidatos en otras entidades, suman entre sus incondicionales y aquellos que se comprometieron a cambio de apoyos financieros, alrededor de 60 y 35 respectivamente legisladores, casi la otra mitad de los priistas en el Congreso.

La batalla intramuros del PRI tiene más complejidades. Hay diputados de mayoría y plurinominales. Aquellos de mayoría fueron designados localmente y necesitaron el aval del gobernador. Los plurinominales, que son de representación popular, fueron seleccionados por la líder nacional del partido, Beatriz Paredes, que tuvo que negociar con sus leales y los sectores que integran las bases del PRI, el obrero, el campesino y el popular. De los tres, Paredes sólo tiene poder sobre el campesino, y sobre los otros dos, el grupo de interés que los domina se encuentra vinculado al senador Manlio Fabio Beltrones, el priista con mayor poder ante el presidente Calderón, y un fuerte aspirante también a la Presidencia.

Los diputados de los sectores se encuentran repartidos entre los estados, y no necesariamente, en los momentos críticos, responderán a los gobernadores o a sus líderes que los apadrinaron. Por ahora, es muy pronto para poder determinar el comportamiento que seguirán. En lo inmediato, después del ajuste en la agenda legislativa hay intereses comunes que defender, como la profundización de la federalización y un mayor acceso a los recursos procedentes de las exportaciones de petróleo. Eso quieren todos, ahí no hay discrepancias. Éstas vendrán más adelante, resueltos los problemas fundamentales para allegarse recursos a fin de enfrentar la crisis económica. Pero también porque es muy temprano para que los grupos políticos abran sus cartas y empiecen a jugar para 2012.

Hoy en día hay escaramuzas, escarceos y juego de músculos, pero no han llegado a la sangre. La correlación de fuerzas no es homogénea, ni interna, ni externamente. El país sigue dividido en tres fuerzas, y muchas veces ahora, como antes, las victorias en las elecciones intermedias los han vuelto ciegos. Soberbia y prepotencia llevaron al PRI a perder la Presidencia en 2000 y 2006, después de "el retorno" de la aplanadora tricolor en las legislativas previas. Eso no se extirpa, se neutraliza. Dicen los priistas que han aprendido y que es falso que genéticamente están destinados a pelear entre ellos. No fue en el pasado, cuando el Presidente los controlaba, pero sí ha sido sistemático desde entonces que se les fue la brújula. Las elecciones intermedias han sido un referente de fuerza del PRI, pero hasta ahora, no han sido síntoma de la recuperación del poder presidencial.