domingo, 10 de enero de 2010

Al Qaeda deja al desnudo a la CIA



Por Antonio Caño (El País, Madrid)

La CIA, lejos de su leyenda, es una institución pesada y burocrática. Incapaz de competir por los mejores cerebros de cada promoción universitaria, se tiene que conformar generalmente con disciplinados funcionarios que ascienden por años de servicio y buscan una vida sin sobresaltos.

La CIA, lejos de su leyenda, es una institución pesada y burocrática. Incapaz de competir por los mejores cerebros de cada promoción universitaria, se tiene que conformar generalmente con disciplinados funcionarios que ascienden por años de servicio y buscan una vida sin sobresaltos. Para muchos de ellos, acudir por las mañanas a su oficina entre la paradisiaca vegetación de Langley, en el norte de Virginia, y dirigir desde su ordenador el bombardeo de un drone (aviones sin tripulación) sobre una aldea de Pakistán es tan rutinario como despachar el correo.
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La prolongación de la guerra contra el terrorismo está presentando, no obstante, exigencias mayores. Los voluntarios para actuar en zonas de combate escasean, los conocedores del terreno y el idioma del enemigo se cuentan aún con los dedos de una mano y la CIA ha tenido que recurrir a estrictos turnos de rotación que obligan a la práctica totalidad de sus empleados a pasar un tiempo en territorio hostil.

En la mayoría de los casos, esos turnos son de un año, un plazo pensado para que los agentes no consuman demasiado tiempo alejados de sus familias, pero insuficiente como para que se formen convenientemente en las costumbres de aquellos a los que combaten. Sólo los jóvenes pugnan por acudir a misiones que, además de valentía, exigen de la sagacidad que sólo dan los años. Los verdaderos expertos prefieren hacer análisis desde la paz de sus escritorios.

Estas limitaciones no eran tan evidentes en la época dorada de la CIA, durante la Guerra Fría, cuando sus agentes competían con rivales aún más burocratizados y cínicos que ellos, los espías del KGB. Pero hoy, cuando se enfrentan a jóvenes iluminados, como el nigeriano Umar Faruk Abdulmutallab, o ilustrados fanáticos, como Human Jalil Abu Mulal al Balawi, el doble agente jordano que mató a siete empleados de la base de Khost, en Afganistán, las carencias de la CIA tienen dramáticas consecuencias.

Y no es un problema sólo de la CIA. Las 16 agencias civiles y militares encargadas del espionaje en Estados Unidos sufren, en alguna medida, enormes dificultades para responder a los desafíos que representa Al Qaeda y sus múltiples manifestaciones. Su adiestramiento es tan precario y su adaptación al medio tan escasa que, como afirma Reuel Marc Gerecht, un antiguo espía y experto en la materia, "sin la ayuda de Blackwater [la compañía de seguridad privada ahora rebautizada Xe], la actividad de la CIA en Afganistán probablemente se vería paralizada".

Entre los siete muertos en Khost, dos eran, efectivamente, empleados de Xe, que, liberados de las esclavitudes del reglamento y estimulados por la atracción del dinero, llenan algunas de las muchas lagunas del espionaje norteamericano en Afganistán y en otros frentes de esta guerra. Los mandos militares se han quejado oficialmente de que sus fuerzas sobre el terreno carecen de la información necesaria para hacer su trabajo y han alertado de que, en estas condiciones, el enemigo se hace muy difícil.

Los tres fracasos cosechados por los servicios de inteligencia en los dos últimos meses han encendido todas las señales de alarma. En el caso de Nidal Malik Hasan, el oficial médico del Ejército que en noviembre perpetró una matanza en Fort-Hood (Tejas), el FBI le había detectado 18 correos electrónicos intercambiados con el clérigo radical de Al Qaeda en Yemen Anwar al- Awlaki que hacían sospechar claramente de sus planes, pero los remitió a la seguridad militar con un código diferente al que ésta usa para los asuntos urgentes. Nadie actuó al respecto.

Sobre el avión de Detroit, la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, en sus siglas en inglés) había interceptado comunicaciones de la base de Al Qaeda en Yemen sobre la planificación de un atentado con la implicación de un nigeriano. La CIA, por su parte, había entrevistado en la Embajada estadounidense en Lagos al padre de Abdulmutallab en relación con la denuncia que éste había hecho sobre la vinculación de su hijo con el radicalismo islámico. Ambas agencias remitieron sus respectivas informaciones a sus superiores para quedar almacenadas entre pilas de datos sueltos que el espionaje recolecta cada día.

La competencia infantil entre departamentos y el escaso celo de los responsables impiden que cada agencia haga algo más que lo que exige el protocolo. Y como el protocolo no obliga a cotejar los datos ofrecidos por el padre de Abdulmutallab con el archivo de visados del Departamento de Estado, no se le pudo incluir en la lista de personas vetadas para entrar en el país. Para contribuir al desastre, el Departamento de Estado ha reconocido que no podía encontrar el nombre del sospechoso en su documentación por un error en el deletreo del apellido.

En 2004 fue creado el Centro Nacional Contraterrorista con el objetivo, precisamente, de coordinar la actividad de todos los departamentos y evitar errores como ésos. Su actual director, Michael Leiter, quien, por cierto estaba de vacaciones en el momento del atentado frustrado y tardó dos días en reincorporarse al puesto, ha tenido que escuchar al presidente Barack Obama decir que "el sistema ha fallado sistemáticamente".

La consecuencia más dramática de esos fallos fue la de la base de Khost, probablemente el peor golpe contra la CIA en toda su historia. Aunque quizá en este caso, además del error evidente que representa permitir que un doble agente se reúna al mismo tiempo con siete de tus mejores empleados -motivado, sin duda, por la inexperiencia y el desconocimiento del medio-, hay que mencionar también el mérito de Al Qaeda. La organización terrorista supo planificar una acción que exigió meses de paciente y cuidadoso trabajo para burlar la vigilancia no sólo de la CIA, sino también del servicio secreto jordano (GID), mucho más ducho en el manejo del terreno.

Jordania era hasta ahora, por esa razón, un aliado imprescindible del espionaje norteamericano, que se nutre de colaboraciones como ésa para compensar sus limitaciones en la región. Precisamente el viernes estuvo en Washington el ministro de Relaciones Exteriores jordano, Nasser Judeh, para recomponer esa alianza. "Si la información es poder", dijo ante la secretaria de Estado, Hillary Clinton, "compartir la información es aún más poder".

Pero algunos de las desventajas de los servicios norteamericanos respecto a sus enemigos no se solucionan con más colaboración o más reformas. La burocratización, la presión por los resultados o el relativismo de las convicciones son, como las vacaciones de Leiter y del mismo Obama, consecuencia natural de las sociedades desarrolladas, que pagan, además, el precio de la ansiedad desatada por los medios de comunicación.

Sin haber llegado siquiera a explotar el avión, el joven Abdulmutallab ha sembrado el pánico entre los estadounidenses. Como ha dicho el veterano periodista Ted Koppel, "lo ocurrido puede describirse como un éxito absoluto de Al Qaeda".

Yemen, shit



Por Santiago O’Donnell (Página 12, Buenos Aires)

Sería un error pensar que el mundo cambió porque un joven millonario nigeriano educado en Londres quiso detonar un explosivo plástico en un avión cargado de pasajeros que aterrizaba en Detroit el día de Navidad, pero falló porque se hizo pis encima y mojó el dispositivo.

La Guerra contra el Terrorismo declarada por George W. Bush y continuada por Barack Obama está cerca de cumplir diez años. No es una guerra que se lleva a cabo solamente en Irak, Afganistán o en los aeropuertos estadounidenses, y que ahora se extiende a un pequeño y empobrecido país árabe llamado Yemen. Es una guerra que se pelea en cada país donde existe un gobierno o una insurgencia islamista. En Somalia, en Palestina, en Indonesia, en Pakistán, en Líbano, en Argelia, en Chechenia. Y también en las potencias occidentales, cuyos habitantes son blancos cada vez más frecuentes de atentados, ya sea en territorio propio como en las embajadas, discotecas y hoteles de lujo de sus antiguos enclaves coloniales.
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Más allá del valor estratégico de cada escenario y de los intereses económicos que siempre pesan, se trata de una guerra de raíz cultural, un choque de civilizaciones, diría Huntington, que se expande por todo el mundo. Esto es, con la notable excepción de América latina, al menos desde el ataque a la AMIA a esta parte, atentado cuyo móvil está aún muy lejos de esclarecerse.

Fracasadas las grandes iniciativas globales que se intentaron el año pasado, desde el acuerdo comercial en Doha hasta el tratado medioambiental en Copenhague, pasando por un acuerdo de paz en Medio Oriente que murió antes de nacer, el 2010 comienza con Estados Unidos otra vez en pie de guerra. Toda la semana se habló de reuniones, discursos, traslados, visitas, estrategias e iniciativas vinculadas a la amenaza terrorista proveniente de Yemen, país donde habría conseguido los explosivos el incontinente nigeriano.

Yemen es la única república de la Península Arábiga y el país más pobre de la región. En el 2007 el nivel de desempleo alcanzaba el 40 por ciento. Es un país que cuenta con un gobierno central débil, con fama de corrupto, apoyado por Estados Unidos, cuyo dominio no se extiende mucho más allá de la capital, rodeado por organizaciones tribales que en conjunto ejercen el control territorial sobre gran parte del país. En su interior cuenta con zonas montañosas donde los insurgentes pueden esconderse, y figura bien arriba en el ranking mundial de atentados terroristas sufridos en los últimos años.

Muchos de sus jefes tribales son musulmanes conservadores que tienen influencia sobre el liderazgo de las fuerzas armadas yemenitas, y que ven con desconfianza cualquier acercamiento de su gobierno con Washington. Con esos líderes religiosos musulmanes y a través del ejército yemenita musulmán, los espías de Occidente deben negociar permisos de captura para perseguir a los jefes musulmanes de Al Qaida en las montañas.

Todos los días los yemenitas ven pasar por el estrecho de Aden los buques cargados de petróleo de sus vecinos ricos gobernados por monarquías que nunca ofenden el espíritu democrático y republicano de los sucesivos habitantes de la Casa Blanca.

Hasta que un día un nigeriano se hace pis encima y apaga una mecha pero enciende otra. En medio de todo el circo mediático, militares, espías, abogados, armas y decenas de millones de dólares provenientes de Estados Unidos y su aliado incondicional, Reino Unido, desembarcaron esta semana en Saná, la capital yemenita. El súbito interés no conmovió al gobierno yemenita, sino que lo puso a la defensiva.

El canciller de ese país se apuró en decir que no quiere tropas de combate extranjeras. “Estoy seguro de que las experiencias de Occidente en Irak, Afganistán y Pakistán serán muy útiles para aprender que la intervención directa complica las cosas”, se permitió aconsejar Abu Bakr al Qirb, dirigiéndose a todo un hemisferio, atento a la dimensión global de lo que se juega en su pequeño país.

El diplomático árabe pareció entender mejor que nadie que las principales víctimas de la Guerra contra el Terrorismo son los países gobernados por musulmanes moderados, que deben elevar sus niveles de represión interna para satisfacer las expectativas de los cruzados. Esa represión les quita legitimidad, por lo que se vuelven aún más dependientes del apoyo de Occidente para mantenerse en el poder. Lo cual a su vez genera más apoyo para la insurgencia.

En Irak. En Afganistán. En Pakistán. En Jordania, Cisjordania, Egipto, Arabia Saudita, Kuwait y los Emiratos. En el cuerno de Africa. Una guerra que a medida que se expande dificulta cualquier acuerdo con Siria, Irán y la Autoridad Palestina, tensa la cuerda en Cachemira y moviliza el fervor islamista en el Borneo y el Magreb, propagando a lo ancho del planeta la violencia que surge de la dialéctica terrorista-contraterrorista.

Mientras tanto Estados Unidos y Europa se aíslan y se encierran, presas de una xenofobia obsesiva y paranoide que arrasa con los derechos y libertades que dieron vida a los textos fundacionales de saus democracias liberales. Así generan contradicciones difíciles de explicar, que a su vez alimentan más actos de terrorismo contra un orden que desde muchos rincones del mundo aparece cada vez más como hipócrita, sanguinario y explotador.

¿Y dónde está Bin Laden? Resulta casi imposible creer que este multimillonario líder de la red terrorista más sofisticada y global de la historia no tenga acceso a un teléfono celular para sacarse una foto, subirla a Internet y hacer temblar al mundo. Desde hace ya largos años que sólo aparece en audios cuya veracidad certifican supuestos expertos de la CIA, los primeros interesados en mantener viva la amenaza, ya que sus trabajos dependen de ella. Y todos los meses aparece muerto un “número dos” de Al Qaida en tal o cual país, alguien que antes nadie conocía, cuya muerte vendría a representar un gran triunfo para las fuerzas del bien. Hay demasiada inteligencia, contrainteligencia y recontrainteligencia dando vueltas como para poder saber lo que está pasando. Salvo que estamos en guerra, que la guerra se extiende y que algún día puede llegar (o volver) acá.

¿Así que ahora el eje del mal pasa por Yemen? ¿Así que bla bla bla, bla bla bla, y todos a Yemen porque se acaba el mundo? Ufa, esa película ya la vi. Cambia el paisaje, cambian los villanos, pero el guión se repite como un disco rayado:

Saigon, shit. Charlie don’t surf. Apocalypse now. The horror, the horror...

"En el mundo hay cada vez más hambre de justicia"


Por Hugo Alconada Mon (La Nación, Buenos Aires)

Hambre de justicia hay cada vez más", dice Luis Moreno Ocampo. Lo afirma desde su experiencia como uno de los responsables del histórico Juicio a las Juntas, que cimentó la democracia allá por los años 80 y al que ahora define como "una obra de arte". Pero también lo sostiene desde su perspectiva única como partícipe central de lo que considera "un cambio de 5000 años de cultura". Es decir, la aplicación de la ley a nivel mundial en vez de la imposición de la violencia.
Con seis años en La Haya como primer fiscal de la Corte Penal Internacional, Moreno Ocampo sabe que su rol resultará decisivo para definir el futuro de ese tribunal como última instancia para juzgar genocidios y crímenes de lesa humanidad. Y aunque él aclare que no es "el fiscal del mundo", siente que es un proceso en marcha y confía en que algún día englobará incluso a Estados Unidos, la superpotencia que aún mira con recelo su jurisdicción.
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Una y otra vez a lo largo de la entrevista con Enfoques en su casa de Buenos Aires, donde reside su familia, el investigador de los crímenes cometidos en Darfur o Kenya fluctuó entre su rol internacional y los asuntos locales. Así, afirma que en la Argentina "el tema pasa ahora por otras áreas de violencia", en desmedro de la política, "como puede ser la violencia criminal, que tenemos que manejarla mejor", aunque rechaza toda idea de algún día dedicarse a la política en el país o aspirar a otro cargo público. Prefiere anunciar que "se está armando un sistema global de Justicia que cambia las reglas de juego". Un nuevo orden mundial.

-Lleva seis años como fiscal y le quedan tres años más. ¿Está satisfecho con lo que logró hasta ahora?
-Cuando yo asumí, pensé: "¿Cómo organizo estos nueve años? Tengo que armar esta institución y para eso tengo que definir cómo se definen los casos a investigar". Así que los primeros tres años fueron para elegir a la gente y definir políticas muy claras sobre lo que íbamos a hacer y lo qué no íbamos a hacer, porque para mí, a la luz de mi experiencia en la Argentina, era muy claro decir que solamente vamos a investigar a los máximos responsables. A nadie más. Porque si no, me iban a pedir más cosas que no íbamos a poder hacer. Los segundos tres años consistieron en arrestar a las personas y hacer los juicios. Y los últimos tres años son cómo esta Corte maximiza su impacto mundial. Y la verdad es que, pese a todos los avatares, vamos bien. La Corte transformó las relaciones internacionales. Hoy está claro que no se pueden cometer crímenes masivos.

-¿Es ése el mayor logro?
-¡Es un cambio de 5000 años de cultura! ¡Es un logro muy importante! Yo creo que la Corte es una institución del siglo XXI y a veces no nos damos cuenta de cómo está cambiando el mundo. Antes no existía la posibilidad de una Corte permanente que mirara crímenes masivos e investigara a los jefes, incluso a los jefes de Estado, como pasa en Sudán. Pero no es sólo la Corte. Se está armando un sistema global de Justicia que cambia las reglas de juego.

-¿Y la mayor dificultad a la luz de estos seis años?
-[Piensa por unos segundos] Tengo que investigar crímenes masivos mientras están ocurriendo, a veces sin poder ir, como en Darfur, transformarlos en casos simples para presentarlos ante los jueces y aprender cómo lograr que los Estados parte, más el resto de la comunidad internacional, apoyen a la Corte. A veces, como fue en Darfur, es difícil porque eso implica enfrentar a un presidente. Pero estamos funcionando.

-Creí que me respondería con el reclamo que le hacen desde el mundo árabe sobre la idea del doble estándar: ¿Por qué se la agarran contra los países "chicos" y no contra los "grandes"?
-Ese es un argumento que comenzó a usar Bashir [por Omar Hassan al-Bashir, presidente de Sudán] cuando lo acusamos. Pero mi oficina ha demostrado una consistencia tal que los palestinos están buscando que nosotros intervengamos, y la Liga Arabe está apoyando a los palestinos para que nos presenten el caso sobre Gaza. Eso demuestra que la Fiscalía ha mantenido su independencia en un mundo muy complejo.

-A mediados de 2008, del diario inglés Daily Telegraph llegó a plantear que usted debía renunciar por su manejo de la publicidad de los casos... ¿Cómo traza el equilibrio entre el necesario apoyo de la opinión pública y la reserva necesaria de cada investigación?
-Bueno, los casos son públicos. Cuando las ONG me critican y me dicen que tenemos que hacer más publicidad, yo les digo: "Miren, en la Argentina, cuando tuvimos que enjuiciar a [Jorge Rafael] Videla, no pude convencer a mi mamá". No se puede convencer a todo el mundo. Nos manejamos con casos que dividen a las sociedades. Mi mamá creía que el general Videla era una persona buena como su papá (mi abuelo era general e iba a misa en Olivos) y ella creía que yo defendía a la guerrilla. El juicio le cambió la cabeza. Yo no pude convencerla. Cuando terminó el juicio, me llamó y me dijo: "Todavía lo quiero a Videla, pero tenés razón, tiene que estar preso". Tenemos que encontrar la fórmula para explicar mejor lo que hacemos, pero el trabajo de la Corte se va puliendo.

-¿Cree posible que algún día Estados Unidos acepte la jurisdicción de la Corte, como Australia, Japón, y sus socios europeos?
-Eso ha ido evolucionando. Al final, cuando ocurrió el caso del presidente Al-Bashir, Bush fue muy firme en apoyar la orden de arresto. Y ahora, yo diría que el gesto de Obama de acercarse a la Corte es muy fuerte. Supongo que van a pasar muchos años antes de que [EE.UU.] firme, pero se va imponiendo el criterio de que no puede haber crímenes masivos. Es un tema de tiempo para que Estados Unidos sea parte.
-Es un mérito que más de 100 países reconozcan la jurisdicción de la Corte, pero docenas de otros países no firmaron. ¿Eso afecta, complica o desvaloriza su trabajo?
-Nos afecta en muchos sentidos. La gente se pregunta por qué no estamos en Zimbabwe, en el Líbano, en Irak, en Sri Lanka, en Birmania... países donde hay conflictos. La respuesta fácil es porque no son Estados parte. Yo no soy el fiscal del mundo. Soy el fiscal de 110 Estados. Pero bueno, cuando yo empecé, eran 78, así que vamos subiendo. Estamos liderando una institución que es una parte del cambio del mundo.

-¿Dónde fija el límite sobre lo que puede hacer la Corte y el principio de soberanía?
-Esta es una Corte que respeta, absolutamente, el principio de la soberanía.

-¿Cómo se concreta en la práctica?
-Los chinos ponen mucho énfasis en el respeto de la soberanía. Yo les decía: "Respetamos la soberanía de Sudán. Nosotros le pedimos a Sudán que arreste a su Presidente". Es como si en la Argentina del 77 le hubiera pedido al Gobierno que arrestara al presidente Videla. Por supuesto que no lo hubieran hecho inmediatamente, pero el Proceso hubiera sido distinto si hubiera habido una clara posición internacional de que lo ocurrido en la Argentina eran crímenes masivos cometidos por las máximas autoridades.

-A esta altura van varias veces que menciona a la Argentina en relación al general Videla. ¿Hasta dónde su paso por el Juicio a las Juntas influye en su trabajo actual?
-¡Muchísimo! Yo siempre había pensado que el Juicio a las Juntas era la cosa más importante de mi vida profesional. Que nunca iba a hacer algo más importante porque se trató de un crimen masivo.

-¿Qué edad tenía?
-¡Yo tenía 32 años! Por eso luego hice todo lo que tuve ganas. Hice de todo. Pero siempre pensaba: "Ya hice lo más importante de mi vida. Ya está. ¡Estoy hecho!". Daba clases en Harvard, que era muy interesante, pero cuando me llamaron para hacerme cargo de esta fiscalía, me di cuenta de que en realidad el Juicio a las Juntas había sido mi entrenamiento, pero un entrenamiento maravilloso. El Juicio a las Juntas fue, realmente, una obra de arte.

-¿"Obra de arte"?
-Hmm [asiente].

-¿Qué siente con todo lo que pasó después: Obediencia Debida y Punto Final, los indultos, la anulación de aquellas leyes?
-Lo peor fueron los indultos a Videla y al resto de los comandantes. El Juicio a las Juntas Militares fue la piedra fundamental de la democracia argentina. Entonces, indultarlos fue como afectar esa piedra fundamental, por eso fui muy crítico de los indultos. Igual, estos son procesos sociales muy complejos, en los que hay idas y vueltas aunque, al final, la Argentina entró en una etapa en la que aquello no se puede repetir. El tema pasa ahora por otras áreas de violencia, como puede ser la violencia criminal, que tenemos que manejarla mejor. Pero todo esto fue un aprendizaje de cómo los límites legales están influenciados por procesos sociales que van cambiando, no sólo por la ley.

-Le quedan tres años al frente de la Fiscalía. ¿Cuál es su meta pendiente?
-La verdad es que fue un privilegio ser el fiscal de esta Corte destinada a controlar la violencia masiva. Creo que es un reconocimiento a la Argentina. A América latina como región y a la Argentina como país que lideró. De hecho, ahora una de las juezas de la Corte, Silvia Fernández [de Gurmendi], es argentina, y eso es remarcable. La Argentina tendrá un juez y un fiscal. El lugar de la Argentina es increíble en la Corte Penal Internacional. Me parece que es transformar la tragedia que tuvo la Argentina en un aporte positivo al mundo. Y justamente los argentinos no nos damos cuenta de que hay cosas que sabemos hacer y de que recibimos reconocimiento por eso.

-¿Hasta qué punto funciona que la Corte actúe como última amenaza para los Estados miembro?
-¡Oh, eso es justamente lo más interesante! Los pocos casos que nosotros hacemos son importantes por el mensaje que mandan a las personas que están en los otros Estados parte: si cometen crímenes parecidos, los podemos juzgar. Es decir, pocos casos en La Haya, mucho impacto global.

-¿Cuáles son las naciones que más colaboran con la Corte?
-Hay tres regiones que están casi enteras. Sudamérica está entera; Europa, también, y Africa no árabe está casi entera. ¿Por qué? Porque son las regiones que tuvieron crímenes. El problema es que en Europa los crímenes fueron hace 60 años. Solamente queda lo ocurrido en Georgia y un poco en los Balcanes. En Sudamérica, los crímenes fueron hace 20 o 30 años, sólo queda Colombia. Pero en Africa pasan ahora. Entonces, para los africanos, somos absolutamente estratégicos, esenciales. La primera vez que me reuní con el presidente de Sudáfrica, me dijo: "Si tenemos una nueva guerra en Congo, Africa colapsa". Para los africanos es fundamental evitar eso. Para Kenya es fundamental no volver a la violencia que vivió en 2008. Y para los países vecinos a Kenya también es fundamental que eso no ocurra.

-En septiembre último, usted aludió a eventuales investigaciones sobre crímenes cometidos por Israel en la Franja de Gaza. ¿Es posible pensar en Israel en el banquillo?
-La Autoridad Palestina vino a mi oficina a buscar justicia. Están argumentando que ellos pueden aportarme la jurisdicción ante la Corte. Es una discusión legal que estamos teniendo. Lo importante es que la Corte se constituyó en un lugar en el que no sólo ciudadanos, sino la Autoridad Palestina busca Justicia. O Rusia, que no es un Estado parte, pero nos manda información sobre crímenes cometidos en Georgia. La Corte alcanzó un alto nivel de credibilidad y eso es un enorme éxito en apenas 6 años. Es un nuevo orden que actúa distinto, porque hasta ahora se actuaba en base a dos principios: se trataba de acordar con los criminales o atacarlos.

-La idea de "acordar" con los criminales engloba las amnistías y autoamnistías. ¿Qué piensa de esas opciones?
-En el Estatuto de Roma se establece que no hay ningún tipo de amnistía para este tipo de crímenes. Esa es mi respuesta.

-En noviembre de 2007, el presidente del Center for Transitional Justice, Juan Méndez, afirmó que dependerá de usted si la Corte es "un éxito o un fracaso". "Si sólo se generan 2 o 3 juicios y 20 arrestos -alertó-, el apetito por una Justicia criminal internacional se evaporará por completo". ¿Está de acuerdo?
-Hambre de justicia hay cada vez más en el mundo. Ese es el tema. Los que tienen hambre vienen a la Corte: los palestinos vienen a la Corte, también desde Sri Lanka, gente de Colombia...

-¿No sería útil convocar a un segundo fiscal y duplicar esfuerzos?
-No lo creo. La Corte es un sistema de soporte, no puede ser la principal herramienta. ¿Colombia hace sus juicios? Perfecto. ¿Afganistán dice que va a juzgar sus crímenes? Está perfecto. Cada cual tiene sus propios casos. Y si nosotros no debemos intervenir, mejor. Digamos, es mucho mejor el Juicio a las Juntas hecho en Buenos Aires que en La Haya, a mí no me cabe duda. Creo firmemente en el sistema nacional. Y cuando no actúa, entonces hay una herramienta nueva para actuar. No se trata de lo que haga la Corte en La Haya, sino de cómo la Corte promueve incentivos a los Estados parte para que actúen, no sólo haciendo juicios, sino previniendo crímenes.

-Cuando concluya su mandato a mediados de 2012 tendrá 60 años. ¿Concluirá otra vez que ya lo hizo todo, como a los 32?
-Bueno, al menos no aspiraré a otro cargo. Me parece que este es algo grosso . ¡Este es el cargo más interesante del mundo! No quiero otro.

-¿Ni siquiera en la Argentina?
-¡Sobre todo no en la Argentina! [Risas.]

-¿Planea radicarse otra vez en Buenos Aires?
-Bueno, tengo una casa en Buenos Aires, aunque cuando me nombraron fiscal daba clases en Harvard, así que supongo que, si quiero volver a una universidad buena, podré hacerlo. Pero ya veré qué hago. Por ahora, me quedan dos años y medio para, como dijo Juan Méndez, definir el éxito o el fracaso de la Corte. Tenemos que ser un éxito, no podemos fracasar, no hay espacio para un fracaso.

-Para ser un hombre que optó por la vida pública, por correr riesgos públicos. ¿No se le cruza volver a ser funcionario en la Argentina?
-No. Siento que hice en la Argentina algo que tiene que ver con la época. Fui fiscal en el Juicio a las Juntas, después en el juicio a Camps [Ramón, ex general jefe de la Policía bonaerense durante la dictadura], durante el juicio por la rebelión de Aeroparque, en muchos casos de corrupción, de guerrilla; y fui fiscal de la última rebelión militar de [Mohamed Alí] Seineldín. Ya tuve los casos más interesantes que este país puede ofrecer.

-Yo pensaba como diputado o senador, ministro? ¿Presidente?
-No. Yo no soy político. A mí me gustaba contribuir desde el Poder Judicial a defender un límite: la vida no puede ser una herramienta política. Y me pasó lo mismo a nivel mundial. Antes me ofrecieron cargos políticos y no quise, así que menos ahora. Necesitamos líderes políticos, pero yo no lo soy.

sábado, 9 de enero de 2010

Desafíos de la cultura narco


Por Tomás Eloy Martínez (La Nación, Buenos Aires)

Asi como Roberto Arlt vislumbró en sus dos grandes novelas la madeja fascista que se cernía sobre las naciones jóvenes del Sur, la guerra contra las drogas y el narcotráfico impregna hoy buena parte de la literatura, sobre todo en Colombia y México, donde la cultura narco se ha infiltrado en todos los aspectos de la vida. Expandida como un virus, pone y derriba gobiernos, compra y vende conciencias, se toma la vida de las familias y ahora la vida de las naciones. La cultura narco es la cultura del nuevo milenio.
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Cada vez que la imaginación parece aproximarse a una radiografía de los hechos, la realidad le saca ventaja con nuevas palabras que los diccionarios no alcanzan a definir. Todos los días las noticias arrojan cadáveres que se ordenan entre "decapitados" y "severamente mutilados"; los sicarios ya no tienen una patria, sino que las invaden todas: el cartel de Sinaloa tiene laboratorios en la provincia de Buenos Aires, las bandas que actúan en las sombras imponen guerras en las favelas de Río de Janeiro o en las villas de San Martín o Boulogne, donde a fin de año, y con diferencia de horas, hubo dos acribillados por el control de la venta de cocaína y marihuana. La traición, si se sospecha, se castiga con acciones mafiosas; si se prueba, con crímenes que traen más muertes, en una escalada de venganzas infinitas.
En su novela póstuma, 2666 , Roberto Bolaño relató en toda su crudeza y horror los asesinatos de mujeres en Santa Teresa, transmutación literaria de Ciudad Juárez, enclave fronterizo con El Paso, Texas, donde desde hace décadas gobiernan la violencia y la impunidad. Esas muertes narran un crimen continuo, una historia de nunca acabar. Un empresario poderoso que observa cómo su país está siendo minado por los narcotraficantes en complicidad con la corrupción del poder, decide ganarles "Siendo más criminal que ellos" en la última novela de Carlos Fuentes, Adán en Edén . La manera en que el dinero sucio del narcotráfico penetra en la sociedad provocó picos de rating en la versión para televisión de Sin tetas no hay paraíso , la historia en la que Gustavo Bolívar cuenta cómo una joven de 17 años se prostituye para comprarse pechos más grandes y así acceder al círculo de los traficantes. En La conspiración de la fortuna , Héctor Aguilar Camín dibuja el pueblo de Martiñón Agüeros, un capo del narcotráfico que condensa a cada uno de los pueblos y jefes narcos que con su beneficencia compran voluntades e hipotecan el alma de los más desfavorecidos. La lista viene amontonando títulos en sintonía con el ritmo en que avanzan la muerte y la corrupción por el continente: Rosario Tijeras, de Jorge Franco; La reina del S ur,de Arturo Pérez-Reverte; Balas de Plata , de Elmer Mendoza, o La virgen de los sicarios , de Fernando Vallejo son apenas unos pocos ejemplos con un denominador común: cada golpe al narcotráfico es devuelto con otro golpe aún mayor.
Es lo que le ha ocurrido al presidente Uribe en Colombia, y ahora a Felipe Calderón en México. Mientras tanto, se destruyen personas, familias, pueblos, culturas. Cada día se hace más evidente que la guerra no es la solución al problema y que la única vía posible es enfrentarlo desde la raíz, es decir, desde la despenalización del consumo.
Las inteligencias más lúcidas del continente insisten en que es imperioso llegar a un acuerdo de cooperación entre traficantes y consumidores. Cuando se rompan esos pactos siniestros de silencio y dinero, y los expendios de droga salgan a la luz del día, como el alcohol después de la ley seca, quizás hasta los propios traficantes descubran las ventajas de trabajar dentro de la ley y, al sentirse más seguros, irradien esa seguridad sobre las comunidades a las que comprometen.
La despenalización avanza. España, que trata la drogadicción como un problema de salud, fue el primer país europeo en despenalizar el consumo de marihuana. El uso y la posesión para uso personal no es delito, aunque el consumo público está castigado con multas administrativas y su legislación contra el tráfico está entre las más severas de Europa. En 2001, Portugal aprobó una ley que descriminaliza todas las drogas y los resultados no están siendo desalentadores. En Italia se acaba de expedir un listado de dosis personales que aparejan sanciones administrativas, pero no penales. Venezuela también dictó recientemente una norma en la ley orgánica contra el tráfico ilícito y consumo de estupefacientes y psicotrópicos que despenaliza el porte de dosis personal hasta por cinco días, y al mismo tiempo se incrementaron las penas para los traficantes. Hace pocas semanas, y a contracorriente de una costumbre avalada por el ex presidente Bush, la administración Obama estableció que los fiscales federales no gastaran sus recursos en arrestar a personas que usan o suministran marihuana con fines medicinales. Quizás el caso más conocido sea el de Holanda, donde en rigor es delito el consumo de cualquier sustancia prohibida. Sólo hay cierta consideración para el acceso a la marihuana en los llamados coffee shops , lugares reservados para la compra y el consumo de menos de cinco gramos diarios. Pero desde hace años, Holanda ha mantenido una política de tolerancia hacia las drogas blandas, aun haciendo frente a la presión de otros países, sobre todo desde que en los 90 Europa abrió sus fronteras.
En la Argentina, un fallo de la Corte Suprema de Justicia estableció que el consumo personal de marihuana no es un delito y también ha concentrado en un solo juzgado federal todo lo relacionado con el paco, un veneno que genera una adicción de carácter físico que arrasa en los círculos más pobres de la población.
¿Es la despenalización la cura de todos los males? El lenguaje de las armas demostró su fracaso y la historia ya escribió su ejemplo más contundente cuando en los Estados Unidos se prohibió el consumo de alcohol durante los trece años que duró la ley seca. La prohibición, que comenzó el 17 de enero de 1920, lejos de hacer desaparecer el vicio provocó el surgimiento de un mercado negro del que surgieron todos los Al Capone, los Baby Face Nelson, los falsos héroes como Bonnie & Clyde y una legión de padrinos que sembraron el terror a sangre y fuego. Como era casi previsible, muy pronto la corrupción se apoderó de las conciencias policiales. Treinta y cinco por ciento de los agentes encargados de velar por la prohibición terminaron con sumarios abiertos por contrabando o complicidad con la mafia y las consecuencias en la salud de la población tuvo estadísticas nefastas: treinta mil muertos por envenenamientos con el alcohol metílico y otros adulterantes, a los que recurrían los bebedores desesperados. Cien mil personas resultaron víctimas de ceguera, parálisis y otras complicaciones derivadas del consumo de alcohol irregular. En 1933, cuando Franklin D. Roosevelt derogó la ley seca, el crimen violento descendió dos tercios. En Estados Unidos no se acabaron los borrachos, pero desaparecieron los Al Capone.
Matar al perro enfermo no pone fin a la rabia. Ni el arresto del mexicano Rafael Caro Quintero o el operativo cinematográfico que acabó con la vida del colombiano Pablo Escobar Gaviria, por citar a dos de los capos del narcotráfico más temibles y conocidos de las últimas décadas, extirparon el problema. Donde se acabó con uno, pronto surgió otra media docena dispuesta a tomar las riendas del negocio. Hace pocos días, las fuerzas especiales de la Armada de México protagonizaron otra escena hollywoodense cuando bajaron desde sus helicópteros sobre el condominio Altitude, en Cuernavaca, Morelos, y tras varias horas de combate acribillaron a Arturo "la Muerte" Beltrán Leyva, el "jefe de jefes" del narcotráfico. Lo que se mostró como otro éxito certero sólo traerá una nueva escalada de violencia para ocupar el trono del rey depuesto con alguien cuyo apodo también lleve un mensaje letal.
El combate más efectivo contra el narcotráfico es arruinarles el negocio. Y la única vía posible para hundirlo es legalizando el consumo. Todas las estrategias de guerra aplicadas en la región durante los últimos treinta años resultaron un fiasco, con un balance de muertos y de groseros gastos de dinero sin que nada haya cambiado. No se trata de alentar el consumo, sino de controlarlo mejor, invirtiendo esos mismos millones en salud pública y en campañas efectivas que no demonicen al consumidor ni lo atemoricen con un destino de represión y cárcel. Muchos se rasgaron las vestiduras cuando el sida dejó de tratarse como una enfermedad vinculada a los homosexuales y se trató como un mal que afectaba a todos por igual, lo que terminó produciendo resultados enormes. Esta es la perspectiva de igualdad que se debería plantear ante el consumo de drogas.
Pero acaso no haya mayor semejanza para estos tiempos de cultura narco que con la era de la cultura alcohólica y sus carteles de asesinos que convertían las ciudades en feudos aptos para la rapiña. El mejor retrato de esa época ha sido trazado por el gran periodista norteamericano Lewis Allen, en su crónica Just Yesterday , "Tan sólo ayer" (1957). Allen enumera los difíciles pasos que debieron darse para la despenalización y para el regreso de los Estados Unidos a una vida normal. La ley seca tropezó primero con las normas de la Constitución federal, que exigía la aprobación de cada uno de los estados para imponerla. En todas las cámaras se oyeron debates estrepitosos que disgustaban al partido gobernante, pero la pluralidad de ideas enriqueció el futuro. El tránsito hacia un país nuevo fue más lento de lo que se había supuesto. Comenzó con un éxodo masivo de pequeños ahorristas a la Florida y con un aumento singular de los precios agrícolas, que enriqueció a miles de campesinos en el Medio Oeste. El obstáculo mayor en América latina para desterrar la cultura narco es la necesidad de que los países productores y exportadores de drogas compartan la responsabilidad de erradicarla con el principal país consumidor, cuyas intenciones no siempre han sido las de un buen vecino.
Lewis Allen advierte, en su extraordinaria crónica, que la derrota de la cultura narco no se sintió de un día para el otro en los países ni en las vidas privadas. "La libertad que tan desesperadamente buscaban los jóvenes en el alcohol -escribe Allen- no se había perdido, pero resultaba difícil descubrir un verdadero cambio real en el empleo que se daba a esa libertad. Lo que había desaparecido era la excitada sensación de hacer pedazos los tabúes. Los frutos del pecado se estabilizaban en un nivel inferior. También desaparecía, al menos en parte, la histérica preocupación sobre las hazañas sexuales que habían caracterizado la época de posguerra. Sólo de una cosa se podía tener certeza: a los viejos capos ya no les sería tan fácil tender las mismas trampas. Nada se repetiría. El final del tiempo vuelve a menudo sobre sus pasos, pero siempre es para trazar un nuevo canal."

¡Feliz Año Nuevo!