martes, 19 de enero de 2010

“Fueron las imágenes más duras que vi en mi vida”


Por Emilio Ruchansky (Página 12, Buenos Aires)

Puerto Príncipe.- En la casa del embajador argentino en Haití no se sirve cena a los invitados pero se ofrece, con la mejor sonrisa del mundo, una estadía en “un hotel de millones de estrellas”: el patio de entrada, donde en más de una decena de colchones duermen el anfitrión, el personal de servicio y sus familias, los guardias y algunos periodistas. Las millones de estrellas están ahí, en cielo despejado de esta ciudad derrumbada, donde ahora es invierno y, pese al calor diario, la noche trae una brisa fresca. Por suerte, no es época de lluvias.

José María “Chito” Vázquez Ocampo, el embajador, está en la residencia de su colega chileno. Dos jóvenes negras, una haitiana, otra dominicana, juegan con dos niños a una especie de rayuela en la puerta de entrada. Detrás, se ve un muro de piedra caído, que solía proteger las riquezas de la familia que allí vivía. Se oyen cantos religiosos más abajo, en las calles llenas de velas por el corte de luz y con gente, a pesar de los delincuentes que aterrorizan Puerto Príncipe desde que el terremoto destruyó dos cárceles de las que huyeron al menos 4500 reos.
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El personal de seguridad toma mate y bromea sobre lo caro que resulta ser blanco y comprar algo en este país negro. Para no ir más lejos, el “precio turista” de una botella de agua de litro es 35 dólares. “Yo acá soy rubio”, dice el guardia, un gendarme morocho, criado en la mesopotamia argentina. El único lugar de la casa que pisa seguro es la cocina y el baño, que tienen luz gracias a un generador eléctrico. El resto está en peligro de derrumbe.

Cuando uno de los guardias se ofrece para trasladar colchones que están dentro para la visita, camina sobre una senda estudiada para evitar las grietas de una columna que sostiene parte del comedor. La escalera que conduce al primer piso tiene restos de revoques caídos. Allí, hay algunos colchones más, en un cuarto amplio y lujoso. Al tercer piso no se puede subir, sólo las vibraciones de nuestros pasos ponen en peligro al lugar.

Antes de que llegase el embajador, el cronista revisó la heladera. Había una minúscula pata de pollo cocida, agua, algunos condimentos, pan, mantecas y frutas. La primera frase de Vázquez Ocampo ronda por ese lado: “¿Trajeron comida?, buenísimo. Miren que acá no nos sobra nada”. No miente. Ya en plena noche, una empleada tuvo que dar la mala noticia: se había acabado el papel higiénico. El café de la mañana vendrá acompañado de tostadas y manteca vistos la noche anterior. Y de nuevo, otra mala noticia: no hay más azúcar y ya queda poco gas para cocinar.

La misa está servida

A los tumbos en una camioneta de Gendarmería Nacional, el embajador accede a una entrevista mientras se dirige a una base cercana al aeropuerto de Puerto Príncipe, en donde quedaron depositadas las donaciones del gobierno argentino. A los costados en la avenida Del Mas y bajo un sol tremendo, se ve una larga procesión de gente local que anda muy bien vestida: pantalón de vestir, saco y corbata para los hombres, camisa y pollera las mujeres. Vázquez Ocampo mira la escena y comenta que se trata de la clase media de Puerto Príncipe, “el 10 por ciento de toda la sociedad”, que va a la misa del domingo.

Entre la multitud se distingue una herrería, donde se trabaja a destajo para reparar las puertas de acero destruidas de los caserones de la clase acomodada de Haití. Más allá, detrás de un inmenso muro que se vino abajo, una familia pobre desayuna sobre la lujosa mesa de jardín de los dueños de casa, que tapiaron todo antes de irse. En la embajada también tomaron sus precauciones. Sin ir más lejos, en el asiento del acompañante de la camioneta que traslada a Vázquez Ocampo hay una ametralladora de mano. Las primeras preguntas para el embajador son las de rigor a los sobrevivientes por estos días: ¿qué estaba haciendo en el momento del terremoto?

–Venía de un viaje a la Argentina. Como estaba recién llegado me puse a desarmar la valija y me preparaba para ducharme. Sí (risas). Estaba desnudo. Me puse debajo del marco de la puerta, entre el baño y el dormitorio. Y al rato, vino José Luis, uno de los guardias, y entró a auxiliarme y a protegerme. Fue un momento de pánico. Me vestí y salí. Por suerte no hemos perdido a nadie. Quiero decir algo sobre esto: el grupo de seguridad de la Gendarmería aquí presente es de lo mejor de la cultura argentina.

–¿Por cuánto tiempo tendrán que dormir fuera de la casa?

–Todavía no se hizo un diagnóstico de la residencia, pero hay una cúpula muy comprometida y si hay una réplica puede caerse todo. Gran parte del personal haitiano se quedó sin casa, así que se vinieron a vivir acá. Vamos a pedir que el Estado argentino ayude a reconstruírselas. Alguna gente que estaba de visita en ese momento la mandamos a Santo Domingo.

–¿Y la embajada?

–La embajada es otra historia. Es un edificio que compartimos con la Unión Europea, Brasil y Japón, tampoco se hizo un diagnóstico, se lo ve cuarteado de afuera, la policía lo tiene cercado y no hemos podido entrar. Nos dijeron que no habría problemas de estructura, pero hay que esperar.

–¿Qué fue lo que vio en la calle la primera vez que salió luego del terremoto?

–Fui por esta avenida, Del Mas, que es una de las tres arterias que conectan el puerto con el barrio de Petionville. Vi miles de personas caminando, veintipico de muertos, tirados en la vereda, algunos estaban tapados con diarios. Al otro día acompañé a dos criaturas, de un año y de trece, que requerían una amputación. Fuimos con las ambulancias hasta el Hospital Militar Argentino (Reubicable) pero allí no podían amputarlos porque es un hospital limitado por las normas de la ONU para cierto tipo de prácticas médicas. Además de que sólo debería atender personal de la ONU. Gracias a la cooperación de la embajada de Cuba, que tiene una misión de 500 médicos en Haití y dos hospitales, pudimos llevarlos a un quirófano. Fue un golpe en el alma. Cuando entré a esos hospitales el panorama era dantesco, fueron las imágenes más duras que vi en la vida. Y lo digo con conocimiento de causa: éste es el quinto terremoto que paso. Estuve en terremotos en México, Perú y dos muy fuertes en Chile.

–¿Qué es lo que vio en ese hospital?

–Descontrol, desesperación, gente tirada por todas partes, en el pasto, sobre sábanas y pedazos de papel. Los médicos corrían de un lado al otro auxiliando. Fue todo lo que se pueda imaginar. Y lo que no también.

–Tengo entendido que ya estuvo antes aquí.

–Estuve en el 2004. Hubo un huracán en Gonaives y vine con las tropas argentinas. En ese momento, yo era subsecretario de Defensa de la Nación y quedé estremecido: vi lo peor de la pobreza, de la debilidad, de la condición humana. Todo esto era una gran villa miseria. Y nuestras tropas tenían una profesionalidad y un sentido democrático enormes, con mucha sensibilidad humana... Y te lo dice alguien que tiene un hermano desaparecido durante la dictadura y su mamá (Marta Vázquez) es una de la fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo. Y nunca digo esto. En ese viaje visité un hospital y encontré un joven herido y me dio la sensación de que era mi hijo, más allá del color de la piel. Fue una sensación de humanidad muy fuerte.

–Y regresó hace un año y medio.

–Sí. Vine en medio de una etapa de reconstrucción de las instituciones que quedó un poco trunca. Yo tuve la oportunidad de ir a Perú, por ejemplo, pero la verdad es que agradezco estar acá.

–¿Cuál es la situación hoy en su casa? ¿Se están quedado sin víveres?

–Enviamos gente a comprar comida a República Dominicana hace unos días pero ya se acabó. Tal vez mañana lleguen algunos refuerzos, pero de momento falta agua, nafta, gasoil. La verdad es que estamos en las últimas.

España y América Latina: relaciones asimétricas y contaminadas




Por Luis Méndez (Eurity, Madrid)

He podido constatar en repetidas ocasiones, entre sorprendido e indignado, que los medios de comunicación españoles cargan las tintas editoriales cuando se trata sobre todo de cuestionar la legitimidad de gobernantes de países latinoamericanos donde el capital español se ha instalado de manera significativa, desde Venezuela a Argentina, pasando desde luego por Bolivia. Y en este paquete monetario también está incluido el desembolso efectuado en aquellas tierras por grupos mediáticos españoles que en los últimos años han apostado por la expansión foránea ante los cada ver mayores apretones domésticos.
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El menor desliz de algunos dirigentes latinoamericanos sirve a los respectivos equipos de pensamiento para enmendar la plana allende el océano; y cuando el error es manifiesto, según las entendederas de los editorialistas, se ceban las cañoneras y se enfilan hacia el gobernante insensato con una saña digna de una cuadrilla de gurkas. Sin ir más lejos, ahí están los duros calificativos que, periódicos españoles que disienten en lo cotidiano, emplearon a mansalva en sus páginas de opinión para descalificar a la presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, con motivo del reciente enfrentamiento entre el Ejecutivo y el Banco Central a propósito del pago de la deuda externa. Sin entrar en honduras, es subrayable el tono irrespetuoso y excesivamente agresivo que emplearon la mayoría de los medios para referirse a la conducta de la Presidenta argentina que, según ellos, incurrió en una falta de lesa democracia y que por obra y gracia de estos plumillas, nada inocentes por cierto, se aleja a marchas forzadas del paraíso. Surgieron sin más términos como déspota, tirana o autoritaria, por supuesto debidamente aderezados por todos los ingredientes posibles, menos el del contexto y el análisis riguroso, para encasillar decisiones que sencillamente corresponde a los argentinos evaluar en toda su extensión y alcance, sobre todo porque hablamos de dirigentes que fueron elegidos democráticamente en las urnas. Cabe siempre el análisis y la crítica, argumentada; pero no procede la inhabilitación sistemática que observamos en editoriales de medios españoles sobre gobernantes de países que, casualmente y como he precisado antes, cobijan buena parte del capital español invertido en América Latina y que se supone en riesgo por conductas que desde esta orilla se tachan de irresponsables y antidemocráticas con una ligereza que produce escozor en la piel más curtida. Es evidente que en seis párrafos difícilmente se puede abordar realidades tan complejas como las que nos atañen. Sin embargo, como no es ese el objetivo de la copla, bienvenido el destripamiento en caliente. Este tipo de injerencias mediáticas contaminan mucho más que esclarecen y desde luego no ayudan en nada a mejorar la imagen de España y de sus empresas en esas tierras. Y lo que me parece también grave: destilan un resabio colonial que debía estar ampliamente superado. Claro, que se corresponden a la perfección con ese estilo chulesco de nuevos ricos, nuevos demócratas y nuevos europeos que se instaló antaño en este país para quedarse y afearnos como colectivo.

lunes, 18 de enero de 2010

Chile: el fin de una era


Por José Natanson (Página 12, Buenos Aires)

El triunfo de Rafael Piñera en las elecciones chilenas de ayer marca el ocaso del proyecto político más exitoso del último ciclo de transiciones a la democracia en América latina. En la primera vuelta, por primera vez desde el fin del pinochetismo, la Concertación había sido batida por la derecha, y ayer el megaempresario, dueño de Lan y ex presidente del Colo Colo, se convirtió en el nuevo presidente de su país, abriendo una nueva era en la historia política chilena y alimentando la posibilidad de que la alianza entre el socialismo y la democracia cristiana, cuyo origen se remonta a la campaña por el No a Pinochet en el plebiscito de 1988, finalmente se rompa, con el consiguiente riesgo de que la pata más moderada de la coalición explore un acercamiento con los sectores más democráticos de la derecha (que precisamente lidera Piñera). Y en el fondo, el agotamiento de un proyecto político de dos décadas que dejó triunfos innegables pero también algunas sombras.
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En el balance de éxitos de la Concertación, el mayor es sin dudas económico. Como se sabe, los gobiernos concertacionistas continuaron las líneas maestras del modelo impuesto a sangre y fuego por Pinochet, que de todos modos admite algunos matices: pese a sus raíces innegablemente ortodoxas, ciertos rasgos propios marcan una diferencia crucial entre el esquema chileno y el neoliberalismo puro y duro. En principio, ni siquiera Pinochet se atrevió a privatizar Codelco, la empresa nacional de cobre, ni a desarmar la reforma agraria implementada por la democracia cristiana en los ’60, que acabó con los latifundios y fue clave para el posterior despegue de los agronegocios. El Estado, además, cumplió un rol importante, garantizando un tipo de cambio competitivo primero y estableciendo límites al ingreso de capitales después.

Pero lo central es que ni Patricio Aylwin ni Eduardo Frei ni Ricardo Lagos ni Michelle Bachelet arriesgaron los grandes ejes del diseño pinochetista, basado en un manejo macroeconómico muy riguroso, sin déficit fiscal, con una presión impositiva bajísima (16,5 por ciento del PBI) y una estructura fiscal regresiva (los impuestos al consumo afectan incluso a los productos más básicos, como la leche y el pan, mientras que el impuesto a la renta es muy reducido), junto a leyes laborales hiperflexibles, con una de las tasas de sindicalización más bajas de la región (menos del diez por ciento) y servicios públicos carísimos.

Todo esto en el marco de una importante apertura al mundo (Chile firmó tratados de libre comercio con veinte países, desde Estados Unidos y China hasta Nueva Zelanda y México) que funciona como el pilar de un modelo ultraexportador y pro-empresarial que convirtió a algunas compañías chilenas, como LAN y Falabella, en gigantes translatinas, y cuyos valores de progreso individual y egoísmo capitalista han permeado culturalmente a la sociedad chilena (uno de los legados más duraderos y menos comentados de la dictadura de Pinochet).

Veamos algunos números. En los veinte años de gobiernos concertacionistas, el salario real creció 3 por ciento al año, el desempleo se ubicó siempre debajo del 10 por ciento, la inflación se mantuvo controlada y la deuda externa se redujo hasta ubicarse por debajo del 50 por ciento del PBI. El PBI chileno creció a un promedio de 5,5 por ciento al año, aunque el ritmo se ha ido desacelerando en los últimos tiempos e incluso –los números oficiales aún no fueron difundidos– se estima una caída de entre 2 y 3 por ciento para 2009, aunque con una posible recuperación en 2010. Durante los últimos quince años, Chile logró sortear las crisis mexicana, asiática, rusa, argentina y mundial sin estallidos ni colapsos, marcando una diferencia crucial con el resto de los países de América latina, que cada tantos años sufren una hiper, una recesión profunda o un default, entre ellos Argentina, pero también Brasil y Uruguay (y obviamente todos los andinos). Tal vez esta continuidad sea el principal acierto del modelo chileno.

Desde el punto de vista social, los avances han sido igualmente notables. Como resultado de una serie de políticas sociales focalizadas, bien implementadas y sostenidas a lo largo del tiempo, la pobreza se ha reducido significativamente. En 1989, en el último año de la dictadura de Pinochet, la pobreza había trepado al 42 por ciento. Hoy se ubica en 13,2, según datos de Cepal, el porcentaje más bajo de América latina, con una tasa de indigencia de 3,2, casi casi la de un país en desarrollo. Otros estudios coinciden con este diagnóstico: el Indice de Desarrollo Humano –un índice más abarcativo que combina niveles de crecimiento con desigualdad, pobreza de ingresos, salud y educación– sitúa a Chile en el primer lugar de América latina (44º del mundo), superando por primera vez a la Argentina, que ocupa el 49º (el tercero es Uruguay). Y un último dato asombroso: hoy existen en Chile bolsones de pobreza rural, sobre todo en la regiones del Norte, y algunos asentamientos precarios en el Gran Santiago, pero prácticamente no quedan villas miseria.

Estos avances, que deberían llevar a la reflexión a quienes acusan a los gobiernos chilenos de encarnar un simple modelo neoliberal, no alcanzan a ocultar las asignaturas pendientes: las políticas sociales, aunque sirvieron para atacar la pobreza y la indigencia, se han demostrado incapaces de enfrentar otros problemas, más complejos, como la precariedad del trabajo, en general mal pago y sobreexplotado, o las crecientes demandas de una clase media baja que no logra incorporarse a un boom de consumo que ha alcanzando niveles obscenos. El reflejo estadístico de estos déficit es la desigualdad, donde los avances han sido menores o incluso inexistentes. En Chile, la distancia entre el 20 por ciento más rico y el 20 por ciento más pobre de la población es de 14 veces. El Gini, el indicador más popular de desigualdad, es de 0,56, lo que sitúa a Chile como uno de los países más desiguales de la región junto a Brasil y Paraguay.

En los últimos años, en especial desde el gobierno de Lagos, se iniciaron algunas reformas orientadas a mejorar estos temas: los servicios de salud se extendieron mucho, la infraestructura educativa fue reforzada y, ya durante la gestión de Bachelet, se aprobó una reforma del sistema previsional que incluye una “jubilación solidaria” para quienes no aportaron los años suficientes (aunque la reforma no tocó el corazón del sistema jubilatorio, basado en el aporte individual, por ejemplo mediante la creación de un sistema mixto, y ni qué decir de la posibilidad de un sistema totalmente estatal, como el que funciona en Argentina y en Brasil).

Llegamos así a lo que muchos analistas consideran el núcleo del problema. El formidable impulso exportador, explicación última de todos estos progresos, se ha basado sobre todo en productos primarios o elaboraciones a partir de ellos. Cuando lo entrevisté para mi libro La nueva izquierda, Ricardo Lagos me dijo que la crítica es correcta pero que a menudo se exagera. “El argumento tiene algo de cierto, pero a veces se transforma en una caricatura. Yo le pregunto a usted: si yo exporto almendras, pero colocadas dentro de una bolsita hermética, que a su vez va dentro de una cajita de cartón especial, diseñada especialmente para un hotel cinco estrellas de Europa, con el nombre y el logo del hotel, que tiene que llegar en determinado momento y en determinado volumen. ¿Qué estoy exportando? ¿Almendras? ¿Qué valor tienen las almendras en ese producto? Otro ejemplo. Tengo un amigo que exportaba ostiones congelados, hasta que se dio cuenta de que era más rentable exportarlos enfriados. Eso significa que, desde que los ostiones se sacan del Pacífico hasta que se sirven en un restaurante de París, Nueva York o Berlín, no pueden pasar más de 30 horas. ¿Qué exporta mi amigo? ¿Ostiones? ¿O exporta know how, tiempo, eficiencia, seguridad?”

Más allá de la defensa de Lagos, los números son elocuentes: el 75 por ciento de las exportaciones chilenas están constituidas por productos primarios o bienes elaborados en base a ellos. Del total, un porcentaje importante, hoy cercano al 38, sigue siendo cobre. El resultado es un diseño que dificulta la extensión de los beneficios del crecimiento a todos los sectores sociales, expone a la economía a los ciclos externos (el precio del cobre es casi tan importante para Chile como el del petróleo para Venezuela o el gas para Bolivia), en el marco de una economía que incluye varios enclaves ultraproductivos (cobre pero también madera, fruta o salmón), un sector servicios muy extendido y eficiente (aunque excluyente) y un sector industrial reducido, con un mercado interno chico y no muy dinámico.

En sus veinte años de gestión, la Concertación ha avanzado también en otras áreas. Tras muchas idas y vueltas, consiguió limpiar los aspectos más autoritarios de la Constitución creada por la dictadura, en un movimiento de despinochetización institucional que devolvió al presidente el control de las Fuerzas Armadas, democratizó la Justicia y eliminó la figura de los senadores ¡vitalicios! creados por Pinochet, junto a otros avances en el plano cultural, como la eliminación del Comité de Censura y la sanción de la ley de divorcio (Chile fue el último país del Hemisferio Occidental –fuera de Malta– en aceptar el divorcio). Al mismo tiempo, persisten déficit severos, entre los que sobresale un sistema electoral binominal creado para favorecer a la derecha, que excluye sistemáticamente de representación a las minorías.

Pero, más allá de este ajustado balance de logros y deudas, no cabe duda de que el corazón del problema chileno, lo que explica el triunfo de Piñera y el inicio de una nueva era, es económico-social. En particular, la relación entre inequidad y política económica: en efecto, la persistente desigualdad chilena no es el resultado de una desviación del modelo suceptible de ser corregida mediante políticas específicas, sino parte esencial de un diseño que la Concertación no ha querido o no ha sabido o no ha podido modificar.

martes, 12 de enero de 2010

En busca de la regulación perdida



Por Marcelo Justo (BBC Mundo)


En el comunicado del G-20 el pasado abril se establecía la necesidad de garantizar "la regulación y supervisión a todas las instituciones financieras" para evitar una nueva crisis.

A seis meses de esas augustas palabras se puede decir que se avanzó poco y nada.

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En junio Estados Unidos presentó una "amplia reforma financiera" calificada por la mayoría de los analistas económicos de "tímida" e "insuficiente".

En el Reino Unido aparecieron claras diferencias entre el ministro de finanzas Alistair Darling y el presidente del Banco Central de Inglaterra, Mervyn King, en relación a la supervisión regulatoria y la existencia de grandes conglomerados financieros.

Alemania y Francia se hallan a la vanguardia en temas de bonos de banqueros, pero no se han movido gran cosa en otros aspectos de la regulación bancaria.

Hagan juego

En otras palabras, el casino sigue abierto.

La única diferencia es que la mayoría de los jugadores (pero no todos) apuestan con más cautela sus fichas luego de los golpes recibidos en la ruleta.

Con nuevas invocaciones a la necesidad de regular el sistema financiero, los ministros de finanzas del G-20 acordaron en Londres a principios de septiembre el aumento de los encajes o reservas bancarias (porcentaje obligatorio de reservas en relación a los depósitos) para evitar posibles corridas y limitar los extravíos de las apuestas.

Dada la gravedad de la situación, el gran interrogante es si este mecanismo - el más simple a nivel regulatorio - bastará para evitar otra crisis como la que estamos viviendo.

Bomba de tiempo

El sistema financiero internacional está sentado sobre una doble bomba de tiempo.

Por un lado no se ha dado una solución definitiva al problema de los activos tóxicos - préstamos incobrables --- a punto que ni siquiera se ha cuantificado su monto total, ni cuáles son las entidades financieras más afectadas.

Por otro, a falta de un esquema regulatorio, los bancos siguen operando con las mismas reglas ultra laxas que condujeron a la crisis.

La "banca en la sombra", que creció con la desregulación del sistema financiero de los últimos 25 años, sigue funcionando sin más restricciones que el temor a una apuesta errada.

Esta banca opera por medio de una red de filiales en paraísos fiscales - muchas veces una simple dirección postal - que le permiten eludir cualquier tipo de regulación (incluyendo los encajes) a la hora de pedir y conceder préstamos.

Las grandes fusiones y adquicisiones de gigantes multinacionales, una "moda" que hizo furor en los últimos 10 años, se financiaron en gran medida con lo que en la jerga financiera se llama apalancamiento (leverage, en inglés).

Con un capital reducido y la promesa de ganancias futuras, las entidades financieras "en la sombra" pedían prestado un 70 u 80% más de lo que tenían de respaldo en sus reservas con el aval de las casas matrices y la mirada tolerante de las calificadoras de riesgo.

Según Olann Kerrison, director de análisis del Lafferty Group, una compañía de consultores financieros, hoy la misma fragilidad del sistema es un obstáculo.

"Los gobiernos y reguladores están preocupados por asegurar la supervivencia del sistema. Quieren regular, pero no saben cómo hacerlo sin poner en peligro el mismo sistema en momentos en que está dando débiles señales de recuperación", indicó a BBC mundo.

La cuenta la está pagando el fisco.

Según la publicación especializada "The Big Money", la Reserva Federal estadounidense absorbió unos US$800.000 millones en activos tóxicos en este intento de apuntalar el sector privado.

En Europa el Reino Unido ha gastado casi 800.000 millones de euros, Dinamarca y Alemania casi 600.000 e Irlanda y Francia superan los 360.000 millones con una mezcla de inyección de capital y ayuda específica para lidiar con los activos tóxicos.

El laberinto financiero

En medio de la otra gran crisis económica de los últimos 80 años, en 1933 el Congreso estadounidense aprobó la ley Glass-Steagall que transformó las reglas de juego financieras al separar nítidamente a los bancos comerciales (del ahorrista común y corriente) y los de inversión (bancos especulativos).

Con la desregulación financiera esta nítida separación que protegía al ahorrista se fue desdibujando hasta que desapareció del mapa con una ley de 1999 que volvió las cosas a foja cero.

¿Es posible dar marcha atrás?

"Es necesario volver a algo así. El problema es que los que están a cargo de la agenda son los mismos que reinaban durante la época de la desregulación", indicó a BBC mundo Olann Kerrison.

El actual ministro de finanzas de Barack Obama, Timothy Geithner, es un ex ejecutivo del Citigroup, mientras que el director del Consejo Nacional Económico, Lawrence Summers, fue el ministro de finanzas que enterró la ley Glass-Steagall.

Pero el tema desborda ampliamente las personalidades y biografías de los protagonistas.

Segun Juan H. Vigueras, autor de "La Europa opaca de las finanzas", la economía global está metida en un laberinto financiero del que no sabe cómo salir.

"Desde los 80, tanto en la Unión Europea como en Estados Unidos se siguió el modelo desregulador de las finanzas, en el marco de una competencia desatada para atraer el capital financiero, manifestada en las bajadas de impuestos. Esto no ha cambiado. Ningún Estado está decidido aún a plantear una regulación efectiva del mundo de las finanzas para que esté al servicio de la economía real," indicó a BBC mundo Juan H. Vigueras .

¿Habrá que esperar una nueva crisis?

¿No pagar la deuda?


Por Florencia Abbate (Crítica, Buenos Aires)

En estos días de acalorada discusión en torno al Banco Central se han delineado tres posturas sobre “nuestras deudas”: 1) La postura oficial, que consiste en destinar reservas al pago de la deuda; 2) La que apunta a pagarla con recursos fiscales, generando un achique del gasto público para que sea financiable; 3) La que propone no pagar la deuda.

Quienes sustentan esta tercera postura, como Pino Solanas, argumentan que la deuda es fraudulenta. Y tienen razón.

Pero en estos contextos no basta con tener razón. Y no hace falta más que recordar el clima “globalizado” de crisis que se vivía para estas mismas fechas el año pasado. Los economistas del mundo discutían: ¿Cómo sigue esto del capitalismo?

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Todos parecían un tanto desconcertados. El pueblo estadounidense acababa de presenciar el alevoso hecho de que cientos de miles de millones de dólares eran repartidos a la misma gente que había causado la catástrofe. Un poco como en nuestra Argentina de fines del 2001 y principios de 2002, sólo que con cifras mucho más abultadas y repercusiones de escala mundial.

Todos los pueblos tuvieron la obligación de enterarse de que ésas son las leyes del capitalismo. Este tipo de Estados no está para salvar a los pobres y a los jubilados sino a gente como la que digita a los tahúres de Wall Street –aun cuando hayan firmado papeles en los que decían que podían permitirse perder el dinero invertido. Y más que nunca parecía acertada la afirmación de que “la política es la sombra que los grandes capitales proyectan sobre la sociedad” (J. Dewey).

El hecho de que la Reserva Federal, el principal Banco Central del mundo, decidiera obsequiarles a los grandes inversionistas los fondos que había ahorrado con la retención a los salarios de todos, no hacía más que poner en evidencia la naturaleza de los bancos centrales en un Estado capitalista de este tipo.

El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner no parece haber percibido realmente el agotamiento de este modelo de capitalismo. Si bien la Presidenta, en sus declaraciones, suele mostrarse aggiornada al respecto -y conciente de que la crisis mundial es un buen escenario para crear alianzas entre las “fuerzas progresistas” de Latinoamérica–, sus políticas económicas no se han apartado demasiado del rumbo fijado cuando el capitalismo estaba en su esplendor. El dato de que sea Blejer el candidato para reemplazar a Redrado resulta elocuente. El Estado capitalista tiene por lo menos tres funciones. Una es la de proveer servicios que no pueden ser desarrollados de un modo fiable por medios privados. La segunda consiste en proteger a los poseedores contra los que nada tienen, asegurando el proceso de acumulación de capital en unos pocos mientras circunscribe las demandas de las masas trabajadoras. La tercera función, no tan mencionada, es impedir que el sistema capitalista se devore a sí mismo.

El sistema tiene en sí una tendencia a la sobreproducción y a la crisis del mercado. Una tendencia crónica hacia la sobreproducción de bienes y servicios del sector privado, y un infraconsumo de la población trabajadora. Por eso los grandes inversionistas invierten en “cosas virtuales”, como los bonos de deuda de los distintos países. Es que el dinero que les “sobra” para invertir rebalsa la economía real y las fronteras.

La administración de los Kirchner ha sido más sólida que otras a la hora de cumplir la tercera función del Estado, impidiendo el colapso; ha sabido por ejemplo acumular reservas. Pero esto no supone en principio ningún quiebre ideológico comprometedor para la buena salud de la plutocracia global.

Tiene razón Pino Solanas cuando dice que la pulseada en torno al Banco Central es payasesca porque el problema de fondo es el pago de la deuda. Pero lo cierto es que las macropolíticas impuestas al mundo continuarán como hasta ahora mientras no haya una verdadera posibilidad de desacople de la articulación comercial, productiva y financiera de la economía mundial. Mientras tanto no queda otra opción que pagar esas deudas, aunque sean fraudulentas.

Sólo en países en los que el capitalismo ha sido frenado en cierto grado por la socialdemocracia, las mayorías han podido asegurarse cierta prosperidad. De otra manera, las crisis seguirán ocurriendo cíclicamente –arrastrando con ellas a millones de personas–, como resultado de un sistema fundado en principios amorales.

El ensayista Santiago Alba Rico dio en la tecla cuando dijo que “el capitalismo es materialmente un nihilismo”, remitiéndose al filósofo chino que expuso hace siglos la paradoja del individualismo extremo: “No sacrificaré un solo cabello de mi cabeza aunque de ello dependa la salvación de todo el universo”.