miércoles, 10 de febrero de 2010

La década que cambió el mundo



Por M. Á. Bastenier (El País, Madrid)

Estados Unidos y China están condenados a no entenderse. El problema es de simple y desnudo poder. Estados Unidos ha iniciado ya el regreso de su destino como mayor superpotencia del siglo XX, al tiempo que China inicia su ascensión.

La National Intelligence Unit de la CIA publicó en noviembre de 2008 el documento Tendencias globales para 2025, que prevé la disolución en cámara lenta de la hegemonía norteamericana. El informe no duda de que para esa fecha Washington siga siendo en términos de capacidad de destrucción la primera potencia del planeta, pero un grupo de países emergentes -India, Brasil- o resurgentes -Rusia- encabezados por China mitigará su poder de coerción. Y en 2010 ese horizonte parece mucho más cercano que en 2008. El PIB chino, de algo más de dos billones de euros, se habrá más que doblado en la próxima década, por debajo únicamente del estadounidense, pero superior al de África, Latinoamérica y Oriente Próximo agregados, según el Departamento de Energía de EE UU. El PIB de Estados Unidos, que en 2005, con 8,5 billones de euros, era mayor que el de toda Asia, África y Latinoamérica, será en 2020 un 40% menor que el de esos tres continentes.

[Sigue +/-]

El comportamiento de China refleja ya semejantes augurios. Si en los Juegos de 2008 Pekín escenificó una première mundial tipo fantasía futurista, ha sido en la cumbre del clima en Copenhague, en diciembre pasado, donde se ha mostrado con el grado de displicencia que corresponde a un superpoder. No solamente resistió todas las presiones de Washington para que asfixiara sus emisiones de dióxido de carbono, sino que se permitió despachar a funcionarios de nivel medio para negociar con el equipo de Obama. Igualmente, unas semanas antes las autoridades chinas habían negado al presidente estadounidense acceso directo a los medios de comunicación nacionales, y el presidente Hu Jintao no cedió en su intolerancia contra cualquiera que osara recibir al Dalai Lama, el monje rapado que recorre el mundo para promover la independencia / autonomía del Tíbet. Obama sabe lo poco que le va a gustar a China que lo agasaje próximamente en Washington, como tampoco el arsenal que le va a vender a Taiwan, cuando Pekín lo que necesita es quietud absoluta para que funcione su plan de reintegración de la isla por la vía indolora de la unificación económica.

La gran plataforma de disentimiento la constituye, con todo, Irán y su pesquisa del poder nuclear. China cuenta con importar petróleo iraní a través de gasoductos que surquen Asia central, negándole a Washington el poder naval de interdicción que posee sobre las rutas marítimas. Y exporta gasolina a Teherán, que tiene mucho crudo pero poca capacidad de refino, en sustitución de la que le vendían India y Reino Unido, que han reducido sus envíos en previsión de sanciones de la ONU. Pekín ha invertido más de 80.000 millones de euros en la industria energética iraní, de los que 5.000 millones son para modernización de refinerías. Si China no aplicara las sanciones internacionales, éstas serían totalmente irrelevantes. El gasto chino en armamento, todavía muy lejos de los casi 450.000 millones de Estados Unidos en 2008, ya es, sin embargo, el segundo del mundo, con 60.000 millones de euros. Y aunque a medio plazo a Pekín le interesa sajar el absceso de Al Qaeda, que encuentra en la etnia uigur caldo de cultivo para el terrorismo, no va a llorar por las dificultades que experimente Washington en sus guerras de Oriente Próximo y Asia central.

China tiene tres grandes objetivos para el siglo. 1. Mantener el poder en manos del Partido Comunista, que ha recibido desde el año 2000 12 millones de nuevos miembros para aumentar su capilaridad entre la población. 2. Preservar un altísimo crecimiento, que legitima a la cúpula gobernante ante la opinión y le ha permitido sustituir a Estados Unidos como motor contra la crisis, inyectando miles de millones en su economía, así como convertido en inversor y donante favorito, en particular para América Latina y África. 3. Y como corolario de todo lo anterior, restablecer el imperio del centro en su histórica grandeza.

Notables son también las realidades que aconsejan a ambas potencias mantener el statu quo: desde 2000 su comercio bilateral casi se ha cuadruplicado. Por todo ello, éste no es el fin de Estados Unidos, ni un anuncio de guerra, sino el comienzo de una nueva geometría. Las grandes potencias nunca juegan en el mismo equipo.