miércoles, 22 de julio de 2009

El infuncio corre, el infundio condena

Carta abierta de Orlando Barone (Radio del Plata)

¿Cuántos infundios somos capaces de propagar? ¿Cuántos por día? El infundio debe haber nacido con los primeros seres sobre la tierra cuando un hombre aún salvaje, viendo que otro igual de salvaje se lavaba y frotaba en el río, salió a decirle a la tribu que el tipo era gay. Y solo porque se acicalaba como un ave. A lo mejor al comienzo de los tiempos se usaba otro infundio: un Neanderthal que no lograba cazar ni una alimaña para comer, envidiaba al otro que cazaba en abundancia, y entonces salía a decir por ahí que todas esas presas que el otro almacenaba en la cueva las robaba de cuevas vecinas. El infundio es una mentira, una patraña. Quien lo crea o quien lo difunde no exigen pruebas acerca de su verosimilitud ni de su certeza.
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Basta que el infundio se dirija hacia un objetivo o persona a quien se tenga rechazo, o de quien se sospeche o se dude, para que corra como un reguero y luzca más verdadero que la verdad misma. Hay ladrones, adúlteros, malvados, traidores, putas, corruptos, fascistas y discriminadores, que nunca lo fueron pero a los que el infundio condenó sin defensa en vida. Si un infundio de barrio, de vecindad, de oficina o de la red informática es dañino, cuánto más lo es un infundio lanzado por un líder, por un político o un dirigente. Pero a través de un medio de comunicación masiva se legitima. Tiene capacidad de agravio y de sentencia. A veces el infundio se crea mediante continuadas capas de pequeños infundios iniciales, que preparan el prejuicio hacia el objetivo hasta que cuando llega el gran infundio resuena a verdadero. Es tan difícil desmentirlo como es difícil que la desmentida salga en la tapa de un diario o en la cabeza de un noticiero emparejando el modo en que se publicitó el infundio. Se dice que, se presume que, se sospecha que, se cuenta que... y ahí rueda el “se dice” que tiene el atractivo de que desnuda a quien se presume miserable aunque no lo sea, y paradójicamente el miserable sea el que aviva el infundio. No hablo de los culpables, que son muchos, sino de los inocentes que también son muchos. Ninguno de nosotros, por más anónimos o ignotos que seamos, quisiéramos ser las víctimas ni siquiera de un chisme. Ni la buena fe ni la ingenuidad disculpa al que propaga un infundio. No hay odio hacia nadie que lo justifique ni hay resentimiento fundado que nos permita promover el infundio hacia el odiado. Cuando el monstruo ha sido creado ya nadie lo desarma. No es que no haya monstruos confirmados, pero hay demasiados inconsistentes. La moda nos retrata “infundiosos” frecuentes y eso contradice tanto pregón ético. El peor infundio es el de aquel que repite el infundio por boca de otro sin identificarlo y sin dar la fuente. Y sin hacerse cargo de su parte de autoría impune. Porque siempre son más quienes lo creen y lo reproducen, que quienes callan y esperan. El infundioso condena, pero sin pruebas.