sábado, 25 de julio de 2009

Un gurú de 15 años

Por Osvaldo Bazán (Crítica de la Argentina)

Para festejar sus 75 años, mi mamá se compró un teléfono celular. El primer mensaje de texto que recibí al mediodía fue: “Osvaldo, me compré un telefonito. No lo sé usar”. El segundo, horas más tarde: “No me sale”. A la madrugada recibí el tercero: “Nunca lo voy a poder usar”. Ya de mañana el mensaje fue: “Me quieren enseñar pero nunca voy a poder usarlo”. Desde ese momento empecé a recibir demasiado regularmente sus mensajes. Siempre repetidos. Por las dudas. Envía cada mensaje dos veces, desde hace tres meses. Ya le expliqué que va a pagar el doble. Está empezando a mandar una sola vez cada mensaje. Incluso cuando no tiene crédito.

Lo que mamá no sabe es que comparte sus inseguridades con los analistas financieros de la Morgan Stanley. Que el mapa de angustias de la época iguala a un yuppie high tech neoyorquino con una señora de un pueblito de la pampa santafesina. Que a mí me pasa lo mismo que a usted.
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Uno ya sabe que las grandes corporaciones tienen no sólo los pies de barro. Hoy un Lehman Brothers, mañana una traición. Pero lo que no sabía era que el nivel de desorientación haya llegado a tal punto que uno de los principales asesores de los financistas más influyentes del mundo es un chico de quince años que consiguió su trabajo hace tres meses, mientras paseaba su perro junto a su mamá, en el parque de Greenwich, en las afueras de Londres. Por ahí se encontraron Matthew Robson, un adolescente con una cara de nerd que se cae, y su mamá, doña Sheila, con Patrick Wellington, un analista financiero de Morgan Stanley, que también estaba paseando su perro. Los pichichos empezaron peleando y terminaron haciéndose amigos, y ahí los dueños comenzaron a charlar. Doña Sheila sacó lo que parecía ser su tema recurrente: “¿Qué hace el Matthew en el verano? ¿No tendría una changa, don Morgan Stanley?”. Y sí, había una changa. La changa más importante de los últimos años.

Matthew se convirtió en el tema de conversación obligado en Wall Street, Tokio, Londres y en cualquier otro lugar de esos en los que se decide sobre el dinero del mundo. Le pidieron al pibe de anteojos de estereotipo que hiciera un informe sobre consumo de adolescentes. Querían saber lo que no querían saber: “Cómo consumen medios los adolescentes”, era el título de lo que Matthew tenía que contarles a los genios de las finanzas. No hace falta poner comillas en genios, ya se entiende, ¿no?. Tardó un día el chico, según le contó la semana pasada al Times de Londres, para escribir sus conclusiones que terminaron apareciendo en el vaya uno a saber por qué prestigioso Financial Times. Lo verdaderamente revelador es por qué los genios de las finanzas mundiales no podían ver lo que un pibe en su habitación juvenil de una ciudad cualquiera sí podía. En primer lugar, Matthew y sus amigos –adolescentes del primer mundo y, a través de la industria cultural occidental, dueños de un estilo de vida que se ven compelidos a aspirar centenares de millones de chicos en todo el mundo, Argentina incluida– viven en una promiscuidad mediática que a los mayores se nos escapa.

Mayor de 50, ¿qué son medios de comunicación?: “Caminos, ríos navegables, rutas aéreas”.

Mayor de 40, ¿qué son medios de comunicación?: “Radio, diarios, tevé”.

Mayor de 30, ¿qué son medios de comunicación?: “internet, blogs”.

Mayor de 20, ¿qué son medios de comunicación?: “Fotolog, Twitter”.

Mayor de 10, ¿qué son medios de comunicación?: una estimulante confusión de lugares en donde la PC es la radio; la consola de juegos, un teléfono; el celular, un equipo de música y centro de mensajes de texto, con agenda incluida y las películas son siempre piratas.

Sentado en su casa de Greenwich, el inglesito chatea –como millones de personas en el planeta– con unos doscientos chicos por día, de la ciudad, del país, o del mundo. Esas charlas, lo que dicen, lo que les interesa, es lo que la banca Morgan Stanley ha comprado para entenderlos y entender el consumo del mundo que se viene. Lo que el quinceañero hizo fue, simplemente, traducir la jerga adolescente a un idioma comprensible para los financistas.

Nada de lo que escribió es tan magistral como para que haya revolucionado el mundo de las finanzas tal como lo hizo.

Según Matthew Robson, el nuevo gurú de 15 años, la gran mayoría de adolescentes occidentales hoy:

No escuchan radio FM y ni saben lo que es la radio AM. Simplemente, programan por internet sus propias emisoras con las listas de discos que ofrecen algunos DJ elegidos, a los que siguen devotamente. Si alguien no se los recomienda, no lo escuchan. La emisora digital Last.fm parece ser el reservorio mundial de música y no hay más. Ni se les ocurre que haya que pagar por música. Así, sencillamente, no pagan por música. La mayoría no ha comprado jamás un CD. Los más pudientes tienen iPod; los menos, celular. No leen diarios. Se preguntan para qué tanta información sobre cosas que la web da en dos líneas. Tampoco les interesan esas dos líneas. Usan Facebook pero no Twitter, porque lo ven como algo para viejos. Disfrutan de publicidades pero no en internet; les molestan hasta los colores de los banners. No las clickean. Dejan de ir al cine cuando tienen edad para pagar entrada completa pero consumen películas: compran DVD truchos al mismo tiempo que se estrenan, o se los bajan de la red. La adolescencia sigue siendo el tiempo en el que no hay una moneda y hay que rebuscárselas como sea; la diferencia es que hoy internet facilita la llegada a ciertos bienes culturales. En países como el nuestro el tema es cómo llegar a internet.

Ahora bien, cualquiera de estos comportamientos podía ser advertido por cualquier yuppie de Morgan con sólo volver un rato antes a casa y ver en qué andaban sus hijos y los amigos de sus hijos. ¿Por qué no lo vieron? Porque el yuppie de Morgan y mi mamá comparten el mismo miedo: que la tecnología les pase por arriba. Que el mundo se vuelva un lugar tan extraño que todo se les vaya de las manos.

Algo está armándose en lugares virtuales. Algo se quebró. Se está quebrando.

Pero como usuarios de maneras de estar en el mundo fechadas en la segunda mitad del siglo XX, negamos lo evidente; como si fuésemos un paciente al que le avisan que tiene una enfermedad grave y se niega a verlo, y así empeora el diagnóstico. No pensamos que las tecnologías ganan. Pensamos que nos ganan. Tenemos miedo de que nos destruyan nuestra cómoda quintita, lo que fueron nuestras maneras de relacionarnos en estos últimos cincuenta años. Quizá sea por eso que los cambios nos provocan angustia. Porque los pensamos enemigos. Quizá por eso Matthew y sus amigos online puedan nombrar lo que para nosotros es innombrable: el cambio ya cambió.

Un mundo donde la televisión ya no está en el centro del comedor diario, donde cada uno lleva un dispositivo para ser localizado a cada instante y donde los creadores deberán buscar nuevas formas para poder vivir, porque nadie quiere pagar por creaciones artísticas; no es el futuro, es ahora. Suena Perogrullo, pero lo dijo un chico de 15 años y los cerebros financieros del planeta abrieron sus bocazas para decir “¡oh!” y se tragaron la mosca del orgullo.

La buena noticia es que, aunque mi mamá no lo sabía, estaba capacitada para enviar mensajes de texto. Era sólo cuestión de esquivarle a la angustia.

PD: Es cierto que es molesto pensar y escribir esto cuando ahí nomás en la vereda la gente se muere de frío y de hambre. Quizá lo interesante sea ver qué relación hay entre una cosa y la otra. ¿O habrá que contratar a un chico de la calle para que, como Matthew, nos abra lo ojos sobre lo que no queremos ver?