jueves, 9 de julio de 2009

No apto para cardíacos

Por Juan José Panno (Página 12, Buenos Aires)

El corazón de esta nota (lo de corazón se explica de diferentes maneras) es un interrogatorio que me hicieron en el Hospital Ramos Mejía, pero antes de ir al grano conviene dar una vuelta por el granero y explicar el contexto en el que se dio todo.

Sábado 6 de junio, cinco de la tarde. Estoy en el diario. Nos vamos, con dos compañeros, a la cancha para cubrir el partido de la Selección contra Colombia. Me duele el pecho. Es un dolor fuerte, muy intenso. “La hernia iatal” diagnostico con poco conocimiento de mi cuerpo y cero conocimiento de medicina. Pido una Seven up, pero no bajan ni la acidez ni el dolor. Un compañero me pregunta si me duele el brazo. Digo que no. Ya me lo había preguntado antes yo porque todos sabemos qué es lo que presagia eso del dolor del brazo izquierdo. Cinco y cuarto y el dolor no afloja. Sugiero a mis compañeros que se vayan a la cancha. “Yo lo miro por la tele”, anuncio ingenuamente. Mi compañero Facundo Martínez, lúcido, recomienda llamar a una ambulancia. Al principio me niego, pero el dolor no para y encima me empieza a doler el brazo izquierdo. No llevo encima el carnet de la obra social a la que estoy afiliado, la de prensa. Entonces Facundo no pregunta más y llama al SAME. La ambulancia llega unos minutos después y vamos al Ramos Mejía. Me acompaña otro compañero, Martín Piqué. Creo que a esa altura todos –menos yo– sabían qué estaba pasando.

En el Ramos Mejía sólo hay médicas y enfermeras. No veo un solo hombre; están todos mirando el partido, deduzco. No encuentran el aparato para hacerme un electrocardiograma y escucho una interminable pelea entre médicas. Que por qué se lo diste a la guardia, que por qué no está donde tiene que estar, que yo no tengo la culpa, que llevemos a este tipo arriba, que sí, que no. Me enojo y pido que se dejen de pelear y me atiendan. Al final me llevan a un lugar que calculo debía ser la unidad coronaria y aparece el electrocardiógrafo. Me hacen el electrocardiograma y una médica joven, bonita, mulatona, responde mi pregunta abriendo los labios carnosos: “Infarto, lo que tiene es un infarto”.

“Quédese tranquilo”, me dicen una y otra vez. Yo, dentro de toda mi inconsciencia, estoy tranquilo. “No se duerma”, me dicen una y otra vez. Yo tengo sueño. Hago fuerza para no dormirme, pero me entrego. No veo la luz como Víctor Sueiro, pero recuerdo ese sueñito (fueron segundos, seguramente) como placentero. Muy placentero. Cuando despierto me hacen algunas preguntas de rutina, que la diabetes, que las enfermedades anteriores y todo esto hasta que llegamos, por fin, al corazón de esta historia. Una chica de unos 25 años me anuncia que me va a hacer algunas preguntas raras. Me entrego al interrogatorio, mientras veo, espantado, unas marcas en el pecho y descubro que me habían puesto las planchitas esas que producen un shock cardíaco. Fue después del sueño placentero, claro. Mientras sigo con la vista clavada en las marquitas, en ese mismísimo momento, se inicia el interrogatorio.

–¿Tiene televisor?

–Sí.

–¿Cuántos?

–Uno

–¿Con cable?

–Sí.

–¿Tiene control remoto?

–Sí.

–¿Heladera?

–Sí.

–¿Con freezer?

–Sí.

–¿Freezer incorporado o aparte?

–Incorporado.

–¿Tiene tarjeta de crédito?

–Sí, Visa y Cabal.

–¿Tiene...

–Bastaaaa.

Tardé mucho (debo ser un poco lento de reflejos), pero la paré. Le dije que me parecía demasiado, que ella no era culpable de que la mandaran a hacer esas cosas, pero que tuviera en cuenta la situación. La piba pidió disculpas y no preguntó más. Ya había obtenido suficiente información, supongo. Ya le alcanzaba.

Me enteré unos días más tarde, por alguien que tiene un puesto jerárquico en el Gobierno de la Ciudad, de la razón de estas encuestas. Se hacen para demostrar la teoría de Mauricio Macri, de que la gente de clase media se atiende en hospitales públicos en lugar de hacerlo en prepagas, lo cual llevaría a arancelar los servicios.

Epílogo: del Ramos Mejía me llevaron al Argerich porque no me podían poner un stent. En el Argerich, por suerte, no me preguntan ninguna estupidez. Me colocan con rapidez y precisión el stent y me dicen que pronto voy a estar bien, que lo peor ya pasó. En la unidad coronaria pronto me visitaron parientes y amigos, gente que quiero mucho. Entre ellos, el compañero y amigo Juan Sasturain. Juan me conminó a que contara esta historia.

Hoy, a cuatro semanas de aquel episodio, me dieron ganas de escribir.