lunes, 20 de julio de 2009

La deuda interna de la selección


Por Juan Pablo Varsky
(La Nación, Buenos Aires)

En julio de 1994, Brasil ganó la Copa del Mundo y terminó con una espera de 24 años. En Los Angeles, Dunga levantó el trofeo que se le había negado a una notable generación de futbolistas como Zico y Falcao. El fútbol brasileño acumulaba éxitos de clubes y títulos en juveniles pero fallaba en las grandes citas. El campeón de USA 94, que no pasó a la historia por su juego, se armó a partir de un sentimiento de pertenencia y un plan futbolístico. Tras los fracasos mundialistas, el objetivo era que el jugador brasileño se sintiera orgulloso de vestir la verde-amarela y que rindiera más en la selecao que en su club. [+/-]
Con aquel título, comenzó otra era en el fútbol mundial. Ya lleva quince años e influye decisivamente en nuestro fútbol. El seleccionado argentino no ha ganado torneo oficial alguno durante este largo ciclo. No ha pasado de los cuartos de final en la Copa del Mundo. La comparación con Brasil da escalofríos. Ellos han ganado dos Mundiales (94 y 02), tres Copas Confederaciones (97, 05 y 09) y han dominado la Copa América (97, 99, 04 y 07). Ha superado a la Argentina en las últimas tres finales de mayores: Copa Confederaciones 05, y las últimas dos sudamericanas 04 y 07.

Sin embargo, la ecuación cambia drásticamente con los clubes. En estos 15 años ha habido siete campeones argentinos de la Copa Libertadores (Vélez 94, River 96, Boca 00, 01, 03, 07 y Estudiantes 09) y seis campeones brasileños (Gremio 95, Cruzeiro 97, Vasco 98, Palmeiras 99, Sao Paulo 05 e Inter 06). En las finales, Vélez le ganó a São Paulo, Boca a Palmeiras, Santos y Gremio, y Estudiantes a Cruzeiro. Todos dieron la vuelta olímpica en terreno brasileño. En estos quince años, al seleccionado brasileño le ha ido mucho mejor que a sus clubes y los clubes argentinos han ganado mucho más que su selección.

Como países exportadores, los dos se nutren de futbolistas que compiten en el extranjero. Le va tan bien a la selecão que nadie cuestiona a los de "allá". Si alguien pidiera que el delantero de Cruzeiro Wellington Paulista juegue en lugar del crack Luis Fabiano, lo mandarían a internarse por "maluco". En cambio, aquí sí se abre una grieta, un debate sobre el modelo. Ante el contraste entre el éxito de los clubes y los fracasos del seleccionado, se renueva el grito: ¡pongamos a Vélez (1994), a Boca (1999-2003), a Estudiantes (2009)! Passarella probó con los de Vélez en la Copa América de 1997. Bielsa puso a seis de Boca en la Copa de 1999. Ninguno se ganó el puesto ni llegó al Mundial, salvo Samuel en 2002 cuando ya jugaba en Roma. Hoy el ejemplo ganador es Estudiantes pero nadie puede garantizar que funcione en la selección. Más que los nombres propios, la consagración pincha reivindica al futbolista luchador, al que todo le costó un poquito más, al que creció y mejoró con el paso del tiempo.

Nueve de los once titulares del gran campeón de América jugaron en el ascenso. Sólo Ré y Gata Fernández se escapan de esta generalidad. A sus 20 años, Chapu Braña corría y pegaba de más en Quilmes. Hoy, a los 30, está siempre bien ubicado, recupera la pelota sin falta y se la pasa a un compañero. Hasta Verón evolucionó con el correr de los años. Johan Sebastian juega mejor a los 34 que a los 21. Esto habla muy bien de él, de sus cuidados y de su responsabilidad. Pero no podemos obviar cuánto influyó en su rendimiento el regreso a Estudiantes en junio de 2006. Entre los Mundiales de Corea-Japón y Alemania, había tenido una temporada mediocre en Manchester United, otra peor en Chelsea, una correcta en Inter y otra realmente muy buena (la 2004-2005) en el club italiano. Volver al Pincha les cambió la vida a él y a todos los demás. El modelo Estudiantes está en las antípodas de la precocidad con posterior desencanto, que sigue dominando nuestra escena.

Desde 1994, el fútbol nacional ha celebrado cinco títulos en Sub 20 (Qatar 95, Malasia 97, Argentina 01, Holanda 05 y Canadá 07) y dos medallas doradas en los Olímpicos (Atenas 04 y Pekín 08), con Sub 23 y tres mayores. La gran mayoría de los campeones juveniles ha sufrido el mal de la "explosión prematura" y ha llegado a su pico de rendimiento a los 21 o 22 años. Hoy, en plena edad de madurez, se los recuerda con "saudade". Más allá de algún destello en Europa, lo mejor de Aimar y Saviola sigue siendo River 1999-2001. A Riquelme se le sigue pidiendo que repita su partido contra Real Madrid en Tokio modelo 2000. Tevez ganó todo en Manchester United pero nunca llegó a su nivel de 2003-2004 en Boca y en la selección. ¿Recuerdan a D’Alessandro en el Mundial Juvenil 2001, no? La rompió toda. ¿Sabían que Kaká jugó aquel torneo? Estuvo en Córdoba y Brasil se quedó afuera en cuartos. En 2009, Kaká es uno de los mejores del mundo y nosotros extrañamos a aquel D’Alessandro de 2001. Hoy Andrés está… en Brasil.

¿Por qué se produce este estancamiento? No hay una sola causa, depende de cada caso. Malas decisiones a la hora de elegir el club del gran pase, distracciones en la vida personal, demasiada plata junta y, a hacernos cargo, la exageración periodística. Ante la desesperación por encontrar a la nueva perla, decimos que juega mucho mejor de lo que realmente juega. No desdeñemos la influencia del contexto-país en este tema. Afortunadamente, Messi vive en España desde los 13 y se ha evitado muchas de las situaciones que han padecido sus antecesores. Nunca un crack puede ser mejor a los 21, edad de aprendizaje, que a los 27, edad de madurez. El Maradona del 82 fascinaba pero el del 86 fue el paquete completo.

Pero el problema es aún más profundo. Hay una evidencia demoledora que afecta a todos los futbolistas argentinos, los de acá y los de allá. Ninguno ha rendido tanto en la selección como en sus clubes. Desde Verón a Messi pasando por Tevez y Riquelme. Ni Mascherano, el que más se acerca. ¡Ninguno! Maradona, Caniggia y Batistuta son los últimos ejemplares de "selección". En Brasil, entre otros, llenan ese formulario Romario, Ronaldo, y el actual Kaká. Aquí, no tenemos un genuino sentimiento de pertenencia con el seleccionado. Hay una preocupante fractura entre el equipo nacional y el resto del fútbol argentino. Los jugadores no muestran su mejor versión. Los hinchas del campeonato local no van a la cancha. A la selección va a verla un público más teatral y menos futbolero. Cuando están en juego sus intereses, los clubes no liberan a sus futbolistas. Mientras Brasil juega desde Recife hasta Porto Alegre, el equipo argentino no se mueve del Monumental. La mudanza a Rosario para jugar con los brasileños es una desesperada medida para intimidar al visitante. No debería ser deportivo el criterio para elegir otras sedes: en River, la Argentina ganó 30, empató 11 y perdió solo 1 partido de eliminatorias (0-5 con Colombia). Allí superó a Brasil en sus últimos tres duelos. Y en Boca, perdió la clasificación para el Mundial de México 1970. Ojalá la AFA modifique su postura pero como parte de una política de integración. Este es el único país del mundo donde futbolistas y aficionados han cantado "la selección, la selección, se va a la puta que lo parió". Más que un símbolo, es otra manifestación de la ruptura.

¿Este desinterés hacia el seleccionado es causa o efecto de sus fracasos? Un poco de las dos, seguramente. Para volver a vincular al seleccionado con el fútbol argentino, hace falta una política de club con un plan, una idea y un estilo. Sólo así la Argentina, si se clasifica, podrá aspirar a ganar la Copa del Mundo en julio de 2010 y, por fin, terminar con su propia espera de 24 años.